La boda que solo yo Imagine

Los días después del anillo

Hay promesas que duran años.

Y hay promesas que empiezan a desmoronarse antes de que una termine de acostumbrarse a llamarlas futuro.

Después de aquella propuesta yo regresé distinta.

No porque de repente hubiera una boda organizada.

No había fecha.

No había salón.

No había vestido.

Ni siquiera habíamos hablado seriamente de cómo sería.

Pero existía algo que para mí era más importante que todo eso.

Habíamos decidido casarnos.

O al menos eso creía.

Durante el camino de regreso miraba tu mano cada vez que podía.

El anillo seguía ahí.

A veces escondido dentro del guante.

A veces visible cuando nos deteníamos.

Y cada vez que lo veía sentía la misma emoción ridícula.

Había sido yo.

Yo había comprado ese anillo.

Yo había encontrado una canción.

Yo había respirado como pude.

Yo había puesto una rodilla en el suelo.

Yo había hecho la pregunta.

Y tú habías dicho que sí.

No una vez.

Varias.

Por eso no imaginaba que pocos días después terminaría preguntándome si aquel "sí" había significado para ti siquiera la mitad de lo que había significado para mí.

El regreso fue menos caótico.

Ya sabíamos más o menos qué esperar de la carretera.

También aprendimos una importante lección sobre la gasolina.

Bueno.

Yo aprendí una importante lección sobre la gasolina.

Tú probablemente seguías convencido de que todo había salido perfectamente porque al final habíamos llegado.

Cuando nos detuvimos en un momento del trayecto, señalé el tanque.

"¿Tiene gasolina?"

Me miraste.

"Sí."

"¿Seguro?"

"Sí."

"Comprueba."

"Ya comprobé."

"Comprueba otra vez."

Soltaste una carcajada.

"Vas a quedar traumada."

"Estoy previniendo."

"Está lleno."

"¿Lleno de verdad o lleno según tu escala?"

"¿Cuál escala?"

"La que considera que quedarse sin gasolina en mitad de la carretera es una experiencia turística."

Negaste con la cabeza.

"Qué exagerada."

"Qué irresponsable."

"Y aun así me pediste matrimonio."

Ahí me ganaste.

Me quedé mirándote.

Sonreías.

Levantaste la mano.

El anillo estaba ahí.

Sentí calor en la cara.

"Eso demuestra que tomo malas decisiones bajo presión."

"Ya no puedes arrepentirte."

"Claro que puedo."

"Devuélveme el anillo entonces."

Extendiste la mano.

"Es mío."

"Lo compré yo."

"Me lo regalaste."

"Legalmente necesito consultar."

"Busca abogado."

Me reí.

Después tomé tu mano.

Miré el anillo.

"Ni se te ocurra perderlo."

"Sí, señora."

"Estoy hablando en serio."

"Lo sé."

Y entonces hiciste algo tan sencillo que todavía me molesta recordar.

Entrelazaste tus dedos con los míos.

"Tranquila."

Solo eso.

Tranquila.

Y yo lo estuve.

Confié.

Otra vez.

Cuando volvimos a nuestra vida cotidiana, yo seguía cargando el viaje dentro de mí.

Las fotografías.

Las flores.

La habitación.

La propuesta.

La canción.

Tu cara cuando viste la caja.

Todo.

Hay viajes que terminan cuando regresas a casa.

Ese no.

Para mí acababa de empezar otra cosa.

Una etapa nueva.

Yo miraba el futuro diferente.

Ya no pensaba simplemente:

mi novio.

Ahora pensaba:

mi futuro esposo.

Qué peso tan grande puede tener una palabra cuando solamente una persona empieza a vivir de acuerdo con ella.

Los primeros días fueron normales.

Demasiado normales.

Quizá por eso no sospeché nada.

Yo esperaba sentir algún cambio espectacular.

No sé.

Tal vez que el universo enviara un certificado.

Que las personas nos miraran distinto.

Que despertáramos transformados en dos adultos extraordinariamente responsables que inmediatamente comenzarían a comparar presupuestos de boda.

Nada de eso ocurrió.

Había trabajo.

Cansancio.

Rutina.

Mensajes.

Comida.

Sueño.

Los mismos problemas pequeños de siempre.

Y un anillo.

Pero a mí me bastaba.

Cuando alguien preguntaba por el viaje, yo sonreía.

Quería contar.

A veces demasiado.

"Nos fuimos prácticamente sin nada."

"Nos cayó lluvia."

"Nos quedamos sin gasolina."

"Le compré flores."

"Y..."

Ahí llegaba mi parte favorita.

Le pedí matrimonio.

Sentía una mezcla rara entre orgullo y vergüenza.

Porque todavía existe gente que abre los ojos un poco más cuando escucha que fue la mujer quien hizo la propuesta.

Como si yo hubiera violado algún tratado internacional.

"¿Tú se lo pediste?"

Sí.

Yo.

Con mis rodillas perfectamente funcionales y mi capacidad de tomar decisiones.

"¿Y él?"

Dijo que sí.

Siempre respondía eso con una sonrisa.

Dijo que sí.

Todavía no sabía cuánto iba a odiar recordar esa frase.

Yo no esperaba una boda al día siguiente.

Quiero dejar eso claro.

No soy tan irracional.

No necesitaba que regresáramos del viaje y aparecieras con una lista de invitados.

No necesitaba que supieras colores.

Ni flores.

Ni tipos de ceremonia.

Pero sí esperaba algo.

Entusiasmo.

Curiosidad.

Una pregunta.

Un:

"¿Cómo te gustaría?"

Un:

"¿Cuándo crees que podríamos hacerlo?"

Cualquier señal de que después de aceptar el anillo también habías comenzado a imaginar.

Pero los días pasaron.

Y yo fui la primera en tocar el tema.

Claro que fui yo.

"¿Has pensado en la boda?"

Estabas haciendo otra cosa.

No recuerdo qué.




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