La boda que solo yo Imagine

La boda empezó a existir solo cuando yo la nombraba

Después de decidir seguir contigo, pensé que la parte más difícil había pasado.

Qué ingenuidad tan persistente la mía.

Creía que lo peor había sido descubrir que fuiste a buscarla.

Creía que una vez habláramos, lloráramos, discutiéramos y decidiéramos continuar, todo empezaría a acomodarse.

Lento.

Difícil.

Pero hacia adelante.

Yo necesitaba creer eso.

Porque seguir contigo después de lo ocurrido tenía que significar algo.

No podía ser simplemente continuar por costumbre.

Tenía que haber una razón.

Una intención.

Una construcción.

Y yo esperaba verla.

Especialmente en una cosa.

La boda.

No necesitaba que fuera inmediata.

No necesitaba vestido mañana.

Ni salón.

Ni fotógrafo.

Ni invitaciones.

Ni flores importadas.

No necesitaba absolutamente nada de eso.

Necesitaba algo mucho más pequeño.

Y, al parecer, mucho más difícil.

Que naciera de ti.

Pasaron los días.

Después semanas.

Nuestra relación comenzó a respirar otra vez.

Había momentos buenos.

Muchos.

Reíamos.

Salíamos.

Dormíamos juntos.

Volvimos a tener conversaciones normales.

La herida seguía ahí, pero ya no ocupaba todas las horas.

A veces incluso conseguía pasar un día completo sin pensar en ella.

Un logro.

Pequeño.

Ridículo.

Pero logro al fin.

Y entonces, cuando sentía que estábamos un poco mejor, aparecía otra vez esa pregunta dentro de mí:

¿Y la boda?

No la decía siempre.

Me la tragaba.

Porque quería darte espacio.

Porque no quería convertirme en esa mujer que pregunta cada cinco minutos cuándo se va a casar.

Qué ironía.

Yo ya había hecho la propuesta.

Yo había comprado el anillo.

Yo había abierto la conversación.

Yo había dado el primer paso.

Y aun así terminé preocupándome por no parecer intensa.

Como si querer claridad sobre una promesa ya hecha fuera una exageración.

Esperé a que fueras tú.

Un día.

Otro.

Una semana.

Otra.

Nada.

No porque fueras frío.

Eso sería más sencillo de explicar.

Seguías siendo cariñoso.

Había besos.

Mensajes.

Detalles.

Momentos buenos.

Pero la boda no aparecía.

Era como si existiera únicamente cuando yo la nombraba.

Y comencé a observarlo.

Si yo decía:

"¿Has pensado en alguna fecha?"

Hablábamos.

Si yo no decía nada...

nada.

Si yo preguntaba:

"¿Te gustaría algo pequeño?"

Respondías.

Si yo no preguntaba...

silencio.

Si yo mencionaba lugares, presupuestos o ideas, podíamos conversar.

Pero la conversación siempre nacía de mí.

Siempre.

Y eso empezó a doler de una forma distinta.

Porque después de lo ocurrido con tu ex, yo no necesitaba otra declaración.

Necesitaba movimiento.

Una tarde decidí probar algo.

No fue elegante.

Pero necesitaba saber.

Me prometí que no mencionaría la boda.

Nada.

Ni fechas.

Ni lugares.

Ni anillos.

Ni ceremonias.

Absolutamente nada.

Quería ver cuánto tardabas tú en hacerlo.

Al principio pensé:

Una semana.

Después:

Quizá dos.

Luego:

Está cansado.

Después:

Ha tenido mucho trabajo.

Después:

Tal vez quiere esperar un mejor momento.

Mira qué generosa puede ser una mujer cuando está fabricando explicaciones para llenar silencios ajenos.

Pasaron más días.

Nada.

Y ahí empecé a comprender algo que no quería aceptar.

Si yo dejaba de hablar del futuro...

el futuro se quedaba completamente callado.

Un día estábamos juntos y decidí romper mi propio experimento.

"¿Tú piensas en casarnos?"

Me miraste.

"Claro."

"¿Mucho?"

"Sí."

"¿Cuándo?"

Pausa.

"¿Cuándo qué?"

Respiré.

"¿Cuándo piensas en eso?"

Te encogiste de hombros.

"No sé."

Sonreí.

Pero no de felicidad.

"Qué respuesta tan detallada."

"¿Por qué preguntas eso?"

"Porque quiero saber."

"Sí pienso."

"¿Y qué piensas?"

"Que sí quiero."

"Eso ya lo sé."

"Entonces."

"Entonces nada."

Me quedé callada unos segundos.

"Quiero saber si para ti es algo real o una idea bonita."

Tu expresión cambió.

"Es real."

"¿Qué lo hace real?"

"Que quiero hacerlo."

"¿Y qué has pensado hacer?"

Silencio.

Otra vez.

Maldito silencio.

"¿Te estás dando cuenta?"

Pregunté.

"¿De qué?"

"De esto."

"¿Esto qué?"

"De que siempre soy yo."

Frunciste el ceño.

"¿Siempre tú qué?"

"Yo saco el tema."

Nada.

"Yo pregunto."

Nada.

"Yo intento convertirlo en algo concreto."

Nada.

"Yo compré el anillo."

Bajaste la mirada.

"Yo hice la propuesta."

"Eso ya lo sé."

"Exactamente."

Mi voz se endureció.

"Lo sabes."

Te señalé suavemente.

"Pero parece que todo lo demás también tengo que hacerlo yo."

"No es así."

"¿No?"

"No."

"Entonces dime algo que hayas hecho tú para que esa boda avance."

Te quedaste pensando.

Ese segundo me dolió más de lo que debería.

No porque necesitara una lista.

Sino porque esperaba que la respuesta saliera rápido.

Una fecha.

Una idea.

Una conversación iniciada por ti.

Algo.

Cualquier cosa.

No llegó.

"Estamos juntos", dijiste.

Te miré.

"Sí."

"Eso es lo importante."

Y ahí estaba otra frase que sonaba preciosa hasta que una la examinaba demasiado.

Estamos juntos.

Sí.

Pero yo no estaba preguntando eso.

"Yo no estoy diciendo que nuestra relación no importe."




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