Versión de Lena:
No recuerdo el momento exacto en que Caz dejó de estar.
Supongo que esa es una forma extraña de empezar, porque sí recordaba el claro. Recordaba el árbol enorme en el centro, la hierba bajo nuestros pies y a caz sosteniendo aquel objeto de madera mientras ambas intentábamos decidir si el hecho de que hubiera dejado de señalar era una buena señal o una pésima.
También recordaba haberla escuchado preguntarme si había sentido algo.
Yo no había sentido nada.
Después, simplemente, ella ya no estaba.
No hubo un sonido ni un quiebre que me avisara. Un segundo estábamos juntas en aquel claro; al siguiente, el espacio a mi lado ya no la contenía. Giré esperando encontrarla unos pasos atrás, quizá detenida mirando algo que yo no había visto, pero no estaba.
Tampoco estaban los árboles.
Ni la hierba.
Ni el cielo.
El silencio tenía forma.
—¿caz? —pregunté—. Caz… ¿dónde estás?
Mi voz no volvió. No rebotó contra ninguna pared ni se perdió a lo lejos. Fue como si el aire la hubiera absorbido sin devolverme siquiera un eco. Todo se había vuelto pálido, casi ceniza. Lo que quedaba no brillaba; respiraba despacio, opaco, suspendido.
Di un paso.
El suelo sonó hueco.
Bajé la mirada y entendí por qué.
No había un piso bajo mí.
Había una escena.
Una cocina amplia apareció donde debería haber estado el suelo, bañada por la luz del sol. Las cortinas se movían apenas junto a una ventana y, en el centro, había una mesa larga. Demasiado larga. Alrededor se mezclaban tantas voces que al principio no pude distinguir ninguna: alguien reía, alguien se quejaba, alguien cantaba terriblemente mal y otra persona aplaudía sin que yo pudiera encontrar una razón para hacerlo. Antes de entender por qué, me llevé una mano al pecho.
Conocía esa cocina.
Era la casa de caz.
El aire tembló y la imagen se levantó frente a mí hasta quedar suspendida. Después apareció otra. Y otra más. Se acomodaron alrededor lentamente, como fotografías antiguas colgadas sobre una pared invisible, aunque no eran fotografías. Se movían. Respiraban. Las personas dentro de ellas hablaban, corrían, discutían y reían sin saber que yo estaba allí observándolas.
No eran recuerdos míos.
Eran de cazi.
Vi a una niña de cabello revuelto correr por un pasillo mientras una mujer la perseguía fingiendo enojo. Reconocí a nicori casi de inmediato, aunque se veía más joven. Caz corría mirando hacia atrás, riéndose tanto que en algún momento casi chocaba contra una pared, y su madre intentaba mantener una expresión seria que se rompía cada vez que estaba a punto de alcanzarla. No había rabia real en sus gestos. Había juego. Había presencia.
La imagen cambió y apareció mildan levantando a una caz todavía pequeña. La hizo girar una vez, después otra, ignorando sus protestas entre carcajadas hasta que ella terminó aferrándose a su cuello porque ya no podía reír y respirar al mismo tiempo. Luego vi a sus hermanos. Primero discutiendo por algo que no alcancé a escuchar y que, por sus caras, parecía importantísimo; unos minutos después estaban sentados en el suelo compartiendo un pedazo de pan como si la discusión anterior jamás hubiera ocurrido. En otra escena, mildan y los chicos envolvían a caz entre varias cobijas y la balanceaban como si fuera una hamaca humana. Ella gritaba que la soltaran, que se iba a caer, que estaban locos, pero cada vez que disminuían el movimiento protestaba todavía más fuerte.
Sonreí sin darme cuenta.
Esa sí era caz.
Aparecieron cumpleaños. Pasteles que no parecían haber sobrevivido bien al proceso de decoración. Abrazos dados mientras alguien hacía otra cosa. Una mano que se apoyaba sobre su cabeza al pasar. Una mirada desde el otro lado de una habitación para comprobar que seguía allí. Nicori diciéndole algo que la hacía poner los ojos en blanco; mildan riéndose antes de que caz terminara de protestar; sus hermanos robándole comida y ella persiguiéndolos para recuperarla.
No eran escenas perfectas.
Eran escenas vivas.
Y yo había estado allí muchas veces.
Había comido en esa mesa. Había escuchado algunas de esas discusiones y probablemente participado en varias. Había dormido en aquella casa, abierto su refrigerador sin preguntar y aprendido qué lugares evitar si quería estar tranquila y cuáles escoger si quería que alguien apareciera a molestarme en menos de cinco minutos.
Conocía la casa frieden.
O creía conocerla.
Verla desde los recuerdos de caz era diferente.
Otra imagen se abrió delante de mí. Esta vez caz estaba sentada en su habitación con un libro abierto y el ceño fruncido de esa manera que ponía cuando leía algo que no quería abandonar. Desde otra habitación alguien la llamó para cenar. Caz respondió algo que no entendí y siguió leyendo. Volvieron a llamarla unos minutos después. Ella levantó una mano como si la persona pudiera verla a través de la pared y pasó la página.
Esperé.