VERSIÓN DE LENA
—Papá, noooooo. No te vayas. Por favor, dime que no es verdad. Mamá, me mentiste. ¿Por qué no me lo contaste? Te habría entendido si me lo hubieras explicado.
Recordarlo todavía me duele.
No voy a mentirte a ti. Tampoco podría mentirle a Cazi, aunque quisiera. Ella tiene esa desagradable costumbre de mirarme durante demasiado tiempo cuando sospecha que estoy escondiendo algo y esperar hasta que yo misma me canse.
Pero me estoy adelantando.
Para entender cómo llegué a decir esas palabras tenemos que volver al principio de mi propio desastre, cuando todavía no sabía qué iba a encontrar dentro del laberinto y estaba bastante convencida de que ya conocía su peor truco.
Había visto lo que le hizo a Caz.
Había observado desde arriba mientras ella desaparecía entre pasajes que yo no podía recorrer. Había visto cómo se detenía, cómo retrocedía, cómo algunas veces caminaba con una seguridad que no sentía y otras parecía necesitar varios segundos para convencer a una pierna de avanzar detrás de la otra.
También había visto los dos recuerdos.
No con la claridad con que ella los había visto, pero suficiente.
Y por eso estaba convencida de que, cuando llegara mi turno, el laberinto me haría escoger entre dos recuerdos de nosotras.
No se me ocurría qué otra cosa podía quitarme que realmente me importara perder.
Ahora que lo pienso, esa idea dice bastante más de mí de lo que me habría gustado admitir entonces.
En fin.
Volvamos al inicio.
Caz seguía abajo.
Yo continuaba sobre aquella formación de piedra desde donde había observado su recorrido, con las manos apoyadas sobre las piernas y la desagradable sensación de haber pasado demasiado tiempo mirando algo que no podía detener.
Había querido bajar más de una vez.
No pude.
Cada vez que intentaba acercarme al borde, algo en la superficie bajo mis pies parecía recordarme que todavía no me correspondía moverme.
Eso era frustrante.
Muchísimo.
Porque una cosa es saber que tu mejor amiga está pasando por algo horrible y otra bastante diferente es verla atravesarlo desde arriba mientras tu gran contribución consiste en decirle que hay un giro a la derecha.
Cuando por fin volvió a aparecer con claridad entre los corredores, sentí que algo dentro de mí se aflojaba.
No estaba bien.
Eso podía verlo incluso desde arriba.
Pero estaba allí.
De pie.
Avanzando.
—Hola —dijo.
—Hola.
—¿Me veo tan mal como me siento?
La examiné.
—Peor.
—Gracias.
—Preguntaste.
—Pensé que mentirías.
—Después de todo esto, deberías conocerme mejor.
—Literalmente viste mis recuerdos y sigues sin conocerme mejor.
—Buen punto.
Sonreí.
Muy poco.
Porque todavía quería bajar.
Quería abrazarla. Comprobar que era ella, que estaba entera, que no había dejado algo importante perdido entre aquellos corredores aunque ni siquiera supiéramos qué significaba eso.
Pero entonces el suelo vibró.
Miré hacia abajo.
Caz también.
Durante un segundo pensé que la piedra empezaría a descender y sentí un alivio tan inmediato que casi me moví hacia el borde.
No descendió.
Se afirmó.
—¿Sentiste eso? —preguntó Caz.
—Sí.
—¿Puedes bajar?
Miré alrededor.
—Todavía no.
No le gustó la respuesta.
A mí tampoco.
Una parte del muro junto a ella comenzó a abrirse. Las raíces se apartaron lentamente y la piedra retrocedió hasta revelar un nuevo corredor.
Caz lo miró.
Después me miró a mí.
—Parece que no terminó.
—Eso parece.
—Odio este lugar.
—Yo también.
Respiró hondo y avanzó hacia la abertura.
No llegó muy lejos.
El primer paso hizo vibrar nuevamente el espacio.
Esta vez la piedra bajo mis pies sí respondió.
Pero no descendió como yo esperaba.
El borde de la plataforma empezó a extenderse bajo Caz.
Primero pensé que el laberinto estaba construyendo otro camino. Después comprendí que la estaba elevando.
—Lena...
—No te muevas.
—No me estoy moviendo.
—Entonces sigue sin hacerlo.
—Excelente plan.
La piedra creció bajo sus pies hasta dejarla varios metros por encima del lugar donde había terminado su recorrido.
A mi altura.
Durante apenas un instante quedamos frente a frente, separadas por una distancia suficientemente pequeña para vernos con claridad y suficientemente grande para no tocarnos.
Caz extendió una mano.
Yo también.
No llegamos.
—Esto me parece una falta de respeto —dijo.
—A mí también.
Entonces sentí el tirón.
En el centro del pecho.
Era como si alguien hubiera enganchado un hilo invisible dentro de mí y empezara a tirar con paciencia.
Esperé que fuera hacia delante.
No.
Fue hacia atrás.
Y hacia abajo.
—Caz.
Su expresión cambió.
—¿Qué?
—Algo me está...
No terminé.
El suelo bajo mis pies perdió consistencia. Mis zapatos no se despegaron de la superficie, pero empecé a deslizarme como si la piedra hubiera dejado de ser piedra y se hubiera convertido en profundidad.
—¡Lena!
Extendí la mano.
Caz hizo lo mismo.
Otra vez no llegamos.
El mundo se estiró.
No caí.
Descendí.
Y cuando el movimiento terminó, su voz llegó desde arriba.
—¡Lena!
Alcé la cabeza.
O intenté hacerlo.
La vi.
No estaba lejos.
Pero sí en otro plano.
El suelo bajo ella se había elevado hasta formar una plataforma clara. No era exactamente el mismo lugar donde yo había estado durante su recorrido. Tampoco era un trono, aunque desde abajo podía parecerlo. Había una especie de asiento junto a ella y Caz estaba inclinada hacia delante intentando verme, con una mano apoyada en el borde y una expresión que decía claramente que no le gustaba absolutamente nada haber intercambiado posiciones.