Pasó un buen rato en el que disfrutamos del silencio y de la comida.
No sé cuánto exactamente.
En aquel lugar medir el tiempo ya empezaba a parecerme una actividad bastante inútil. No tenía reloj, no sabía si afuera seguía siendo el mismo día y, después de todo lo que habíamos atravesado, tampoco tenía muchas ganas de preocuparme por ello.
Así que comí.
Eso sí podía hacerlo.
Comí pan. Probé otra vez aquella cosa tibia cuyo nombre seguía sin conocer y que había decidido aceptar sin preguntas. Bebí agua. Miré el cielo. Me quité los zapatos. Volví a ponérmelos porque el suelo empezó a sentirse demasiado frío. Me los quité otra vez porque mis pies dolían.
Lena no comentó nada.
Lo agradecí.
Ella estaba sentada frente a mí, con una pierna doblada y la otra extendida. Comía despacio. Ya había recuperado bastante de su color natural y sus ojos no estaban tan hinchados como cuando salió del laberinto, aunque todavía se notaba que había llorado.
Mucho.
Yo había hecho un esfuerzo considerable por no preguntarle nada.
Y quiero dejar constancia de ello.
Un esfuerzo enorme.
Heroico, incluso.
Porque las preguntas seguían allí.
El pastel.
Su mamá.
Su papá.
La conversación que escuchó siendo niña.
El águila.
Papá Mildan.
La paloma.
Su abuela.
Y otras cosas que había visto solo a medias desde arriba y que mi cabeza, como buena cabeza chismosa que era, intentaba completar por su cuenta.
Pero me había prometido esperar.
Y esperé.
Durante muchísimo tiempo.
Probablemente.
Hasta que, como siempre, Carisse —o sea, yo—, queriendo ver el mundo arder, decidió abrir su pequeña y rosada boca.
—¿Lena?
—Mmm.
No levantó la cabeza.
Tenía una hogaza de pan en la boca.
—Quiero preguntarte algo.
Levantó un dedo.
Esperé.
Masticó.
Seguí esperando.
Masticó otra vez.
—¿Cuánto pan te metiste?
Me fulminó con la mirada.
Terminó de tragar.
—¿Qué pasó, Caz?
Y entonces me arrepentí.
No de querer saber.
De haber empezado.
—Bueno...
—¿Bueno?
—En el pasado hubo algunas preguntas que me surgieron por ciertas situaciones que veía.
Lena tomó otro pedazo de pan.
—Eso suena peligrosamente formal.
—Estoy intentando hacerlo bien.
—Continúa.
—Pero traté de no incomodarte ni opinar de más porque no eran de mi incumbencia.
Hice una pausa.
—O sea... Sí eran cosas que me importaban porque tú me importabas. Pero no eran mías.
Eso sonó mejor.
—Y ahora, después de lo que vi...
Lena dejó de comer.
La hogaza quedó sobre la mesa.
—Quieres preguntar.
—Sí.
—¿Qué?
—No sé si debería.
Eso la sorprendió.
—¿Desde cuándo eso te detiene?
—Estoy creciendo.
—No exageremos.
La miré.
—Te juntas demasiado conmigo.
—Ese es el problema.
Sonreí, pero solo un poquito.
—En serio, Li. Tengo preguntas. Muchas. Principalmente sobre tu familia, aunque no solo sobre eso. Pero si no quieres responderme, no tienes que hacerlo. No es tu obligación.
Lena se quedó mirándome.
—Cazimerito.
—¿Qué?
—Pregunta.
—Pero...
—Pregunta.
Respiré.
—Creo que tú sabes muchas cosas de mí —dijo ella—. No todo, obviamente.
—Sí, pero solo lo que tú me dejas ver.
Lena arqueó una ceja.
—Bueno... Hasta hoy.
—¡Eso no fue mi culpa!
—Ya sé.
—No elegí entrar en tus recuerdos.
—Ya sé, Caz.
—Solo quería aclararlo.
—Está aclarado.
Me acomodé mejor.
—El problema es que en el laberinto vi cosas que tú nunca exteriorizaste.
Ella bajó un poco la mirada.
—Y no está mal —añadí enseguida—. No digo que debieras habérmelas contado. Solo... me sorprendieron porque yo pensaba algo distinto.
—¿De mí?
—Sí.
—¿Cómo crees que soy yo, Cazi?
Me quedé callada.
Había esperado preguntas sobre lo que había visto.
No esa.
—¿Cómo creía que eras?
—Sí.
—Bueno...
—Otra vez “bueno”.
—Estoy organizando.
—Me preocupa que necesites organizar tanto.
—Déjame.
Lena tomó el cuenco de agua y bebió mientras esperaba.
—Hasta antes del laberinto —empecé—, yo pensaba que eras más fría.
Bajó lentamente el cuenco.
—Qué bonito.
—¡No terminé!
—Espero que mejore.
—No fría de mala.
—Ah, excelente.
—Li.
—Continúa.
—Quiero decir... Tú siempre has sido más relajada que yo. O por lo menos eso creía. Parecía que las cosas te afectaban menos. Que nunca tenías grandes problemas o que, si los tenías, simplemente los dejabas pasar.
Lena ya no bromeaba.
—Y con tu familia yo pensaba...
Dudé.
Aquello me daba más vergüenza decirlo de lo que había imaginado.
—Pensaba que te daban mucha libertad.
No respondió.
—Muchísima.
Miré mis manos.
—Cuando éramos más pequeñas pasabas tanto tiempo en mi casa que a veces me preguntaba si tus papás no te decían nada.
Recordé una tarde.
Después otra.
Y otra.
Lena llegando.
Lena ya sentada en mi habitación.
Lena abriendo nuestra refrigeradora como si tuviera derechos legales sobre ella.
—Yo te preguntaba: “¿Te dejaron venir?”
Sonrió ligeramente.
—Y yo decía...
Las dos hablamos a la vez.
—Igual ya estoy aquí.
La miré.
—Siempre.
—Sí.
—Y después cambiabas de tema.
—También.
—Yo pensaba que era porque confiaban mucho en ti. Como... Lena sabe cuidarse. Lena puede hacer lo que quiera. Lena no necesita pedir permiso para todo.
Me encogí de hombros.
—Los míos eran diferentes.
—Lo sé.
—No podía desaparecer durante horas sin que alguien quisiera saber dónde estaba. Mamá preguntaba. Papá preguntaba. Mis hermanos preguntaban aunque después fingieran que no les importaba. Si iba a algún sitio tenía que decir con quién, a qué hora volvía, qué íbamos a hacer...