El lugar no se transformó del todo.
Al menos no de la forma en que lo habían hecho los otros espacios.
Después de que la visión desapareciera, Lena y yo habíamos permanecido allí durante un rato, sentadas una junto a la otra, mirando un espacio que ya no contenía nada y que, apenas unos minutos antes, había sostenido un mundo entero.
O una representación.
O una historia.
Todavía no sabía cuál de las tres.
El objeto permanecía dentro de mi mochila. No había vuelto a moverse desde que la esfera había encontrado su lugar entre aquellas piezas .y, sinceramente, agradecía que al menos una de las cosas extrañas que cargaba supiera permanecer quieta durante más de cinco minutos.
La mesa no había regresado.
Seguía considerando aquello una tragedia.
Fue Lena quien se puso de pie primero.
—Caz.
—¿Mmm?
—Está cambiando.
Levanté la cabeza.
Tenía razón.
Al principio no supe decir qué era diferente. El resplandor claro continuaba extendiéndose a nuestro alrededor y no había aparecido ninguna puerta, sendero ni criatura sospechosa. Sin embargo, algo vibraba bajo nosotras.
Apoyé una mano en el suelo.
—Se está moviendo.
—Sí.
Me puse de pie de inmediato.
El movimiento era suave, casi orgánico. No parecía que el suelo estuviera rompiéndose, sino elevándose apenas, como si tuviera un pulso propio.
Frente a nosotras, el vacío se abrió.
Sin violencia.
Sin grietas.
Sin estruendos.
Simplemente dejó de haber suelo.
Retrocedí.
—Eso sí podría avisar antes de aparecer.
Lena se acercó a mi lado.
—¿Ves algo?
—Nada.
—Yo tampoco.
Excelente.
Nos quedamos observando.
Entonces surgió una piedra.
Pequeña.
Irregular.
Suspendida sobre el vacío.
Después otra.
Y otra.
Las primeras parecían colocadas sin ningún orden, pero poco a poco comenzaron a acomodarse. Crecieron, se ensancharon y se unieron unas con otras como si alguien invisible estuviera trazando un camino con una paciencia que yo definitivamente no tenía.
Un peldaño.
Después otro.
Y otro más.
Levanté la cabeza.
—Ay, no.
La escalera continuó creciendo.
Subía tanto que terminaba perdiéndose dentro de una claridad imposible de medir. La luz no cegaba, pero tampoco permitía distinguir dónde acababan los escalones.
—No —dijo Lena.
La miré.
—¿Qué?
—No pienso subir eso.
—Todavía no sabemos si tenemos que hacerlo.
—Cazi, mira.
—Estoy mirando.
—Me cansé solo de mirar.
Iba a responder cuando un ruido llegó desde el lado contrario.
Tac.
Después otro.
Más profundo.
Tac.
Lena y yo giramos al mismo tiempo.
Del otro extremo estaba naciendo otra escalera.
Pero aquella no subía.
Descendía.
No podíamos verla completa. Los primeros escalones aparecían frente a nosotras y luego desaparecían en una profundidad cubierta por sombras, mientras el sonido de nuevas piedras acomodándose continuaba cada vez más abajo.
Una escalera hacia arriba.
Otra hacia abajo.
Lena cruzó los brazos.
—¿Cuál es la salida?
—Buena pregunta.
—No me digas que es esa escalera gigante.
—Hay dos.
—Eso no mejora absolutamente nada.
Me acerqué unos pasos.
Ninguna parecía más correcta que la otra.
Tampoco había palabras.
Ni flechas.
Ni una voz misteriosa indicándonos cuál elegir.
Después de todo lo ocurrido, casi lo agradecí.
—Creo que tendremos que avanzar para averiguarlo.
Lena suspiró.
—Claro. Porque caminar tres horas, ver recuerdos ajenos, atravesar un laberinto, llorar, comer, volver a llorar y presenciar el posible nacimiento y destrucción de un mundo no era suficiente ejercicio para un día.
—No sabemos cuánto tiempo pasó.
—No ayudes.
Sonreí.
—Vamos, mi Lena.
Me miró con profunda desconfianza.
—Si al final de esa escalera hay otra escalera, me regreso.
—¿A dónde?
Lena abrió la boca.
La cerró.
—Te odio.
—Yo también te quiero.
Nos acercamos.
Desde lejos los escalones parecían incontables. Sin embargo, cuando pusimos un pie sobre el primero descubrimos que el problema no era exactamente la cantidad.
Eran enormes.
Cada peldaño era tan largo que necesitábamos varios pasos para atravesarlo antes de alcanzar el siguiente.
—Ah —dijo Lena—. Muchísimo mejor.
—Técnicamente hay menos escalones.
—Cállate.
Avanzamos.
Cada vez que nuestros pies tocaban una nueva sección, la piedra parecía afirmarse bajo nuestro peso. No desaparecía detrás de nosotras ni se movía, pero había algo extraño en la sensación.
Como si el camino terminara de existir cuando alguien decidía recorrerlo.
No sabía si realmente era así.
Últimamente estaba aprendiendo a desconfiar de mis propias metáforas.
Subimos otro peldaño.
Y otro.
El aire era distinto allí.
No pesaba.
No ahogaba.
Pero exigía presencia.
Quizá porque un paso en falso significaba caer hacia un lugar cuyo fondo no podía ver.
Eso ayudaba bastante a la concentración.
—¿Sabes algo, Caz? —murmuró Lena después de un rato.
—¿Qué?
—Todo esto...
Se detuvo.
—Lo de antes.
Sabía a qué se refería.
—¿La visión?
—Sí.
Continuamos caminando.
—Siento que la conozco.
La miré.
—¿Por Sentir?
—No.
Respondió demasiado rápido.
—O no creo.
Pensó un momento.
—No es eso. Es como cuando recuerdas algo que leíste hace mucho y no puedes encontrar exactamente dónde.
Eso sí lo entendía.
—A mí también me pasó.
—¿Sí?
Asentí.
—Mientras lo veía pensé en el libro antiguo de mi familia.
Lena giró hacia mí.