Las Cronicas Del Evren Libro Ii - No estamos solos

CAPITULO IX ORIGENES

El aire cambió antes de que yo pudiera ponerle un nombre.

Estaba tan absorta en la conversación con Lena que no me di cuenta de lo que ocurría a nuestro alrededor. Supongo que ella tampoco. Habíamos vuelto a quedarnos en silencio después de hablar de nuestros padres, de su infancia, de la amenaza de papá de rostizar personas y de todas las cosas que todavía nos faltaba comprender.

La mesa seguía frente a nosotras. Quedaba algo de pan, un par de frutas y el cuenco de agua. Sobre nuestras cabezas, aquel cielo imposible continuaba moviendo sus nubes con una lentitud que había empezado a tranquilizarme.

Por eso tardé en notarlo.

Primero fue una presión suave.

No dolorosa.

Era parecida a ese silencio extraño que aparece justo antes de que alguien diga algo importante.

Miré a Lena.

Ella ya había dejado de comer.

—¿Lo sientes?

—Sí.

Eso fue suficiente para que me pusiera de pie.

—¿Qué es?

—No sé.

Excelente.

Últimamente esa era nuestra respuesta favorita.

La mesa comenzó a perder color. No desapareció de golpe. La madera se hizo pálida, después translúcida, hasta que pude distinguir el suelo a través de ella. Los cojines hicieron lo mismo. El pan, las frutas y el agua fueron borrándose con una lentitud casi amable.

—¡Oye! —protesté—. No había terminado.

Lena me miró.

—Comiste suficiente.

—Eso lo decides tú.

—Tu estómago sobrevivirá.

—Qué poca empatía.

—Estamos viendo desaparecer una mesa creada por una nube y tú estás preocupada por el pan.

—Precisamente. No sabemos cuándo volveremos a comer.

Lena abrió la boca para responder.

No alcanzó.

Frente a nosotras, la luz comenzó a condensarse.

Y las bromas se terminaron.

No descendió desde el cielo. Tampoco salió exactamente del suelo. Simplemente empezó a reunirse.

Pequeñas partículas blancas aparecieron en el aire y fueron acercándose unas a otras, primero lentamente, después con mayor precisión, hasta formar una especie de figura suspendida.

Me recordó a una proyección.

Algo parecido a un holograma.

Aunque tampoco era exactamente eso.

Tenía demasiada presencia.

La luz parecía ocupar un espacio real frente a nosotras, pero cuando intentaba encontrar sus bordes, estos se confundían con todo lo demás.

Lena se levantó.

Un estruendo seco atravesó el aire.

—¡Ah!

Las dos retrocedimos al mismo tiempo. Por reflejo busqué la mano de Lena y ella encontró la mía.

La luz permaneció suspendida.

Esperando.

—Esto no se siente como los recuerdos —murmuró Lena.

La miré.

—¿Estás segura?

Frunció el ceño.

—No.

Aquello me gustó mucho más que una respuesta absoluta.

—Solo... es diferente. Los recuerdos tenían algo que reconocía, incluso cuando no eran míos. Esto no.

—¿Entonces qué es?

—Caz.

—Ya sé. No sabes.

—Exacto.

Miramos otra vez.

—¿Deberíamos acercarnos?

—¿Quieres hacerlo?

—No.

—Yo tampoco.

Pausa.

—Vamos.

—Sí.

Así funcionábamos.

Dimos un paso.

Después otro.

No ocurrió nada.

Al tercero, la luz explotó.

No con fuego.

Con imágenes.

Al principio no había forma.

Había fragmentos.

Miles.

Quizá millones.

Flotaban frente a nosotras, chocando unos con otros, separándose, apareciendo y desapareciendo antes de que pudiera entender qué estaba mirando. Colores sin nombre se mezclaban con otros que sí conocía. Había puntos de luz que crecían hasta volverse enormes y luego estallaban. Algunos desaparecían con la explosión.

Otros parecían nacer de ella.

Giré sobre mí misma.

Ya no podía encontrar el lugar en el que habíamos estado.

—Lena.

—Estoy aquí.

Su mano apretó la mía.

Bien.

El suelo tampoco parecía existir, aunque seguíamos apoyadas sobre algo. Arriba no había cielo. Abajo no había tierra.

Solo movimiento.

—¿Entiendes algo?

—Nada.

—Perfecto.

—¿Por qué perfecto?

—Porque yo tampoco y no quería ser la única ignorante.

—Qué alivio.

Uno de los fragmentos pasó muy cerca de mi rostro y retrocedí. No sabía si aquello podía tocarnos y tampoco tenía ningún interés en averiguarlo.

Entonces ocurrió.

En medio de aquel desorden apareció una luz.

No sé de dónde.

Eso fue lo primero que intenté descubrir. Busqué un origen, un borde, algún lugar desde el que pudiera haber llegado.

Nada.

Simplemente estaba allí.

Era más intensa que todo lo demás, pero no lastimaba los ojos.

Y empezó a moverse.

No de golpe. No empujó los fragmentos ni los obligó a apartarse. Los fue ordenando con paciencia, uno después de otro.

El movimiento me recordó a una mano, aunque no había dedos ni palma. Solo la sensación de estar viendo algo colocar cada cosa donde debía estar.

Un grupo de luces se elevó.

Otro descendió.

Los colores comenzaron a separarse.

Y, poco a poco, apareció algo que reconocí.

—Lena...

—Lo veo.

El cielo encontró su lugar.

Debajo apareció agua. Al principio no parecía un mar. Era solo una extensión inmensa y oscura que se movía sin orillas. Después se abrió, retrocedió y dejó espacio para que surgieran masas de tierra todavía deformes.

Una de ellas emergió con un estallido torpe.

Después otra.

Y otra.

No eran bonitas todavía.

No eran perfectas.

Parecían estar aprendiendo su propia forma.

Pero estaban allí.

El mar se separó del cielo. La tierra se instaló junto al agua.

La luz siguió moviéndose.

Y entonces lo sentí.

Algo respiró.

No Lena.

No yo.

Todo.

Fue una sensación tan extraña que instintivamente llevé una mano al pecho.

—¿Sentiste eso?

Lena asintió.

No intentó explicarlo.



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En el texto hay: amistad, busqueda camino, religioso

Editado: 05.10.2026

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