Después de la confesión de Lena no supe muy bien cómo actuar.
Habíamos vuelto a comer, sí. Incluso nos habíamos reído un poco después de aquella conversación, porque aparentemente esa era nuestra manera de sobrevivir a cualquier situación emocionalmente insoportable: llorar, decir cosas que llevábamos años guardando y, cinco minutos después, discutir por el tamaño de unos audífonos.
Funcionaba.
Más o menos.
El problema era que ahora sabía demasiado.
O quizá no demasiado.
Quizá simplemente sabía cosas diferentes.
Miré a Lena mientras partía otro pedazo de pan con los dedos. Parecía más tranquila. No bien. No completamente. Pero sí más ligera, aunque no me gustaba utilizar esa palabra porque podía hacer parecer que acababa de soltar veinte años de problemas sobre una mesa mágica y ahora todo estaba solucionado.
No era así.
Seguía teniendo preguntas sobre su padre.
Sobre su madre.
Sobre aquella abuela.
Sobre los sobres.
Sobre su sangre.
Sobre un montón de cosas.
Yo también.
Pero, debajo de todas esas preguntas, había algo más que llevaba varios minutos molestándome.
Culpa.
Sabía que no debía sentirla.
Lo sabía racionalmente.
No había sido mi responsabilidad descubrir lo que Lena ocultaba cuando éramos niñas. Tampoco podía regresar al pasado y acompañarla en momentos cuya existencia desconocía.
Pero saberlo no impedía que una parte de mí pensara:
Me habría gustado estar.
Quizá para protegerla.
Quizá para acompañarla.
Quizá simplemente para que no estuviera sola.
Y cuanto más intentaba no pensar en ello, más lo pensaba.
Lena seguía comiendo.
Yo seguía mirándola.
Hasta que finalmente hablé.
—Te quiero mucho, Lena.
Dejó de masticar.
Me miró.
—Ya te lo había dicho, ¿verdad?
Sus ojos se entrecerraron.
—Vaya, vaya.
—¿Qué?
Lena protegió su pan con ambas manos.
—¿Qué quieres?
—¡Nada!
—Quieres mi pan.
—¿Qué?
—Ya comiste el tuyo, Cazi. No seas glotona.
—¡No quiero tu pan!
Lo acercó más a su pecho.
—Eso diría alguien que quiere mi pan.
—Solo quería decirte que te quiero.
—Más sospechoso todavía.
Me reí.
—¡Oye!
—¿Qué pasó?
—Nada. Solo quería decirlo.
Me miró durante unos segundos.
Después dejó lentamente el pan sobre la mesa.
—Te sientes culpable.
Mi sonrisa desapareció.
—No.
—Sí.
—No es cierto.
—Caz.
—Solo...
—Sientes culpa.
La miré.
—No puedes mentirme con eso.
—¿No habíamos quedado en que no usarías Sentir para invadir mi privacidad?
—No estoy invadiendo nada. Tu culpa está prácticamente sentada a tu lado comiéndose otra fruta.
Miré instintivamente a mi lado.
Lena soltó una carcajada.
—¡Idiota!
—¡Miraste!
—Por reflejo.
—Claro.
Intenté volver a comer.
No tenía hambre.
Dejé el pan.
—Está bien.
Lena esperó.
—Hubiera querido estar.
Su expresión cambió.
—¿Cuándo?
—Antes.
Moví las manos, frustrada porque sabía exactamente qué quería decir y no encontraba cómo.
—Cuando eras pequeña. Cuando pasó lo de tu papá. Cuando empezaste a encerrarte. Cuando sentías que nadie preguntaba dónde estabas.
Respiré.
—Hubiera querido saberlo para estar ahí cuando te sentías mal por culpa de tu familia.
—Cazi...
—Ya sé que no podía saberlo.
—Entonces no...
—Pero igual.
Me miró.
—Igual me habría gustado protegerte.
La palabra quedó entre nosotras.
Lena soltó aire lentamente.
—No era tu responsabilidad.
—Ya sé.
—No parece.
—Saber algo y sentirlo son cosas diferentes.
Eso la hizo callar.
—Bien —dijo finalmente—. Entonces siente lo que tengas que sentir. Pero no te cargues algo que no te corresponde. Las personas tienen cosas que no saben resolver. Sus propias sombras, sus problemas, sus decisiones. Tú no puedes convertirte en responsable de arreglarlas solo porque las quieres.
Levanté una ceja.
Lena se quedó inmóvil.
No dije nada.
Ella tampoco.
Seguimos mirándonos.
Uno.
Dos.
Tres segundos.
—Sí, ya sé —dijo finalmente.
Sonreí.
—Yo no dije nada.
—No necesitabas.
—Qué bueno que hayas entendido mi silencio.
—Sé exactamente qué estabas pensando.
—¿Sentir?
—Tu cara.
—Ah.
Lena suspiró.
—Sí. Sé que tengo que practicar lo que acabo de decir.
—Bastante.
—Cállate.
—No tienes por qué culparte por cosas que tus papás hicieron o dejaron de hacer.
—Lo sé.
—O por cosas que todavía ni siquiera entiendes.
—También lo sé.
—Bien.
Me acomodé sobre el cojín.
—Creo que hoy sí puedo decir que papi tenía razón.
Lena parpadeó.
—¿Tu papá?
—Sí.
—¿Qué tiene que ver papá Mildan con esto?
Tomé una fruta.
—A papá no le caía tu papá.
Lena abrió mucho los ojos.
—Cazi.
—¿Qué?
—Eso lo sé.
—Ah.
Mordí la fruta.
—Decía que mientras más tiempo estuviera lejos, mejor.
—También lo sé.
—Antes eran buenos amigos.
Lena dejó de sonreír.
—Eso sí lo sabías, ¿verdad?
—Sí.
—Yo nunca entendí qué les pasó.
Pensé un momento.
—De hecho, ahora que lo dices, no recuerdo cuándo dejaron de llevarse bien.
Lena me observó.
—¿Nunca te contaron su pelea?
Dejé de masticar.
—¿Qué pelea?
—Caz...
—¿Mi papá se peleó con tu papá?
—Sí.
—¿Pelear como discutir o pelear como...?
Hice dos puños.
Lena empezó a reírse.
—No así.
Pero mi cerebro ya había encontrado una memoria.
—¡La granja!
—¿Qué?
—¡Fue ese día!
—¿Qué día?
Me incorporé.