Las Cronicas Del Evren Libro Ii - No estamos solos

CAPITULO IV LABERINTO DE DOLOR PARTE 1

Di el primer paso sabiendo que ya no caminaba junto a mi mejor amiga.

Lena seguía ahí. Podía verla si levantaba suficientemente la cabeza y encontraba el ángulo correcto entre las paredes que acababan de alzarse. A veces también escuchaba su respiración cuando el silencio se estiraba demasiado o el roce de sus zapatos contra aquella piedra que la mantenía por encima de mí. Saberlo ayudaba, pero no tanto como habría querido.

Algo se había reacomodado en el espacio desde que el laberinto decidió separarnos otra vez. Ya no éramos dos personas avanzando una al lado de la otra, tropezándonos con las mismas cosas y discutiendo sobre qué camino tomar. Ahora éramos dos presencias ocupando lugares distintos de algo que ninguna comprendía: Lena arriba y yo abajo, metida entre corredores que parecían haberse construido alrededor de mí.

Las vetas metálicas bajo mis pies tampoco se comportaban como antes. En algunos puntos todavía aparecía el oro entre la piedra, pero incluso ese parecía perder brillo cuanto más avanzaba. El suelo respiraba. No encontraba otra manera de explicarlo. A veces cedía ligeramente bajo mi peso y luego recuperaba su forma, como si tuviera que acostumbrarse a mí. El aire, en cambio, entraba sin dificultad en los pulmones y aun así se sentía pesado más arriba, justo en el centro del pecho, como si cada respiración tuviera que atravesar algo antes de convertirse realmente en aire.

—Descríbeme lo que sientas —repitió Lena desde lo alto—. Aunque no tenga forma.

—No sé qué siento.

—Entonces dime eso.

—No sé qué siento.

Hubo una pausa.

—Excelente descripción.

—Cállate.

Su risa llegó débil desde arriba y sonreí sin querer. Me tranquilizó escucharla. Quizá por eso esperé un poco antes de continuar, mirando las paredes, las raíces y aquella mezcla imposible de piedra y reflejos metálicos como si en algún lugar pudiera aparecer una indicación que dijera por dónde debía avanzar.

No apareció ninguna.

Así que caminé.

Cada pasaje era diferente. Algunos se estrechaban tanto que mis hombros casi rozaban ambos lados; otros se abrían de pronto y el techo desaparecía varios metros sobre mí. También cambiaba la temperatura. Había corredores fríos que me erizaban los brazos y otros donde el aire se volvía demasiado tibio, pegándose a la piel. Algunas paredes eran lisas como hueso pulido; otras parecían hechas de raíces endurecidas, venas de piedra y capas superpuestas de algo que alguna vez había estado vivo.

Intenté buscar un patrón.

Conté intersecciones, observé las vetas doradas e incluso marqué una pared con la uña hasta descubrir que la piedra era mucho más resistente que mi dedo.

—Eso dolió —murmuré, sacudiendo la mano.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Caz.

—Intenté marcar una pared.

—¿Con qué?

Miré mi uña.

—Con una estrategia que, en retrospectiva, tenía fallas.

—¿Te lastimaste?

—Mi dignidad principalmente.

Escuché un suspiro.

Seguí caminando.

No había simetría. No había un centro que pudiera reconocer ni señales que me indicaran que un camino era mejor que otro. Y, sin embargo, todo parecía organizado alrededor de algo que yo todavía no veía. Cada vez que intentaba retroceder para comprobar dónde había estado, los corredores parecían ligeramente distintos. No lo suficiente para afirmar que se movían, pero sí para hacerme dudar de mi memoria.

Llegué a la primera bifurcación importante.

Derecha.

Izquierda.

Misma piedra. Mismas raíces. Misma luz.

—¿Cuál? —pregunté.

Lena tardó unos segundos.

—No sé.

Levanté la cabeza.

—¿No puedes verlo desde arriba?

—Puedo ver más que tú, pero no todo. Las paredes se cruzan. Hay partes que desaparecen desde aquí.

—¿Y sentir?

—No me está dando un mapa, Caz.

La respuesta me molestó más de lo que debería.

—Ya sé.

Pero una parte de mí había esperado exactamente eso.

Un mapa.

Una señal.

Algo que convirtiera a Lena en la respuesta que yo no tenía.

Miré ambos corredores otra vez.

—¿Quieres regresar? —preguntó.

Giré.

El camino por el que había llegado seguía detrás de mí.

Al menos parecía el mismo.

Podía volver.

No sabía hasta dónde.

—No.

Elegí la izquierda.

No porque pareciera más seguro. Ni porque sintiera algo especial. Elegí la izquierda porque tenía que escoger una dirección y quedarme allí mirando dos caminos no iba a convertir ninguno en correcto.

Avancé.

Durante un rato no ocurrió nada.

Y eso fue casi peor.

Después de todo lo que aquel lugar ya nos había hecho, empecé a desconfiar de la normalidad. Cada paso sin consecuencias me parecía una preparación para algo. Escuchaba mi propia respiración, el roce de mi ropa y, ocasionalmente, la voz lejana de Lena comprobando que todavía podía oírme.

El laberinto, en cambio, permanecía quieto.

Hasta que dejó de hacerlo.

El pasaje se abrió frente a mí como si alguien hubiera rasgado el espacio.

Me detuve tan rápido que uno de mis pies quedó adelantado.

La piedra había desaparecido unos metros más adelante. En su lugar había una superficie transparente y ligeramente ondulada, parecida a una membrana tensa. Detrás de ella podía ver algo, pero las formas se deformaban demasiado para reconocerlas.

—Lena.

—¿Qué pasó?

—Hay algo aquí.

—Eso no reduce demasiado las posibilidades.

—Una especie de… pared. Pero no es una pared.

—Caz.

—Ya sé. Excelente descripción.

Me acerqué.

Extendí la mano y la detuve antes de tocarla.

Podía regresar.

Otra vez.

Miré detrás de mí.

Después apoyé los dedos.

La superficie cedió.

Un frío breve me recorrió la piel, como atravesar una lluvia que no mojaba. Retiré la mano inmediatamente y comprobé mis dedos.

Seguían ahí.

Eso me pareció una victoria razonable.



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En el texto hay: amistad, busqueda camino, religioso

Editado: 05.10.2026

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