Las Cronicas Del Evren Libro Ii - No estamos solos

CAPÍTULO III UN SENDERO MISTERIOSO

Habíamos dejado atrás el claro hacía un rato.

Lena caminaba a mi lado y, aunque ninguna había vuelto a mencionar lo ocurrido, de vez en cuando la miraba solo para comprobar que seguía allí. Era absurdo. Lo sabía. Habíamos salido juntas del claro, habíamos compartido el último pan que ella aseguraba no haberme robado y llevábamos varios minutos siguiendo otra vez aquel pedazo de madera sospechoso.

Aun así, miraba.

Lena estaba allí.

Completa.

Real.

Y después de lo ocurrido, eso me parecía razón suficiente para no preocuparme todavía por nada más.

Había preguntas. Claro que las había. Ella había visto cosas mías. Yo había visto cosas suyas. Ninguna sabía exactamente cuánto había visto la otra y, por primera vez en mi vida, intentar descubrirlo todo inmediatamente no me parecía la mejor idea.

Bueno.

No tan inmediatamente.

Seguía queriendo saber.

Pero podía esperar.

Creo.

—¿Caz?

—¿Mmm?

—Estás haciendo esa cara.

La miré.

—¿Qué cara?

—La de estar pensando demasiado.

—Yo no tengo una cara para eso.

—Tienes varias.

Iba a defenderme cuando el objeto de madera se movió entre mis manos.

Ambas bajamos la vista.

La pieza larga, que había permanecido apuntando hacia delante desde que dejamos atrás el claro, descendió lentamente.

—No —dijo Lena.

—Ni siquiera ha hecho nada.

—Todavía.

El objeto dio un pequeño tirón.

Hacia delante.

Miré el camino entre los árboles.

—Sigue queriendo que avancemos.

—¿Y nosotras seguimos queriendo obedecerle?

Miré la madera.

Después el bosque.

Luego a Lena.

—No.

—Excelente.

El objeto volvió a tirar.

Suspiré.

—Pero vamos a hacerlo.

—Sabía que había celebrado demasiado pronto.

Continuamos.

Durante un rato no ocurrió nada.

Y después de todo lo que había pasado, que no ocurriera nada empezó a parecerme sospechoso.

Los árboles fueron cerrándose alrededor del camino. No tanto como para impedirnos avanzar, pero sí lo suficiente para que la luz llegara fragmentada entre las hojas. Algunas raíces cruzaban el suelo y nos obligaban a levantar más los pies. Otras se hundían bajo la tierra antes de volver a aparecer varios metros después.

El objeto continuaba señalando.

—¿Cuánto llevamos caminando? —pregunté.

Lena me miró.

—¿Ahora sí quieres que cuente?

—Retiro la pregunta.

Seguimos.

No sé en qué momento dejé de escuchar los sonidos del bosque.

Primero desaparecieron los insectos.

Después el movimiento de las hojas.

Luego nuestros propios pasos empezaron a sonar diferentes.

Me detuve.

Lena también.

—¿Lo sentiste?

—¿Qué cosa?

Antes de que pudiera responder, el aire vibró.

Esta vez ambas lo sentimos.

El objeto dejó de tirar.

La pieza larga descendió entre mis manos hasta quedar completamente quieta.

—Eso no me gusta —dijo Lena.

—A mí tampoco.

Frente a nosotras, el camino empezó a cambiar.

No desapareció de golpe. La tierra simplemente perdió color, como si algo estuviera drenándolo desde abajo. Las raíces permanecieron durante unos segundos y después comenzaron a cubrirse de una claridad extraña. Los árboles se volvieron menos definidos.

Parpadeé.

Uno de ellos ya no estaba.

—Lena.

—Lo veo.

Otro desapareció.

Después otro.

Di un paso hacia ella.

No hizo falta decir nada. Su mano encontró la mía.

Esta vez juntas.

La última línea de árboles se desdibujó y el espacio que quedó alrededor empezó a plegarse sobre sí mismo.

No era el claro.

Tampoco era la Sala Dorada.

No sabía qué era.

Y, después de todo lo ocurrido, no estaba dispuesta a ponerle un nombre demasiado rápido.

El suelo bajo nuestros pies se volvió liso durante apenas unos segundos. Después aparecieron líneas que avanzaron por la superficie como si alguien estuviera trazando una idea desde adentro. Surgieron pliegues, curvas y desniveles. Nuestros reflejos se fragmentaron con el movimiento y durante un instante vi partes de nosotras repetidas en lugares imposibles: un ojo suspendido sobre una curva, mi mano multiplicada bajo nuestros pies, la sombra de Lena donde no había ningún cuerpo que pudiera producirla.

Apreté su mano.

—Lena…

—Lo sé.

La superficie comenzó a elevarse entre nosotras.

Retrocedí instintivamente, tirando de ella, pero el suelo se levantó con más rapidez. No parecía un muro construido para separarnos. Era el propio espacio doblándose, cambiando de forma mientras seguíamos dentro de él.

De la superficie empezaron a brotar vetas de piedra blanca, raíces finas y hojas tan delgadas que al principio pensé que también eran reflejos.

Después apareció el verde.

Verde real.

O tan real como podía ser cualquier cosa en aquel lugar.

—¿Eso estaba ahí antes? —pregunté.

—No.

—Bien. Solo comprobaba que seguimos sin entender nada.

La materia continuó creciendo hasta formar algo ancho al principio y cada vez más estrecho después. Las paredes se elevaron. Las raíces se extendieron sobre ellas y desaparecieron entre la piedra. Algunas ramas casi transparentes se curvaron por encima de nuestras cabezas.

Tardé demasiado en comprender qué estaba mirando.

—Es un laberinto.

Lena no respondió.

No hacía falta.

Lo era.

No apareció de golpe. Se fue formando alrededor de nosotras como si aquel lugar estuviera recordando poco a poco una estructura que había permanecido escondida. Donde antes solo había espacio comenzaron a levantarse corredores, desniveles y paredes. Algunas zonas parecían de piedra; otras conservaban reflejos metálicos, y entre ambas crecían raíces que no sabía de dónde obtenían tierra.

Entonces sentí un tirón en el pecho.

Fue tan repentino que solté la mano de Lena para llevarme la mía al centro del cuerpo.



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En el texto hay: amistad, busqueda camino, religioso

Editado: 05.10.2026

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