Caminamos hacia la abertura sin soltarnos las manos.
No íbamos rápido. Tampoco creo que ninguna de las dos tuviera fuerzas para hacerlo. Después de todo lo que acabábamos de atravesar, avanzar unos cuantos pasos juntas ya me parecía suficiente.
Lena caminaba a mi lado.
No delante.
No arriba.
A mi lado.
Y quizá por eso las preguntas regresaron.
Por supuesto que seguían allí.
Había visto cosas que no sabía si debía haber visto. Había escuchado otras que, evidentemente, Lena tampoco esperaba volver a escuchar. Su mamá. Su papá. El pastel. La casa. Aquella conversación de adultos que creyó olvidada. La paloma.
Papá.
Mi papá.
Incluso desde arriba había reconocido partes de aquel recuerdo.
Quería preguntarle por qué nunca me había contado que recordaba aquel día de la paloma de esa manera. Quería preguntarle por su madre, por el pastel, por aquella frase que había escuchado de niña y, quizá más que nada, si de verdad había pasado todos esos años preguntándose si la ausencia de su padre tenía algo que ver con ella.
Pero Lena había dicho:
Después.
Y después de todo lo que acabábamos de aprender sobre recuerdos ajenos, privacidad y cosas que una persona puede conocer sin que eso signifique que tenga derecho a exigir una explicación, lanzarme sobre ella apenas saliera del laberinto con un interrogatorio parecía una idea particularmente estúpida.
Así que no pregunté.
Después.
Podía ser después.
El suelo se estremeció.
Abrí los ojos.
—Por supuesto.
Lena no se apartó.
—¿Qué?
—Nada. Solo pensé que habíamos conseguido cinco segundos de tranquilidad.
—Fueron más.
—¿Diez?
—Tal vez.
—Un récord.
Entonces ella también lo sintió y se separó lo suficiente para mirar alrededor.
El cambio no fue brusco.
Eso fue lo extraño.
Después de todo lo ocurrido, habría esperado otra transformación violenta, algo que se partiera o apareciera de golpe. En cambio, el espacio empezó a cambiar con una lentitud que me produjo una nostalgia inesperada.
El suelo bajo nuestros pies se cuarteó en líneas finísimas.
No parecían grietas peligrosas. Se extendían como las marcas que aparecen sobre una superficie después de demasiado tiempo, como piel envejeciendo en segundos.
Detrás de nosotras, las paredes del laberinto comenzaron a perder forma.
—Lena.
—Lo veo.
Primero desaparecieron los bordes.
Después algunas raíces se deshicieron en partículas verdes. La piedra perdió dureza. Pequeños reflejos se desprendieron de las paredes y quedaron suspendidos en el aire.
No colapsaba.
Se desataba.
Esa fue la palabra que apareció en mi cabeza.
Como si cada pared hubiera estado sostenida por nudos invisibles y alguien los estuviera soltando uno por uno.
Me giré lentamente.
Los pasajes por los que habíamos caminado ya no existían. Quedaban rastros: polvo de luz, pequeños fragmentos verdes, raíces translúcidas que desaparecían antes de tocar el suelo.
El laberinto entero vibró.
Un temblor lento.
Profundo.
Casi orgánico.
—Se está muriendo —susurré.
Lena permaneció mirando.
—No sé.
Su respuesta me hizo volver la cabeza.
—¿No?
—Quizá solo está dejando de ser laberinto.
Miré otra vez.
No sabía cuál de las dos cosas era peor.
O más bonita.
El mundo crujió.
Esta vez sí.
Una grieta apareció en lo que quedaba de la pared frente a nosotras. Pero no se abrió hacia abajo ni partió el suelo.
Se abrió hacia dentro.
No encuentro otra forma de decirlo.
Era como si el espacio tuviera profundidad detrás de sí mismo.
Retrocedimos juntas.
—¿Eso estaba ahí?
—Definitivamente no.
—Bien.
—¿Qué tiene de bueno?
—Que por lo menos todavía puedo reconocer cuándo aparece algo imposible.
La grieta se iluminó.
Esperé una voz.
No llegó.
En cambio, sobre la pared comenzaron a aparecer líneas.
Al principio pensé que eran nuevas grietas. Después reconocí formas.
Letras.
La luz que las componía no era especialmente brillante. Parecía más antigua. Más opaca. Como si hubiera estado allí mucho antes que el laberinto y simplemente necesitara que el resto desapareciera para poder verse.
Las palabras terminaron de formarse.
Lena y yo leímos en silencio.
Antes de crecer, la semilla se abre.
Esperé.
Nada más.
—¿Eso es todo? —pregunté.
Lena ladeó la cabeza.
—Parece.
—¿Después de todo lo que hicimos?
—¿Querías un diploma?
—Una explicación sería bonita.
—Quizá tiene un reverso.
—Lena.
—Solo intento ayudar.
Volví a mirar la frase.
Antes de crecer, la semilla se abre.
No decía que hubiéramos hecho lo correcto.
No explicaba por qué había visto mis errores.
No decía qué debía soltar.
Tampoco explicaba el laberinto de Lena, ni su familia, ni las cosas que todavía no sabíamos.
Y, por supuesto, no aclaraba qué demonios tenía que ver una semilla con dos chicas metidas en un lugar imposible.
Aun así...
Pensé en mi laberinto.
En mamá extendiéndome la mano.
En los recuerdos que había creído que perdería.
En aquella sensación posterior de tener una habitación vacía dentro del pecho.
Después pensé en Lena.
En cómo había entrado sin poder ver.
En las preguntas.
En su miedo a haber sido parte de una respuesta que nadie le había dado.
Quizá nosotras éramos la semilla.
O quizá no.
Quizá la semilla era otra cosa.
Tal vez “abrirse” no significaba romperse, sino dejar espacio.
No estaba segura.
Y, curiosamente, no sentí la necesidad de decidirlo.
—Me gusta —dijo Lena.
La miré.
—¿La frase?