Me gusta el olor de la lluvia.
Ese olor que aparece cuando las primeras gotas empiezan a mojar el suelo. Al principio es suave, casi imperceptible, pero cuando la lluvia entra en contacto con la tierra aparece otro aroma completamente distinto.
¿Seré yo la única que piensa así?
Probablemente.
Me gusta caminar por mi ciudad cuando llueve. Vivo en Astoria, Oregón, un lugar que parece todavía más bonito cuando el cielo se vuelve gris y las calles comienzan a llenarse de pequeños reflejos. Hay poca gente fuera. Las luces de los edificios se encienden poco a poco y, durante unos minutos, siento que la ciudad es solamente mía.
Quizá suene extraño, pero me gusta.
Ahora mismo estoy dando una vuelta sola por el barrio, como suelo hacer casi siempre. La única excepción es Maya. De vez en cuando viene a buscarme para ir a tomar algo o salir de compras,aun que no es que me guste demasiado ir de compras.
A las chicas de mi edad parece encantarles ese tipo de planes. Tengo veinte años y, supuestamente, debería disfrutar de salir, conocer gente, ir de fiesta, comprar ropa...
Pero no soy así.
Prefiero quedarme en casa leyendo, escuchar música durante horas, perderme por algún sendero rodeado de árboles o simplemente pasar tiempo con animales.
Supongo que hay un montón de cosas que no hago como las chicas de mi entorno.
Y quizá por eso siempre he sentido que soy un poco diferente.
Aunque, sinceramente, nunca pensé que ser diferente fuera a cambiar mi vida.
Hasta que lo conocí.