Sienna
Sus ojos se posan en mí, son fríos, analíticos y terriblemente penetrantes. Me recorre de pies a cabeza con una lentitud calculada, sin un solo atisbo de disculpa, evaluando cada detalle de mi figura como si estuviera leyendo un contrato. Hay algo en su mirada que no tiene nada de paternal; es una mirada calculadora, dominadora y ridículamente atractiva.
—Supongo que ella es Sienna —comenta, dando un paso hacia mí. Su tono no es cariñoso; es seco, educado y cargado de una autoridad natural que me eriza la piel.
—Hija, él es Kaelen Hayes —nos presenta mi padre, totalmente ajeno al cortocircuito que acaba de ocurrir en mi cabeza.
Trago saliva, obligándome a sostenerle la mirada y a ponerme la máscara de indiferencia que tanto me ha costado perfeccionar. No voy a dejar que se note que casi me caigo de espaldas al verlo.
—Un placer, Señor Hayes —musito con un tono ligeramente irónico, enfatizando el «señor» para recordarle la diferencia de edad y mi fingido desinterés.
Kaelen entrecierra sus ojos, una comisura de sus labios se eleva apenas un milímetro en una sonrisa que promete darme problemas.
—El placer es mío, Sienna —responde, y la forma en que pronuncia mi nombre suena casi como una advertencia—. Bienvenida a Saint-Tropez. Espero que no te aburras demasiado entre nosotros.
En ese preciso instante me doy cuenta de dos cosas: primero, que estas dos semanas no van a ser aburridas en absoluto; y segundo, que el verdadero peligro de estas vacaciones no es la altura de los acantilados, sino el hombre que tengo en frente.
Me sostiene la mirada un segundo más de lo necesario, lo suficiente para hacerme saber que captó la ironía de mi «Señor Hayes» y que no le intimidó en lo más mínimo. Al contrario, parece divertido, como un gato observando a un ratón que intenta parecer amenazante.
—Te llevaré las maletas adentro —se ofrece Richard, interrumpiendo el silencio. Toma mis dos maletas gigantes y las tres bolsas de mano que insistí en traer.
—Papá, ten cuidado con la bolsa rosa, ahí van mis cremas para el rostro y si se rompe alguna, el luto en esta casa va a durar más que el de mi mamá —le advierto, totalmente en serio.
Kaelen arquea una ceja, mirando la montaña de equipaje que mi padre arrastra hacia la entrada.
—¿Te estás mudando o solo vienes por dos semanas? —pregunta con esa voz grave, cruzándose de brazos. Las gotas de agua siguen resbalando por sus bíceps. Es una visión ridículamente distractora, pero me niego a darle la satisfacción de pestañear.
—Un bikini para cada día, tres opciones de ropa por noche según mi estado de ánimo, y mi colección de protectores solares porque no pienso volver a la universidad pareciendo un camarón hervido, señor Hayes —respondo, ajustándome las gafas de sol sobre la cabeza—. Se llama previsión.
—Se llama exceso —corrige él, dando un paso más cerca. Huele a agua de mar, sol y a un perfume costoso con notas de madera que debería estar prohibido a plena luz del día—. Supongo que a los veintiún años el dramatismo es un deporte nacional.
Mi mandíbula se tensa.
Okey, el señor perfecto no solo es atractivo, sino que también es un arrogante de primera categoría.
—Y a los cuarenta y tantos el deporte nacional es dar sermones sin que nadie los pida, ¿no? —ataco de vuelta con mi mejor sonrisa falsa.
Un silencio denso se instala nuevamente entre los dos. Esperaba que se molestara, en lugar de eso, suelta una risita baja, rasposa, que me revuelve el estómago de una forma extraña.
—Cuarenta y dos, Sienna —precisa, inclinándose sutilmente hacia mí—. Y créeme, si quisiera darte un sermón, te darías cuenta.
Antes de que pueda inventar una réplica ingeniosa para dejarlo sin palabras, mi padre reaparece en la terraza sosteniendo dos copas de vino blanco y luciendo su mejor camisa de lino arrugada.
—¡Qué maravilla de lugar, Kaelen! —exclama, ajeno a que casi le arranco la cabeza a su mejor amigo con la mirada—. Sienna, tu habitación es la del segundo piso, la que tiene balcón hacia el mar. Kaelen fue tan amable de asignarte la mejor vista.
—Qué detalle tan dulce —digo chorreando sarcasmo mientras miro al dueño de la casa—. Prometo no tirar mis cosas por el balcón.
—Agradezco la promesa —responde con frialdad impecable—. La piscina está disponible a cualquier hora, si vas a usar el sistema de sonido después de las diez de la noche, mantén el volumen decente. Algunos trabajamos temprano, incluso en vacaciones.
—Traducción: a las diez pasa a tomarse su té de manzanilla y a ponerse la pijama de seda —murmuro por lo bajo, por la forma en que sus pozos azules se entrecierran, sé perfectamente que me escuchó.
—Sienna, por favor —me regaña mi papá, suspirando—. Ve a desempacar. Kaelen y yo vamos a revisar la ruta para el paseo en yate de mañana.
—Encantada —sonrío con exageración, dando media vuelta sobre mis sandalias.
Camino hacia las escaleras sintiendo su mirada clavada en mi espalda. Es una sensación casi física, como un rayo de sol quemándome la piel. Cuando llego al primer descanso, no puedo evitar echar un vistazo hacia atrás por encima del hombro.