Sienna
Su sombra se proyecta sobre el umbral del pasillo antes de que lo vea por completo. Su paso es silencioso, casi felino, y cuando se detiene a unos metros de mí, sus ojos ya están fijos en mi figura, recorriendo la distancia exacta que me separa de la repisa de caoba. No hay sorpresa en su rostro, solo una fría y calculada diversión que me enciende la sangre.
—¿Buscando el baño, Sienna? —pregunta con esa voz ronca que parece raspar la quietud de la sala, mientras cruza los brazos sobre el pecho con total naturalidad—. O tal vez inspeccionando el terreno para saber con qué clase de monstruo vas a navegar mañana.
No me aparto de golpe. Me obligo a moverme con lentitud, girando sobre mis talones para enfrentarlo con la barbilla en alto, aunque sé perfectamente que me ha atrapado con las manos en la masa.
—Solo admiraba las antigüedades, señor Hayes —respondo, dándole un tono de fingida inocencia que sé que él ve a través de inmediato—. Tenía curiosidad por saber si el dueño de esta fortaleza vivía tan aislado como parece. Veo que sus sospechas sobre mi falta de prudencia son ciertas: me gusta husmear donde no me llaman.
Kaelen da un paso al frente, acortando el espacio con esa autoridad natural que me obliga a contener el aliento. Sus ojos brillan con un destello oscuro y desafiante.
—La curiosidad es un lujo peligroso en este mundo, Sienna. Y los chismosos suelen terminar aprendiendo lecciones muy caras —murmura, deteniéndose a menos de un suspiro de distancia—. Si querías saber si hay alguien más en mi vida, podías habérmelo preguntado directamente en lugar de jugar a la detective de pacotilla. Aunque, a juzgar por tu expresión de alivio mal disimulada cuando miraste esos marcos, ya descubriste lo que querías saber.
Siento que las mejillas me queman, no por vergüenza, sino por la facilidad con la que lee cada una de mis reacciones. Me niego a darle el gusto de verme cohibida, así que doy un paso hacia él, invadiendo su terreno con la misma osadía.
—¿Alivio? Para nada, Kaelen —digo, pronunciando su nombre de pila por primera vez, saboreando el impacto que causa en su expresión—. Simplemente me sorprende que un hombre con su reputación y su magnetismo prefiera la compañía de un pitbull y fotos de sus antepasados antes que una presencia femenina que le haga sombra a su ego.
Por un segundo, la atmósfera entre nosotros se vuelve densa, casi irrespirable. Su mandíbula se contrae con violencia y, antes de que pueda parpadear, su mano se extiende con una rapidez pasmosa, atrapando mi muñeca con un agarre firme pero cuidadoso, impidiéndome moverme. El contacto de su piel caliente contra la mía me envía una descarga eléctrica directa a la columna.
—Cuidado con lo que dices, pequeña —su voz baja a un susurro áspero, pegado a mis labios—. No pongas a prueba la paciencia que me queda. Mañana a las ocho te quiero en la cubierta del Siren. Y te aseguro que el mar no será lo único impredecible que vas a enfrentar.
Dicho esto, me suelta con la misma lentitud con la que me atrapó, dándose la vuelta para perderse por el pasillo oscuro de la planta baja, dejándome con el pulso desbocado y la piel ardiendo en una mezcla perfecta de frustración y deseo latente.
El sol de la mañana siguiente estalla sobre el horizonte con una intensidad implacable, tiñendo el mar de un azul profundo y brillante que parpadea como un campo de diamantes.
A las siete en punto de la mañana, ya estoy de pie en el muelle privado de la villa, enfundada en un pantalón de lino blanco y un jersey ligero de punto fino que contrasta con el tono dorado que empieza a tomar mi piel.
A lo lejos, amarrado con elegancia, se alza el Siren, una embarcación imponente de líneas modernas y cascos oscuros que refleja la misma opulencia fría de su dueño.
Exactamente a las ocho en punto, la puerta de la cabina principal se desliza y Kaelen aparece en cubierta. Lleva una camisa de lino negro con las mangas remangadas hasta los codos, dejando al descubierto sus antebrazos marcados por venas prominentes y una piel tostada por el sol. Unas gafas de sol oscuras ocultan sus ojos, pero sé perfectamente que ya me ha fichado desde el momento en que puse un pie en el muelle.
A su lado, caminando con una disciplina impecable y una postura musculosa, aparece el pitbull de la fotografía. Se nota a leguas que acaba de regresar de su mes de entrenamiento canino: se mueve con una firmeza impecable, atento a cada gesto de su dueño, emanando una presencia dominante que impone respeto inmediato.
Antes de que pueda reaccionar, el taconeo firme sobre la pasarela me hace girar la cabeza. Una mujer sumamente atractiva, de elegancia sofisticada, tez bronceada y cabello castaño ondeando al viento, aborda la embarcación con una soltura que denota que no es su primera vez allí. Lleva un vestido playero de diseñador y unas gafas oscuras que se desliza suavemente sobre la cabeza al verme.
—Veo que al menos sabes leer la hora —comenta Kaelen con una ligera nota de sarcasmo mientras desamarra las primeras cuerdas con una destreza impecable y movimientos precisos, mientras el imponente perro se sienta al lado de la pasarela observándome fijamente.
—Nunca hago esperar a alguien que promete un buen espectáculo, señor Hayes —contesto con una sonrisa astuta mientras subo con agilidad a bordo del yate, sintiendo el vaivén suave de la cubierta bajo mis pies. El pitbull deja escapar un resoplido bajo, ante un sutil chasquido de dedos de Kaelen, permanece inmóvil.