Sienna
Desde la popa, la voz de mi padre, Richard, se cruza en medio del drama, acompañada por el sonido metálico de algo que cruza el aire silbando.
—¡Cuidado, hija! ¡No te ahogues con tu propio orgullo! —brama papá riéndose a carcajadas mientras me lanza un enorme aro salvavidas de color naranja brillante.
El salvavidas cae del cielo con una puntería envidiable... y me golpea directamente en la cabeza con un sonido seco que casi me vuelve a mandar al fondo del océano.
—¡Papá! —bramo indignada, sobándome la coronilla mientras floto abrazada al maldito aro—. ¡¿Me querías matar o rescatar?!
—¡Era para que despertaras, cariño! —responde él desde lejos, secándose las lágrimas de la risa.
Y por si faltara poco, asomando su cabeza por la borda al lado de Kaelen, el pitbull suelta un par de ladridos alegres, como si estuviera celebrando su victoria olímpica en salto sincronizado de humanos. Prometo que, en cuanto suba a ese yate, el perro y su dueño van a conocer el verdadero significado del terror.
El agua chorrea por mi cabello pegado a la cara mientras acepto a regañadientes la mano de mi progenitor para subir a cubierta. Mis ojos se clavan de inmediato en el pelinegro, quien apoya los antebrazos en la borda con una sonrisa de suficiencia tan irritante que dan ganas de borrarla a bofetadas, y a su lado, el perro mueve la cola como si me estuviera aplaudiendo.
—Tranquila, fiera. El aro salvavidas tenía buena intención —dice Hayes, con esa voz grave y pausada que parece diseñada para sacarme de quicio—. Aunque admito que el golpe sonó bastante hueco.
—Vas a hacer que te empuje por la borda y le ponga un chaleco salvavidas al perro para que te rescate —le espeto, exprimiendo mi ropa con furia.
El viaje continúa entre risas socarronas de Richard, Victoria y miradas de reojo cargadas de una electricidad extraña entre Kaelen y yo. Ninguno de los dos dice mucho más, aunque la tensión en el aire es densa, esa clase de fricción constante que hace que cada roce fortuito se sienta como una chispa sobre gasolina.
Al cabo de media hora, el yate frena suavemente frente a una cala de aguas turquesas y arena blanca que parece sacada de una postal. Una isla privada donde el mundo exterior simplemente deja de existir. El grupo se dispersa en cuanto bajamos a tierra: papá y sus amigos se instalan bajo la sombra de unas palmeras con bebidas frías en la mano.
Decido ignorar la presencia imponente de Kaelen, quien se ha quitado la camiseta dejando al descubierto un torso esculpido que intento no mirar demasiado y me concentro en el paisaje. Saco el móvil de la funda impermeable, el lugar es demasiado idílico como para no inmortalizarlo. Me coloco las gafas de sol, busco el ángulo perfecto contra el reflejo del sol en el agua cristalina y me tomo un par de selfies, estirando el brazo y fingiendo una naturalidad absoluta que contrasta con el desastre de mi cabello mojado.
—Espero que estés documentando tu versión oficial de los hechos para cuando el tribunal te juzgue por intento de asesinato a un aro salvavidas —suelta una voz a mis espaldas.
Me giro bruscamente. Kaelen está de pie a un par de pasos, con las manos en los bolsillos de sus bermudas y una ceja alzada, observando la escena con total diversión.
—Estoy intentando capturar algo de paz, cosa que escasea bastante desde que tú y tu mascota decidieron arruinar mi mañana —replico, cruzándome de brazos.
Él da un paso hacia mí, acortando la distancia de forma sutil, con esa sonrisa torcida que me descoloca.
—Bruno solo quiso ser amistoso contigo, además, la paz está sobrevalorada. Sin embargo, debo admitir que la pose con la mandíbula apretada te queda bien. Muy cinematográfica. ¿Quieres que te saque una de cuerpo entero para que presumas en tus redes cómo el mar te devuelve golpeada?
—Guárdate tus opiniones para cuando te las pida —le respondo, siento un calor repentino en las mejillas que no tiene nada que ver con el sol tropical.
Él suelta una risa baja, un sonido cálido que vibra en su pecho, antes de girarse y caminar hacia donde los demás ya extienden las toallas. El rastro de su perfume, mezclado con salitre y madera, se queda suspendido entre nosotros, recordándome que la tregua en esta isla va a durar muy poco.
Me sacudo los restos de arena de los pies y camino hacia donde el resto del grupo ha montado el campamento improvisado bajo unas sombrillas de lona blanca. Papá ya está contando sus anécdotas, a la vez que los asistentes que trabajan en la isla sirven copas de vino blanco con hielo.
Decido ignorar la presencia de su amigo, que se ha alejado un poco hacia la orilla con su mascota trotando a su lado, persiguiendo cangrejos diminutos que se entierran velozmente en la espuma del mar. Aprovecho para buscar una tumbona de madera apartada, dispuesta a disfrutar del sonido de las olas y a olvidarme de que mi orgullo sigue magullado por culpa del aro salvavidas.
Sin esperarlo, una sombra alta se proyecta sobre mí, bloqueando el calor directo del sol.
—Si sigues poniendo esa cara, vas a hacer que los peces huyan despavoridos de la isla —la voz de Kaelen interrumpe mis pensamientos. Viene con una botella de agua fría en la mano y el cuerpo mojado, como si se hubiera metido al agua mientras yo estaba distraída.