Sienna
El tintineo de unos tacones rápidos contra los escalones interrumpe la escena justo antes de que pueda responderle a mi padre. Todos giramos hacia la entrada de la cocina y vemos aparecer a Victoria, impecable como siempre en su traje sastre, sosteniendo su bolso de diseñador con elegancia mientras se ajusta una pulsera.
—Lamento interrumpir —anuncia con una sonrisa amable, aunque su expresión deja claro que el tiempo le urge—, pero tengo que irme ya. La niñera que está cuidando a los niños en casa está por cumplir su turno y no quiero dejarla sola ni un minuto más. Me encantaría haberme quedado a comer, de verdad me es imposible.
Richard se pone de pie de inmediato con esa galantería que lo caracteriza, acercándose a ella para despedirse con un beso rápido en la mejilla.
—No te preocupes en absoluto. Comprendemos perfectamente; los niños son primero —dice mi padre, comprensivo—. Gracias por acompañarnos anoche.
—Gracias a ustedes por la invitación —responde ella, echándonos un vistazo rápido a Kaelen y a mí—. Espero que repitamos pronto. ¡Adiós!
Con un último gesto de mano, se marcha a toda prisa, dejándonos con el eco de sus tacones desvaneciéndose en el recibidor.
El silencio dura apenas un segundo antes de que el pelinegro apoye las manos en la encimera y se gire con una ocurrencia brillándole en los ojos.
—Ya que Victoria se tuvo que marchar y el tiempo nos sobra... —empieza Kaelen, mirando de reojo a papá, luego detiene su vista en mí de una forma que me pone los pelos de punta—, ¿por qué no salimos los tres a almorzar y a conocer un poco más el pueblo? Hace una mañana preciosa, seguro que a Richard le viene bien despejarse de los negocios, y a Sienna... bueno, a Sienna le vendría bien airearse un poco después de su pequeño percance matutino.
Mi padre levanta las cejas, sorprendido y agradablemente convencido con la idea.
—No suena nada mal —interviene papá, asintiendo entusiasmado tras terminar de beber su café—. Un buen almuerzo en el pueblo los tres juntos es justo lo que necesitamos para relajarnos un rato. Decidido, vamos los tres.
Abro los ojos como platos, sintiendo que el aire se me atasca en la garganta.
¡¿Los tres?!
¡Eso significa que voy a tener que soportar los coqueteos sutiles de Kaelen, sus miradas cargadas y la tensión insoportable de anoche, ¡bajo la mismísima y ultra protectora supervisión de mi padre que parece no darse cuenta de nada o es que está ciego!
—Yo pensaba que... —intento protestar, abriendo los brazos en un gesto de absoluta desesperación.
—No se hable más, cariño. Primero iré a ducharme rápidamente, el ejercicio de esta mañana estuvo intenso —me corta mi progenitor, dándose la vuelta para ir escaleras arriba —. Regresaré en breve.
Antes de que pueda reclamar algo más, mi padre desaparece. Me quedo congelada frente a mi plato de pancakes, sintiendo la mirada del señor Hayes clavada en mí, disfrutando de forma descarada de mi trampa mental.
Siento la sangre hervir de pura frustración. Si voy a tener que aguantarlo con mi padre presente, al menos voy a hacer que pague por cada segundo de esta tortura. Me cruzo de brazos, lo miro con fingida dulzura.
—Yo también iré a darme una ducha —agrega Kaelen, sacudiendo su cabello sudoroso contra mí.
Un par de gotas impactan directo en mi mejilla y el calor se me sube de golpe al rostro, abrasándome por dentro.
—¡Qué asco! —exclamo dando un paso atrás, aunque mis palabras suenan más sofocadas de lo que querría.
El deja escapar una risita grave, un sonido rasposo y divertido que se me clava justo en el centro del pecho. Se inclina solo unos centímetros hacia mí, lo suficiente para que su sombra me envuelva por completo.
Es una provocación pura, directa y sin filtros.
—No te quejes —sisea con una voz ridículamente baja, rozando casi el límite de lo audible para que el aire entre nosotros parezca a punto de estallar—. Considéralo un anticipo del almuerzo.
Siento cómo el corazón me da un vuelco violento contra las costillas. Intento sostenerle la mirada, demostrarle que no me altera. Sin embargo, el brillo desafiante de sus ojos me acorrala. Sabe perfectamente el efecto que produce en mí, lo peor de todo es que está disfrutando cada milímetro de mi pánico.
—Eres insoportable —pronuncio entre dientes, apretando los puños a los lados de mi cuerpo para evitar la tentación de empujarlo lejos... o de tocarlo.
—Y tú no sabes disimular —contraataca él con una sonrisa ladina que me enciende la sangre.
Da un paso atrás con una lentitud exasperante, como recreándose en el desastre que acaba de dejar a su paso, me guiña un ojo antes de girarse sobre sus talones. Sus pasos resuenan con tranquilidad al mismo tiempo que sube la escalera, dejándome sola en medio de la cocina con el pulso desbocado, las mejillas ardiendo y la certeza absoluta de que este almuerzo no va a ser una simple comida: va a ser un paseo directo al infierno.