Sienna
Las gotas diminutas que resbalan por la línea de su mandíbula me resultan insoportablemente distractoras.
—Eres pésima fingiendo indiferencia, Sienna —murmura, con los ojos fijos en la página que acabo de pasar—. Principalmente porque estás sosteniendo el libro al revés.
El aire se me atasca en la garganta.
Miro el libro de golpe, tiene razón en lo que dice.
Con un chasquido de frustración, cierro la novela de golpe y se la estrelló con fuerza contra el pecho. Kaelen ni pestañea; solo la atrapa al vuelo con una agilidad irritante y una sonrisa que me saca de quicio.
—No sé qué se cree, señor Hayes —susurro, inclinándome hacia adelante hasta que solo unos pocos centímetros separan nuestros rostros—. Pero esta isla no es tan grande como para que soporte tus numeritos de arrogancia. Un movimiento en falso y juro que le tiro las llaves del yate a Bruno para que las busque en lo profundo del océano.
—¿Me estás amenazando, fiera? —su tono baja una octava, perdiendo el matiz burlesco para volverse denso, casi magnético.
—Te estoy advirtiendo.
Intento ponerme de pie para marcar distancia, pero en ese preciso instante una voz melodiosa interrumpe la tensión que nos envuelve como una red invisible.
—¡Sienna! ¡Kaelen! Vengan un momento, por favor —llama Victoria desde una sombrilla cercana, agitando una jarra con limonada fresca y dos vasos altos decorados con rodajas de piña.
El ojiazul parpadea, rompiendo el hechizo de su mirada antes de dedicarme una última sonrisa de medio lado y retroceder con total parsimonia. Me quedo unos segundos intentando recuperar el aliento, con las mejillas ardiendo, antes de sacudirme la arena y caminar hacia la zona de descanso con la peor cara de pocos amigos que puedo reunir.
La mujer está sentada en una manta grande extendida sobre la arena fina, con un sombrero de ala ancha y una sonrisa genuina que no parece tener doble intenciones, lo cual me descoloca aún más. Papá se ha alejado hacia la orilla hablando por teléfono con alguien, dejándonos solas.
—Estaba pensando que deberíamos aprovechar este paraíso para divertirnos —comenta en cuanto me acerco, sirviendo un vaso de limonada y ofreciéndomelo con suavidad —. Se me acaba de ocurrir la idea perfecta para romper el hielo por completo.
Miro la limonada y luego a ella, arqueando una ceja.
—¿Qué tienes en mente? —pregunto, aceptando el vaso mientras el sudor frío del cristal me refresca las manos.
—¡Voleibol playero! —anuncia con entusiasmo, señalando una red que los asistentes acaban de desplegar entre dos palmeras—. Nosotras dos contra estos dos hombres.
—¿Nosotras contra ellos? —interviene Kaelen, ajustándose las bermudas con esa soltura exasperante—. No quiero arruinarte la ilusión, Victoria, pero a la niña se le cae hasta el libro de las manos. Se van a llevar una paliza.
Mi sangre hierve al instante. El calor del sol no es nada comparado con el fuego que me enciende el comentario de Hayes.
—Acepto —sentencio fijando mis ojos en los suyos, retándolo abiertamente—. Pero si vamos a jugar, que sea con una apuesta de verdad.
Papá, que acaba de guardar el teléfono, se acerca frotándose las manos con una risa socarrona.
—¡Me apunto! ¿Cuáles son los términos, hija?
—Si ustedes ganan, les sirvo las bebidas el resto de la tarde y no me quejo de nada en todo el viaje —propongo, apretando la mandíbula—. Pero si ganamos nosotras, Kaelen y tú nos cumplirán un deseo a cada una.
—Hecho —acepta el pelinegro de inmediato, con esa sonrisa confiada que ruega a gritos ser destruida—. Prepárate para fregar la cubierta, Sienna.
Lo que Kaelen no sabe es que jugué voleibol competitivo durante cuatro años en la universidad. Y Victoria, para mi absoluta sorpresa, resulta ser una muralla impenetrable en la red.
El partido arranca con un saqué potente de Kaelen que busco recibir abajo. Flexiono las piernas, coloco los brazos firmes y elevo el balón con una precisión limpia directo a las manos de Victoria. Ella arma un pase perfecto en la red y yo entro, saltando sobre la arena y rematando con toda la furia acumulada de la mañana.
El balón cruza el aire como un misil y impacta a centímetros de los pies de Kaelen, levantando una nube de arena.
—Punto —digo con una sonrisa dulce, acomodándome las gafas de sol mientras él me mira con los ojos desorbitados por la sorpresa.
—Vaya, vaya... parece que tenemos juego —murmura Kaelen, pasándose una mano por la nuca y ajustando su postura, perdiendo por fin esa actitud relajada.
A partir de ahí, la arena se convierte en un auténtico espectáculo. Victoria y yo nos entendemos sin hablar: ella cubre la red con una agilidad impresionante y yo me encargo de cubrir la cancha trasera, llegando a cada balón imposible con tiradas espectaculares sobre la arena. Celebró cada punto chocando las palmas con Victoria, riendo abiertamente al ver la cara de desconcierto de mi padre y el sudor frustrado que empieza a correr por la espalda esculpida de Hayes.