Sienna
Kaelen intenta bloquear mi siguiente remate, saltando frente a mí en la red. Su cuerpo está tan cerca que siento el calor de su piel, pero en el último segundo cambio la muñeca y dejo caer un toque suave por encima de sus dedos. El balón cae plácidamente en su campo.
—¿No decías que se me caían las cosas de las manos, señor Hayes? —le susurro al pasar cerca de la red.
—Tuviste suerte —gruñe con la voz más grave, aunque la intensidad en su mirada revela que le está encantando el reto.
Con el marcador 20-18 a nuestro favor, me toca el saque de partido. Sopeso el balón en la mano, miro al ojiazul fijamente y lanzo un saque flotado hacia la esquina más alejada. Papá se estira, pero no llega, y el balón pica dentro.
—¡Ganamos! —grita Victoria, saltando a abrazarme con entusiasmo genuino.
Correspondo el abrazo riendo a carcajadas, sintiendo cómo toda la tensión de la mañana se evapora en pura adrenalina. Al separarnos, miro a los derrotados: mi padre se deja caer en la arena sin aliento mientras su amigo permanece de pie, apoyando las manos en las caderas, respirando con dificultad, mirándome con una mezcla irresistible de fascinación y derrota.
—A la orden con la cubierta esta noche, muchachos —les recuerda Victoria con un guiño triunfante, tomándome del brazo para ir hacia las tumbonas—. Ven, Sienna, nos ganamos esa limonada con creces.
Camino a su lado, sintiendo la mirada de Kaelen clavada en mi espalda. Me giro un segundo sobre mi hombro solo para regalarle un guiño pícaro.
La tregua no ha llegado, pero el triunfo sabe increíblemente bien.
—¡Eso estuvo increíble! —exclama Victoria, todavía agitada por el esfuerzo, tiene las mejillas encendidas de pura satisfacción—. Hombres, una promesa es una promesa. Y mi deseo empieza en este preciso instante.
Richard, arrastrándose casi por la arena con la respiración entrecortada, alza una mano en señal de rendición.
—Lo que pidas, Victoria... solo no me hagas volver a correr bajo este sol —suplica, secándose el sudor de la frente con la camiseta.
—Perfecto —sonríe ella con astucia, cruzándose de brazos—. Mi deseo es que tú y Kaelen se encarguen de preparar una cena ligera en la terraza esta noche y que sirvan los mejores cócteles de la casa mientras Sienna y yo disfrutamos como las verdaderas campeonas que somos.
—Adjudicado —asiente mi papá entre resoplidos, mirando a su amigo con culpabilidad—. Nos vencieron limpiamente, Kaelen. Habrá que ponerse el delantal.
El pelinegro, que aún permanece de pie con los brazos en las caderas y el torso dorado brillando por el sudor, no le quita la vista de encima a mis labios. Hay una chispa peligrosa flotando en el aire entre los dos, un pulso subterráneo que ninguno de los tres presentes alcanza a percibir.
—¿Y tú, Sienna? —pregunta su voz profunda, retumbando con una calma calculada mientras se acerca lentamente a la red—. ¿Cuál es tu famoso deseo? ¿O vas a pedirme que foguee la cubierta con un ridículo disfraz?
Miro hacia el mar, sonriendo con una lentitud estudiada, acomodándome un mechón de cabello detrás de la oreja. Guardo mi carta bajo la manga con una elegancia impecable.
—Mi deseo es reservado, señor Hayes —contesto, entornando los ojos con un matiz coqueto y sutil que solo él alcanza a descifrar—. Ya se lo cobraré en el momento adecuado.
Él sostiene mi mirada un segundo de más, la mandíbula tensándose apenas un milímetro ante el descaro de mi insinuación, no dice nada. Solo inclina la cabeza, reconociendo el golpe.
El resto de la tarde transcurre entre risas, baños en el agua cristalina y la brisa cálida de la costa. Sin embargo, conforme avanza la tarde, nos sentamos en una zona de la playa más concurrida a disfrutar de cócteles tropicales bien fríos, el alcohol comienza a hacer efecto en mi organismo. Noto una calidez agradable recorriendo mis venas junto a una ligereza en los hombros que me hace reír con mayor facilidad de cualquier ocurrencia de Victoria.
Con los sentidos ligeramente nublados por el licor y el sol, me alejo un momento hacia la orilla para caminar con los pies descalzos sobre la espuma del mar. El vestido ligero que me he puesto para el regreso se me pega suavemente a las piernas y la brisa marina me alborota el cabello.
No pasa mucho tiempo antes de que note que alguien me sigue el paso. Un chico joven, de aspecto atlético, piel muy bronceada y una sonrisa deslumbrante que encaja perfectamente con el ambiente exclusivo de la Riviera, se detiene a mi lado a escasos centímetros.
—Es una pena que una chica tan hermosa camine sola por la orilla cuando hay una puesta de sol tan perfecta —habla con un tono seductor.
Me detengo, parpadeando ligeramente debido a los tragos de más, lo examino con una mezcla de diversión y desinterés. Ladeo la cabeza, dispuesta a divertirme un rato a su costa, sin percatarme de que, a lo lejos, junto a las tumbonas, unos ojos azules oscuros y helados nos están observando fijos como un halcón a su presa.
—Camino sola porque me gusta la tranquilidad —confieso con una sonrisa ligera, meciendo el vaso de mi bebida con coquetería inofensiva—, aunque no niego que el paisaje es bonito.