Si, señor Hayes

#3 | TANTEANDO EL TERRENO

Sienna

Desempacar me toma casi una hora completa, en parte porque me distraigo ajustando la disposición de mi ropa en el vestidor de madera clara y en parte porque me quedo absorta contemplando la vista desde el balcón. La terraza privada da directamente al acantilado; abajo, las olas rompen en espuma blanca contra las rocas y el olor salado de la brisa marina llena toda la habitación.

Es un lujo absoluto.

A las siete y media, el cielo de Saint-Tropez se tiñe de tonos naranjas, púrpuras y dorados. Me doy una ducha rápida, lavando el cansancio del viaje, tomándome mi tiempo frente al espejo del baño.

Si Kaelen Hayes piensa que soy una niña malcriada a la que puede tratar con condescendencia, va a tener que reconsiderarlo.

Elijo un vestido ajustado de hilo en color crema, con la espalda completamente descubierta y un escote sutil que equilibra la sobriedad del corte.

El bikini puede esperar hasta mañana.

Me dejo el cabello suelto, secado al aire en ondas naturales, me aplico un toque de perfume de vainilla. Un par de aretes dorados, sandalias planas para no exagerar y listo. No busco gustarle; busco recordarle que no soy una menor de edad a la que deba ponerle reglas.

Cuando bajo las escaleras de mármol hacia el comedor principal, escucho el murmullo de voces que viene de la terraza contigua.

Richard y Kaelen están sentados en torno a una mesa de teca iluminada por velas bajas y pequeñas lámparas cálidas. La iluminación tenue le da a la escena un aire íntimo y sofocante. Mi padre lleva una camisa azul marino relajada, mientras que su amigo… bueno, ha cambiado el traje de baño por pantalones oscuros de corte impecable y una camisa de lino gris con los dos primeros botones desabrochados, dejando ver el inicio de su pecho. El cabello oscuro, aun ligeramente húmedo, peinado hacia atrás de forma desenfadada.

Sostiene una copa de vino tinto en la mano y escucha a mi padre con atención, pero en cuanto mis sandalias hacen un leve chasquido contra el suelo de piedra, sus ojos azules se desvían de inmediato hacia mí.

La pausa en su conversación es casi imperceptible, pero la noto. Su mirada baja por mi cuello, recorre la línea de mis hombros, se detiene un segundo en la caída del vestido y regresa a mi rostro. No hay expresión en su cara, excepto por un ligero endurecimiento en la línea de su mandíbula.

—Miren quién decidió acompañarnos —dice mi papá con una sonrisa cálida, poniéndose de pie para arrastrar una silla para mí—. Te ves preciosa, hija.

—Gracias, papá —sonrío, sentándome entre los dos.

El pelinegro no se levanta, pero inclina la cabeza con cortesía sobria.

—Vino tinto, ¿o prefieres algo más liviano? —pregunta su voz profunda, alcanzando la botella que descansa sobre la mesa.

—Tinto está bien, gracias —respondo, apoyando los codos sobre la mesa y mirándolo fijamente—. A menos que considere que veintiún años sigue siendo una edad demasiado temprana para el alcohol, señor Hayes.

Mi padre suelta una risita floja, sirviéndose un poco más de agua.

—Ignórala, Kaelen. Le encanta provocar a todo el mundo. Es igualita a su madre en eso.

El tono del ojiazul no cambia mientras llena mi copa hasta la mitad con una precisión impecable.

—Aprecio la honestidad, Richard. Pero no suelo meterme en los hábitos de bebida de mis invitados… siempre y cuando sepan contenerse.

Sostengo la copa por el talle y hago girar el líquido oscuro, sintiendo el aroma amaderado del vino.

—Sé contenerme perfectamente. La pregunta es si usted sabe tolerar a las personas que no siguen sus órdenes al pie de la letra.

Él deja la botella sobre la mesa con un golpe seco, controlado. Me mira directamente a los ojos, y por un segundo, la iluminación de las velas hace que sus pupilas parezcan aún más oscuras, casi peligrosas.

—Mis órdenes en esta casa son bastante sencillas, Sienna —susurra. sobrepasando el sonido de las olas de fondo—. Y por lo general, la gente inteligente prefiere no ponerlas a prueba.

Un escalofrío helado me corre por la espalda, me mantengo firme, regalándole una sonrisa lenta y desafiante.

—Afortunadamente para los dos, a mí nunca me ha gustado hacer lo que se supone que es «inteligente».

El chef privado de Kaelen interrumpe el momento sirviendo el primer plato: una entrada de mariscos frescos con reducción de cítricos. Durante la primera media hora de la cena, mi padre se encarga de llenar el aire con anécdotas de su época universitaria, proyectos de inversión y recuerdos de viajes antiguos.

Escucho a ratos, participando cuando mi papá me incluye, pero la mayor parte del tiempo soy consciente de la presencia imponente de Kaelen a mi lado. Come con modales pausados, habla poco, cuando lo hace, su opinión es firme y categórica. Es el tipo de hombre que no necesita alzar la voz para dominar una habitación; su simple presencia exige espacio.

Y lo peor de todo es que, cada vez que mi padre se distrae cortando la carne o mirando hacia el jardín, siento esa mirada sobre mi piel. No es una mirada disimulada; es una observación fría, analítica, como si estuviera descifrando exactamente qué botones presionar para desarmarme.




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