Si, señor Hayes

#18 | EL INICIO DE NUESTRO TRATO

Sienna

Muevo un pie un milímetro hacia adelante, desafiándolo con la mirada. Sin embargo, Kaelen no me da tiempo ni de parpadear. Antes de que pueda articular otra palabra, su mano grande y firme se cierra alrededor de mi muñeca con una fuerza contenida que me corta la respiración.

En un movimiento, me arrastra hacia el pasillo lateral y me empuja sin ceremonia al interior de uno de los probadores individuales.

Entro de golpe, el tacón de mi zapato resuena contra el suelo de madera y, antes de que alcance a girarme, Kaelen se cuela tras de mí, cierra la puerta con un chasquido sordo, pasándole el seguro de metal.

El espacio es reducido, rodeado de espejos altos y una luz cálida que nos envuelve. No me da espacio para pensar. Me acorrala contra la pared tapizada de terciopelo, atrapando mi cintura con una mano mientras la otra se enreda en la parte posterior de mi cuello.

Su boca cae sobre la mía, haciéndome olvidar lo que sucede a nuestro alrededor. Le rodeo el cuello con los brazos, tirando de él hacia mí, clavando las uñas en la tela de su chaqueta mientras respondo al beso con el mismo sentimiento. Mi corazón martillea contra mis costillas.

Acto seguido, se separa apenas un par de centímetros, con el aliento agitado rozándome las mejillas y los ojos oscurecidos. Sus labios, entreabiertos y húmedos, quedan rozando la comisura de mi boca.

—Esto es una locura, Sienna —susurra, su respiración entrecortada golpeando mi piel—. Tu padre está a diez metros de aquí.

—Y aun así me trajiste hasta acá —le respondo en un hilo de voz, aferrada a las solapas de su saco, sintiendo cómo se me acelera el pulso en la garganta—. No me digas que ahora te dio miedo.

El pelinegro me mantiene abrazada, recordándome lo cerca que estamos de cruzarte cualquier límite. Su mirada se vuelve seria, fría y absolutamente decidida, intentando recuperar el control de su temple.

—Escúchame bien —agrega con firmeza, mirándome directo a los ojos—. No voy a jugar a los enamorados, menos en la situación en la que estoy. Si vamos a hacer esto, va a ser bajo mis reglas.

Enarco una ceja, intrigada y con la adrenalina corriendo a mil por hora por mis venas.

—Te escucho.

—Dos semanas —sentencia, con un tono maduro, áspero y tajante que no admite espacio para negociaciones—. Solo dos semanas. Tú y yo, sin compromisos, sin reclamos, sin involucrar sentimientos y, sobre todo, sin que nadie lo sepa. Cuando el plazo termine, cada quien vuelve a su realidad. Nada de amor, Sienna. Nada. ¿Queda claro?

Un escalofrío me recorre entera. La idea de tenerlo enteramente para mí durante catorce días, sin ataduras y bajo la pura promesa de pasarla bien, enciende un fuego peligroso en mí. Sonrío con lentitud, acariciando la línea de su mandíbula con la yema de mis dedos.

—Dos semanas —asiento, marcando la promesa contra sus labios—. Nada de amor. Solo nosotros.

Él vuelve a sellar nuestra boca en un último beso antes de soltarme de golpe. Se arregla la chaqueta con la elegancia impecable de siempre, quita el seguro del probador con agilidad y sale primero para verificar que el pasillo esté despejado, dejándome a solas.

Me quedo unos segundos dentro del probador con el pecho subiendo y bajando al ritmo de mis latidos desbocados, intentando recomponerme antes de que mi padre note mi ausencia. Me aliso la blusa, respiro hondo, luego salgo a los pasillos de la boutique con la mayor naturalidad de la que soy capaz. Richard sigue examinando una bata de seda color vino tinto con cara de concentración absoluta, el señor Hayes está unos pasos más allá, apoyado con una tranquilidad pasmosa contra una columna, con las manos en los bolsillos y la compostura intacta.

Nadie diría que hace menos de un minuto estábamos encerrados jurándonos un trato clandestino.

—Listo, papá —le aviso, intentando que mi voz suene firme—. ¿Ya te decidiste o nos vamos?

—Sí, este es el indicado —afirma con una sonrisa triunfal, entregándole la prenda a la vendedora para que la envuelva.

El camino de regreso a casa se me pasa como en una nebulosa. La brisa que entra por la ventana del carro me golpea la cara, pero mi mente sigue atrapada en esas dos palabras que siguen resonando en mi cabeza como un eco tentador y prohibido: dos semanas.

Esa noche, acostada en mi cama mirando hacia el techo oscuro de mi habitación, el sueño se niega a llegar. El teléfono vibra sobre la mesa de noche a las once y media. Un mensaje de un número desconocido, pero que reconozco al instante:

«Nos vemos a la medianoche en mi habitación. No llegues tarde, Sienna».

Una sonrisa traviesa se dibuja en mis labios en la oscuridad.

Esto acaba de empezar y sé perfectamente que cumplir la regla de «nada de amor» va a ser mucho más difícil de lo que pensamos.

Hola, les informo que el maratón será publicado el viernes 6 de noviembre de 2026. Gracias por el recibimiento y los comentarios ❤️




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