Sienna
El aroma de la gastronomía mediterránea nos da la bienvenida apenas cruzamos las puertas del restaurante. Papá insiste en que probemos la comida tradicional del pueblo, así que pedimos un tapenade como platillo de entrada y un ratatouille, acompañado de una limonada helada que se agradece con el calor que hace afuera. Durante el almuerzo, la conversación entre los tres fluye entre bromas y alguna que otra anécdota.
Kaelen comparte la mesa con nosotros, sentado justo frente a mí, aunque habla de negocios con papá en un tono maduro y sereno, siento su mirada rozarme de vez en cuando, haciéndome erizar la piel en secreto.
—Y bien, mi pequeña —dice papá con una sonrisa socarrona mientras limpia un poco de salsa de tomate de la mesa con una servilleta—, ¿cuál era el dichoso perfume que deseas?
Me río, sacando el teléfono de mi bolso para mostrarle la foto exacta de la botella.
—Es este. No me digas que te vas a echar para atrás ahora —lo desafío divertida, lanzando una mirada rápida a su amigo para ver si nota mi provocación.
—Jamás —responde mi padre negando con la cabeza, rindiéndose con una amplia sonrisa—. Vamos a buscarlo de una vez antes de que se nos haga tarde.
Pagamos la cuenta y salimos juntos a caminamos por la calle, en dirección hacia las tiendas de lujo. De camino a la perfumería, nos detenemos primero en la boutique para comprar el frasco que le pedí a papá. Él cumple su promesa sin protestar, entregándome la elegante bolsa con un gesto cariñoso.
Seguimos desplazándonos, ensimismados con el panorama, entre una tienda de calzado y una joyería, aparece una boutique de lencería femenina con una decoración sofisticada en tonos rosados. Richard se detiene en seco frente al escaparate, observando las vitrinas con algo de indecisión.
—Es verdad... —murmura para sí mismo, dándose una pequeña palmada en la frente—. Casi lo olvido. Tengo que comprarle un pequeño detalle a Jade. ¿Nos acompañan a ver las pijamas? Sé que estas cosas te aburren, Sienna, pero necesito tu opinión.
Pongo los ojos en blanco, aunque no puedo evitar sonreír ante su repentina timidez. Es la primera vez que lo veo enseriarse con una mujer, llevan saliendo apenas un par de meses.
—Está bien. Vamos, pero no te tardes demasiado.
Entramos los tres a la boutique. El ambiente aquí adentro es cálido, envuelto en una suave fragancia llena de dulzura. Papá se dirige directamente al perchero donde cuelgan las batas de seda y los conjuntos de dormir más formales, concentrado en buscar algo que no resulte demasiado atrevido, según sus propias palabras. Yo me alejo un par de pasos fingiendo examinar unos estantes cercanos, aunque mantengo los oídos atentos a la conversación entre él y su amigo, que se han quedado un poco más atrás en la zona de pijamas anticuadas para ancianas.
—Ya sabes cómo es esto, Kaelen —comenta mi progenitor en voz baja, sujetando una bata de raso en la mano—. Uno intenta tener un lindo detalle cuando está empezando a salir con alguien. ¿Y a ti cómo te ha ido en el amor últimamente? Te he notado algo reservado.
Me quedo completamente inmóvil frente a un mostrador, con la mano suspendida sobre una prenda, conteniendo la respiración para no perderte ni una sola palabra.
Se produce un breve silencio. El ojiazul suspira, pasándose una mano pesada por la nuca en un gesto cargado de tensión y cansancio.
—Para ser franco, Richard... me estoy divorciando —confiesa con una voz grave, pausada y sin emoción alguna—. Así que digamos que el tema del amor no es precisamente mi prioridad ahora mismo.
Un vuelco violento me sacude el pecho.
Se está divorciando.
La frase resuena en mi mente una y otra vez, encendiendo una chispa de curiosidad y algo sofocante que lucha por salir a la superficie. Aprieto los dedos al mismo tiempo que mantengo la espalda recta, espiándolo de reojo a través del reflejo de un espejo cercano.
—Vaya, lo siento mucho, amigo. No tenía idea —responde papá con tono comprensivo, dándole una palmadita en el hombro—. Ánimo con eso, los trámites legales siempre son desgastantes.
—Sí, lo son —asiente con sequedad—. Pero es lo mejor. Sigue viendo lo de tu regalo, iré a dar una vuelta por los otros pasillos mientras tanto.
Veo a mi padre quedarse concentrado comparando dos batas talle L. Aprovechando su absoluta distracción, me escabullo en silencio y me encamino hacia la parte posterior, la zona de lencería fina, donde el encaje, las transparencias y las tiras de tul cubren los exhibidores.
Empiezo a pasar las manos por los estantes, fingiendo interesarme por los tonos negros y burdeos, la atención se me escapa por completo. El roce suave de las telas contra mis dedos me pone nerviosa.
De pronto, un calor sutil me envuelve la espalda y el aroma inconfundible de su loción me avisa de su cercanía antes de que pueda darme la vuelta. Doy un giro lento entre las perchas de encaje y me encuentro directamente con Kaelen. Está parado a apenas unos centímetros de mí, recortado contra la iluminación tenue de la tienda, mirándome de una forma fija que me acelera el pulso al instante.