Si, señor Hayes

#11 | ES HORA DE COBRAR LA APUESTA

Sienna

La noche cae sobre Saint-Tropez envolviendo la villa en un manto de brisa tibia, música suave de jazz de fondo y la iluminación cálida de las antorchas alrededor de la piscina.

Cumpliendo con su apuesta, mi padre y Kaelen han preparado una mesa espectacular en la terraza. Victoria disfruta entre risas de los cócteles que mi progenitor le sirve con exagerada cortesía, mientras la conversación fluye de manera relajada sobre recuerdos de juventud y viajes pasados.

Cerca de las diez y media, el cansancio del día bajo el sol empieza a pasar factura.

—Yo me rindo por hoy —anuncia Victoria, poniéndose de pie con una copa de agua y un bostezo sutil—. Esa partida de voleibol me dejó los brazos destruidos. Sienna, fuiste una compañera extraordinaria.

—El mérito fue compartido —le sonrío, chocando mi copa con la suya.

—Yo también me voy a retirar —se suma papá, dándole un trago final a su digestivo—. Mañana quiero madrugar para ir al muelle. ¿Te quedas un rato más, Kaelen?

—En un momento subo, Richard. Dejaré la terraza ordenada —responde el pelinegro, de pie cerca de la barra de teca.

En cuanto el sonido de los pasos de mi padre y Victoria se pierde en el interior de la casa, el silencio regresa a la terraza, interrumpido únicamente por el constante romper de las olas contra el acantilado.

Me pongo de pie sin prisa, deslizando las manos por la tela de mi vestido corto de satén negro. Camino hacia la barra con la parsimonia de un felino, sintiendo cómo cada uno de mis movimientos es seguido atentamente por sus ojos azules.

Él apaga la pequeña luz de la barra y se gira hacia mí, apoyando la cadera contra la madera, cruzándose de brazos. Ha cambiado su ropa por un pantalón oscuro y una camisa blanca ligeramente desabrochada en el cuello.

—Quedamos solos, Sienna —murmura con esa voz ronca que me provoca un estremecimiento helado en la nuca—. Supongo que este es el momento privado que estabas esperando para cobrar tu victoria.

Me detengo a escasos centímetros de él, tan cerca que el calor que emana de su cuerpo me envuelve al instante. Su aroma me nubla ligeramente el juicio, pero mantengo la barbilla en alto, regalándole una sonrisa lenta, dulce y peligrosamente coqueta.

—Es exactamente lo que estaba esperando —pronuncio su nombre de pila en un susurro pausado, dando un paso más hasta casi rozar su pecho con el mío—. Durante todo el día me has tratado como a una niña juguetona que no sabe medir las consecuencias. Me dijiste que se me caían las cosas de las manos... y te demostré que puedo ganar tu propio juego.

No se mueve, su respiración se vuelve más pesada. Sus pupilas se dilatan, fijándose con una fijeza casi obsesiva en la curvatura de mis labios.

—Tuviste suerte en la cancha —repite con voz áspera, aunque no retrocede ni un milímetro.

—No fue suerte. Fue determinación —lo corrijo con suavidad. Levanto lentamente la mano y, con la yema de mis dedos, le rozo el cuello de la camisa blanca, sintiendo el latido acelerado de su pulso contra mi piel—. Dijiste que cumplirías mi deseo sin protestar. Y a mí no me interesan los cócteles ni que limpies.

Él entrecierra los ojos, por primera vez diviso la pequeña grieta en su impenetrable autocontrol: su mano sube involuntariamente y atrapa mi muñeca con firmeza, no para alejarme, sino para sostener el contacto.

—¿Qué es lo que quieres? —suelta un hilo de aire cálido sobre mis labios, su tono es una advertencia que tiembla de tensión contenida.

Deslizo mi otra mano por su hombro hasta tocarlo sutilmente, obligándolo a inclinarse apenas unos centímetros hacia mí.

—Quiero mi premio, señor Hayes —susurro con picardía, inclinando la cabeza con coquetería absoluta—. Quiero un beso tuyo. Un beso de verdad, donde me demuestres que no me ves como a la hija de tu mejor amigo... ni como a una niña inocente.

El silencio que sigue es sepulcral, cargado de una electricidad tan violenta que parece amenazar con detener el tiempo en la terraza.

Por un segundo eterno, la tensión en el aire se vuelve casi tangible. Los ojos azules de Kaelen se oscurecen, y la calidez que emanaba de su cuerpo se transforma en una frialdad rígida. Aprieta mi muñeca un milímetro más de lo necesario antes de soltarme como si mi piel se hubiera convertido en carbón encendido.

Da un paso atrás, interponiendo una distancia prudencial que hace que el aire frío de la noche vuelva a filtrarse entre los dos.

—No —dice. Una sola palabra, seca, rotunda y cargada de una severidad que busca ponerme un freno inmediato.

Se pasa una mano por el cabello pelinegro, despeinándolo ligeramente, y suelta un resoplido incrédulo mientras niega con la cabeza.

—Definitivamente perdiste el juicio, Sienna. No voy a hacer eso.

Apoya una mano en la barra y se gira de perfil, intentando recuperar el aplomo y la compostura que siempre lo caracterizan, pero veo la forma en que sus nudillos se blanquean por la fuerza con la que se sujeta a la madera.

—Hicimos una apuesta. Dijiste que el ganador pedía lo que quisiera —lo desafío con voz sedosa, dando un paso lento para acortar de nuevo la distancia, sin mostrar la más mínima intención de darme por vencida.




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