Si, señor Hayes

#15 | PANCAKES

Sienna

Le clavo la mirada más asesina que puedo tras ponerme de pie, tratando de mantener un mínimo de dignidad a pesar de tener el trasero adolorido y el orgullo destruido en mil pedazos.

—Estoy perfectamente, papá, de verdad. No me pasó nada —insisto, acomodándome la toalla a toda prisa—. Subiré a cambiarme rápidamente antes de que se enfríen esos cruasanes.

—Asegúrate de ponerte zapatos con suela de goma esta vez, Sienna —añade Kaelen con una sonrisa torcida justo cuando doy el primer paso hacia las escaleras.

No le respondo. Me limito a regalarle una última sonrisa cargada de veneno antes de subir los escalones casi volando, con el corazón latiéndome a mil por hora en las orejas, dividida entre la humillación absoluta y la rabia de haberlo dejado con la última palabra.

En cuanto llego a la habitación, cierro la puerta de golpe y me apoyo contra la madera soltando el aire que no sabía que estaba reteniendo. Me miro al espejo del tocador: tengo las mejillas encendidas y el cabello revuelto.

Me visto a toda prisa, eligiendo un vestido corto acampanado rosa. Me peino el cabello en una coleta alta bien pulida, me aplico un toque de brillo en los labios y perfume de vainilla. Si cree que un simple resbalón me va a acobardar o a quitarme las ganas de hacerlo rabiar, está muy equivocado.

Cuando termino, me miro una última vez en el espejo, me ajusto los hombros y salgo de la habitación decidida a bajar al comedor.

El aroma a mantequilla derretida y tocino crujiente ya impregna el aire del pasillo antes de llegar a la cocina. Cuando pongo un pie en la planta baja, veo que el ojiazul se mueve con total soltura frente a la estufa, volteando unos pancakes dorados con una precisión que me irrita lo bien que le sale todo.

Mi padre, está sentado a la mesa con una taza de café en la mano, observándolo con una mezcla de curiosidad y escepticismo paternal.

—Vaya, pensé que tardarías más en bajar, cariño —comenta mi Richard al verme entrar, echándome una rápida mirada antes de volverse hacia su amigo—. Aunque admiro tu iniciativa en la cocina. Todavía no me has dicho qué fue exactamente lo que le Sienna te pidió como castigo por perder la apuesta de ayer.

Me detengo en seco junto a la isla de la cocina. Siento cómo el estómago se me encoge de golpe y el corazón da un vuelco estúpido. El pelinegro se gira hacia nosotros con la espátula en la mano, por una fracción de segundo, sus ojos se posan en los míos con una intensidad peligrosa. Hay un destello de pura travesura y desafío en su mirada, esa clase de silencio cómplice que me hace pensar que, de verdad, va a soltarlo todo.

Va a decirle a mi padre lo que pasó anoche.

La tensión, los susurros y el peligro de estar a punto de cruzar una línea que no deberíamos.

Abro ligeramente los labios, conteniendo la respiración, dividida entre el pánico de que se entere y el extraño deseo de ver qué cara pondría.

Kaelen abre la boca, ladeando la cabeza con una sonrisa lenta y calculada.

—Bueno, señor... —empieza a decir con una pausa perfectamente medida, analizándome de una forma que casi me hace flaquear las piernas—. Lo que pasa es que Sienna y yo...

—¡Pancakes! —lo interrumpo de un grito ahogado, lanzándome hacia la isla con una rapidez desesperada, sintiendo las mejillas arder a niveles nucleares—. ¡Le pedí pancakes! ¡Con muchísima miel de maple y tocino crujiente por los dos lados! ¡Eso fue! ¿verdad, señor Hayes?

Apenas puedo respirar, la sonrisa que me devuelve es tan falsa como cínica, disfrutando cada maldito segundo de mi desesperación.

—Exacto —me sigue la corriente con pasmosa tranquilidad, volviendo a girar sobre la sartén el pancake con un movimiento impecable—. Miel de maple, tocino crujiente y una montaña de carbohidratos para compensar mi derrota.

Richard suelta una pequeña risotada, dando un sorbo a su café negro antes de mirarnos alternadamente.

—Bueno, si se trata de comida, me parece un castigo bastante piadoso. Aunque no sé por qué te pones tan nerviosa, Sienna; parecía que te ibas a hiperventilar de solo recordarlo.

—¡Para nada! —me apresuro a responder, enderezando la espalda y acomodando una mecha imaginaria de mi coleta—. Es que... me dio un antojo repentino, es todo.

Me deslizo hacia uno de los taburetes de la isla, asegurándome de quedar lo suficientemente lejos de su presencia. Él sirve un plato rebosante de pancakes y lo coloca justo frente a mí junto al croissant, deslizándolo con lentitud por la superficie de mármol. Al soltar la vajilla, sus dedos rosan deliberadamente los míos por una fracción de segundo. Un chispazo me recorre el brazo entero.

—Aquí tienes, señorita —murmura en un tono bajo, lo suficientemente suave para que solo yo capte la socarronería en su voz a la vez que mi padre se distrae revisando unas notificaciones en su teléfono—. Calientes, tal como los pediste. Y ten cuidado al comerlos, no te vayas a resbalar de la silla.

Le clavo la mirada con la intención de perforarle un ojo, pero él solo me regala una guiñada imperceptible antes de servirse una taza de café y apoyarse contra la encimera justo enfrente de mí, disfrutando de mi evidente estado de alerta.




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