Si, señor Hayes

#14 | BUENOS DÍAS

Sienna

El sol de la mañana se filtra a través de las cortinas de lino de la habitación, pero el verdadero calor ya me recorre por dentro. Me despierto sobresaltada por la vibración insistente del teléfono sobre la mesita de noche. Al deslizar la pantalla, me encuentro con una avalancha de audios y mensajes de texto de Chloe que parecen explotar en mayúsculas:

«¡DESPIERTA, MUJER! ¿Qué sucedió con ese papacito? Cuenta TODO ya mismo o voy a tener que tomar un vuelo a Francia hoy mismo».

Sonrío de inmediato, con una mezcla de triunfo y adrenalina recorriéndome las venas. Le respondo con un audio rápido, contándole cada detalle de cómo Kaelen perdió la compostura en la terraza y me besó antes de que mi padre interrumpiera. Al segundo, entra otro mensaje suyo:

«Por cierto... hablando del pasado, ¿supiste algo de Zac? Me escribió preguntando por ti, dice que aún te ronda la cabeza».

Pongo los ojos en blanco mientras tecleo de vuelta con fastidio: «Zac es historia pasada. Ni me importa ni tengo tiempo para pensar en exnovios cuando tengo a un magnate de cuarenta y dos años a punto de perder la cabeza por mí. Déjalo en visto».

Echo el teléfono a un lado y me estiro con pereza. Decido levantarme para ducharme, pero al girar la manija del baño de la habitación, me doy cuenta de que la ducha está completamente seca, no le doy mayor importancia. Como aún es temprano y la casa está en total silencio ya que seguramente los demás siguen durmiendo, decido bajar al baño de la planta baja, ubicado cerca de la entrada principal.

Me tomo todo el tiempo del mundo bajo el agua tibia, lavando los restos de la noche anterior. Al salir, me envuelvo únicamente en una toalla blanca y mullida que apenas me cubre lo justo, dejando el cabello húmedo cayendo en ondas sobre mis hombros.

Como no hay un alma en toda la planta baja, camino con total confianza, disfrutando del frescor de la mañana. Justo cuando paso frente al amplio recibidor, la puerta principal se abre con un chasquido metálico.

Me detengo en seco.

Es Kaelen, quien acaba de llegar de correr o hacer ejercicio matutino; lleva la camisa gris completamente empapada de sudor, pegada a su torso musculoso, y el cabello oscuro revuelto por el viento. Al verme de pie en medio del pasillo, sus ojos azules se oscurecen de inmediato, clavándose en mí con una intensidad abrasadora que me paraliza el pulso.

Viendo la oportunidad perfecta para jugar mis cartas y restregarle en la cara el efecto que le provoco, decido aprovechar el momento. Ladeo la cabeza con lentitud, arqueo una ceja con una sonrisa felina y libero una pierna de la cobertura de la toalla en una pose deliberadamente sexy, apoyando la espalda contra la pared de mármol con total descaro.

—Buenos días, señor Hayes —susurro con voz pausada, saboreando el impacto de mi provocación—. Veo que el ejercicio matutino lo tiene un poco sudoroso... ¿necesita que lo auxilie?

Él abre ligeramente los labios, conteniendo la respiración, da un paso al frente con una fijeza depredadora, a punto de caer en la trampa.

Justo en ese milisegundo, la voz de mi padre truena alegremente desde el umbral de la puerta, detrás del pelinegro:

—¡Te dije que el sendero de la costa por la mañana era la mejor opción, Kaelen! Santo cielo, ¡pero qué milagro verte tan temprano, hija! —exclama Richard, irrumpiendo en el vestíbulo junto a Victoria, quien entra cargando unas bolsas de croissants frescos.

El pánico me atraviesa como un rayo. Del susto, intento cambiar de postura de golpe para correr hacia las escaleras, mis todavía húmedos pies descalzos resbalan patéticamente sobre la encerada y lujosa superficie del suelo de mármol. Mis brazos agitan el aire en un molino desesperado, con un giro desastroso que echa por tierra toda mi dignidad, termino cayendo de espaldas contra el suelo con un golpe seco que resuena en toda la mansión.

—¡Ay! —grito ahogadamente, quedando tendida boca arriba contra las baldosas, con la toalla medio descolocada y viendo estrellitas.

Un silencio absoluto se instala en el recibidor durante dos segundos. Entonces, escucho la voz de Kaelen arriba de mí, intentando disimular una risa temblorosa mientras se acerca con pasos rápidos y una media sonrisa socarrona en los labios:

—Vaya, Sienna... parece que el suelo de la entrada también exigía tus respetos. ¿Te ayudo a levantarte o prefieres seguir practicando tus clavados en seco? —pregunta, extendiéndome una mano firme, intentando contener las carcajadas frente a mi padre.

—Déjala, Kaelen, con esa mano tan dura solo vas a terminar de fracturarla —interviene Victoria rápidamente, dando un paso al frente y dejando las bolsas sobre la mesa del recibidor.

La mujer de cabellera color miel se agacha a mi lado con elegancia natural y una mueca de genuina preocupación. Me sostiene con firmeza por el codo y la espalda, ayudándome a incorporarme con cuidado, sujetando bien la toalla contra mi pecho.

—¿Estás bien, tesoro? Menudo golpe te has dado —indaga, revisando mis tobillos con mirada analítica.

—¿Te duele algo? ¿Te golpeaste la cabeza? —se preocupa mi padre, acercándose a toda prisa.

El señor Hayes retrocede un paso, no se molesta en disimular la chispa de diversión diabólica que brilla en sus cuencas. Mantiene los brazos cruzados sobre el pecho mojado de sudor, observando la escena desde arriba como si fuera el espectáculo más entretenido de su semana.




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