Si, señor Hayes

#4 | CURIOSIDAD

Sienna

El silencio que deja la partida de mi padre se vuelve denso, cargado de una tensión tan palpable que sofoca el suave murmullo de la brisa marina. La luz de las velas parpadea sobre la estructura de teca, dibujando sombras sinuosas sobre el rostro esculpido de Kaelen.

Él no dice nada durante varios segundos; se limita a dar un trago pausado a su vino, observándome por encima del borde del cristal con una intensidad magnética que amenaza con desarmarme.

Me niego rotundamente a bajar la mirada. Llevo la copa a mis labios y tomo un sorbo lento, dejando que el sabor amaderado y seco del tinto repose en mi lengua.

—Tu padre confía demasiado en ti —rompe el silencio con esa voz grave, áspera y pausada que parece retumbar directo en mi pecho—. O tal vez simplemente no se da cuenta de lo mucho que te gusta caminar por el borde del precipicio.

—Mi padre sabe perfectamente que sé cuidarme sola —respondo, apoyando la barbilla sobre la palma de mi mano mientras lo examino sin pudor—. Él no me ve como una amenaza. Usted, en cambio, parece extrañamente a la defensiva desde que pisé esta casa.

Suelta una risa baja, luego se inclina hacia adelante, apoyando ambos antebrazos sobre la mesa. La distancia entre nosotros se reduce peligrosamente; puedo percibir el aroma penetrante de su colonia, una mezcla embriagadora de madera de cedro, cuero y sal marina que me nubla el juicio por un instante.

—No confundas la cautela con la amenaza, Sienna —murmura, fijando sus ojos en los míos con una fijeza depredadora—. A diferencia de tu padre, yo no tengo paciencia para los caprichos de una niña que juega a ser provocadora solo para medir su alcance. Si vas a desafiarme, asegúrate de poder sostener las consecuencias cuando decida responder.

Un calor repentino me recorre el cuello, bajando en un latido acelerado hasta el estómago. La manera en que pronuncia mi nombre, con un matiz de advertencia tan íntimo, hace que el pulso se me desboque. Sin embargo, mantengo la barbilla en alto, regalándole una sonrisa calculada y serena.

—Entonces responda, señor Hayes. Deje de hablar de consecuencias y muéstreme de qué tiene miedo.

Por una fracción de segundo, su máscara de control absoluto se quiebra. Su mirada desciende involuntariamente hacia mis labios antes de volver a clavarse en mis ojos bicolor. Su mandíbula se tensa con tanta fuerza que diviso la pequeña grieta en su compostura, ese instante letal en el que la razón lucha contra algo mucho más primitivo.

Lentamente, deja su copa sobre la mesa. El choque del cristal contra la madera resuena como una sentencia en la quietud. Se pone de pie con una elegancia felina y rodea la mesa con pasos firmes. Mi corazón martillea contra mis costillas, pero no me muevo ni un solo milímetro.

Se detiene justo al lado de mi silla. Su presencia me envuelve por completo, altísimo, imponiendo una sombra cálida sobre mí. Siento el calor de su cuerpo a escasos centímetros de mi espalda descubierta, la piel de gallina me traiciona de inmediato.

—Mañana salimos a las ocho en punto al yate —me informa, inclinándose sutilmente hasta que su aliento cálido roza la curva sensible de mi oreja—. Si no estás lista a tiempo, el barco se va sin ti. Aquí no hay tratos especiales.

Siento el roce microscópico de la tela de su camisa contra mi hombro desnudo cuando se endereza. Mi respiración se vuelve irregular, sin embargo, me obligo a girar el rostro hacia él, quedando a tan solo unos escasos centímetros de su rostro.

—No necesitaré tratos especiales —agrego, sosteniéndole la mirada con desafío descarado—. Asegúrese usted de estar listo para lo que voy a exigir.

Sin añadir una sola palabra, da media vuelta y camina hacia el interior de la villa, dejándome sola con el latido desbocado de mi corazón y el rugido incesante del mar.

Espero a que el sonido de sus pasos se desvanezca por completo en el interior de la casa antes de soltar el aire que ni siquiera sé que estoy reteniendo. La piel aún me hormiguea por la cercanía de su cuerpo y el eco de su advertencia resonando en mi mente. Sin embargo, la curiosidad puede más que la prudencia. Con la excusa de buscar el tocador, cruzo el umbral de cristal y me adentro en la imponente sala principal de la villa.

El interior sigue la misma línea sofisticada y fría que el exterior: minimalista, con maderas oscuras, detalles en piedra y grandes ventanales que dejan ver el mar. Las luces cenitales proyectan un brillo tenue sobre las paredes. Recorro cada rincón de inmediato, buscando instintivamente algún rastro de su vida personal, alguna pista silenciosa que responda a la pregunta que me quema por dentro: ¿hay una esposa esperándolo en las sombras de esta casa?

Me acerco con sigilo a una amplia repisa de caoba donde descansan varios marcos de fotos. Contengo la respiración y los examino uno por uno con atención quirúrgica.

Para mi sorpresa, no hay ni rastro de alianzas, ni de una presencia femenina. En uno de los retratos principales aparece él en solitario, años atrás, con la misma mirada impenetrable. A su lado, en una fotografía enmarcada en cuero, posa junto a su mascota: un imponente pitbull de pecho ancho, complexión musculosa y una expresión tan dominante como la de su dueño, que parece desafiar a cualquiera que se atreva a mirar la imagen. En otra fotografía más sobria, aparecen sus padres, de quienes indudablemente ha heredado esa elegancia distante y la línea de la mandíbula esculpida.




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