Sienna
Su voz ruge grave, firme y cargada de una posesividad velada que hace que Mateo dé un paso atrás por puro instinto. Kaelen se coloca justo a mi lado, tan cerca que su hombro casi roza el mío. Viste una camisa de lino entreabierta en el pecho y porta una expresión implacable que no deja margen para discusiones.
Mateo frunce el ceño, mirando alternadamente la diferencia de edad y la tensión palpable entre nosotros.
—Tranquilo viejo, estábamos hablando... —comienza a decir Mateo, intentando recuperar algo de orgullo juvenil, pero la mirada con la que el ojiazul lo atraviesa, congelándolo a mitad de frase. Es una advertencia silenciosa, la de un depredador que no tolera intrusos en su territorio.
El chico traga saliva, echa un vistazo entre los dos y termina dando media vuelta con una excusa torpe.
Me quedo allí, saboreando el cóctel, la escena con una mezcla de diversión y descaro. Me giro despacio, elevando la barbilla para encontrarme cara a cara con esos ojos oscuros que ahora mismo echan chispas.
—Qué modales tan salvajes, señor Hayes —digo con un hilo de voz deliberadamente burlón, dejando que el alcohol me dé el valor para estirar la cuerda un poquito más—. ¿Acaso te molestó ver que alguien más apreciara el paisaje?
Él no sonríe. Da un paso al frente, reduciendo la distancia hasta que el calor de su cuerpo atraviesa la tela ligera de mi vestido. Su rostro baja hasta quedar a milímetros de mi oído, su aliento cálido, mezclado con el aroma del mar y el ron, me quema la piel.
—No me molesta el paisaje —su voz es un ronroneo áspero, un secreto susurrado solo para mí que me hace erizar hasta el último cabello de la nuca—. Simplemente vine a avisarte que ya es hora de irnos, además, estás borracha.
Un cosquilleo eléctrico me recorre entera, avivado por la mezcla de ron, mar y la humillante costumbre de Kaelen de tratarme como si tuviera doce años. Mi orgullo da un brinco impulsivo, devorando cualquier rastro de sensatez.
—¿Borracha yo? —suelto con una risita desafiante, dando un paso al frente hasta que mi pecho roza la tela fina de su camisa—. Por favor, lo que pasa es que no soportas que un chico de mi edad consiga sacarte de tus casillas con solo mirarme.
En un arrebato de imprudencia, alimentado por el alcohol y las ganas desmedidas de ver romper ese control que tanto presume, llevo mi mano libre hasta la solapa de su camisa de lino. Tiro de él hacia abajo con fuerza, obligándolo a inclinarse un milímetro más. La audacia me quema en las venas, pero no retrocedo.
—Y no me des órdenes como si fuera tu hija —susurro muy cerca de sus labios, tan cerca que rozan con cada palabra, sintiendo cómo su respiración se frena de golpe—. Porque los dos sabemos perfectamente que no es precisamente un trato paterno lo que quieres darme.
Su mandíbula se tensa tanto que parece de piedra. Durante un segundo eterno, el aire entre los dos se vuelve sofocante, cargado de una atracción oscura y desmedida que amenaza con salirse de control justo en medio de la orilla.
Su mano se mueve antes de que yo pueda reaccionar, atrapando mi muñeca con un agarre firme que no me duele, aunque deja muy claro quién tiene el mando. Su mirada baja a mis labios y vuelve a subir a mis ojos con una intensidad que me corta la respiración.
—Te estás equivocando, Sienna —susurra pausadamente, no me suelta la muñeca, el agarre se vuelve más una advertencia que una contención—. Estás sacando todo esto de contexto y dejando que el alcohol piense por ti.
Da un paso casi imperceptible hacia atrás, lo suficiente para poner una distancia tortuosa entre nuestros cuerpos, aunque sus ojos azules siguen fijos en los míos, oscuros y densos como el mar antes de una tormenta.
—No soy uno de los niñatos de tu universidad a los que puedes manipular con una sonrisa coqueta o un berrinche impulsivo para ver cómo pierden la cabeza —continúa, inclinando levemente la cabeza, manteniendo ese aplomo irritante que me vuelve loca—. A diferencia de esos chicos, yo sí sé exactamente lo que pasa cuando se cruza una línea... y no soy alguien a quien quieras poner a prueba solo por capricho.
El contraste entre su autocontrol implacable y el tono siniestramente grave de sus palabras me provoca un escalofrío que no puedo disimular. La firmeza con la que habla no disminuye la tensión entre los dos; al contrario, la vuelve peligrosa, real, tangible.
—Así que vas a soltar mi camisa, te vas a arreglar el vestido y vas a caminar hacia el yate —concluye, soltando mi muñeca despacio—. Antes de que se me olvide quién es tu padre y te enseñe la diferencia entre un juego de niños y la realidad.
Me quedo inmóvil, sintiendo cómo el pulso me retumba con fuerza en la garganta. Su roce al soltarme deja una estela de fuego que contrasta de forma brutal con la brisa helada del atardecer.
Odio que tenga razón.
Odio aún más esa frialdad quirúrgica con la que pretende devolverme a mi lugar, recordándome quién es él y quién soy yo ante el mundo. No obstante, el alcohol y la terquedad siguen corriendo por mis venas, negándose rotundamente a dejarle la última palabra.
Suelto la tela de su camisa despacio, dejando que mis dedos rocen su pecho un segundo más de lo necesario, y me doy el lujo de sostenerle la mirada con una sonrisa lenta, pequeña, casi venenosa.