Sienna
Cuando finalmente nos separamos buscando oxígeno desesperadamente, me quedo sin aire de otra manera al mirarlo fijamente, sin apartar la mirada ni un segundo.
—Supongo que ahora vas a fingir que esto no pasó cuando amanezca —mi voz vibra con un desafío peligroso, apenas un susurro contra sus labios.
Veo cómo retrocede medio paso, intentando anclar las palmas contra la barra, huyendo del calor de mi cuerpo.
—Esto no debió pasar —suelta, con una tensión en la mandíbula que me hace hervir la sangre.
Suelto una carcajada seca y afilada, avanzando de inmediato para invadir su espacio otra vez.
—¿Que no debió pasar? —ladeo la cabeza, rozando su hombro—. ¿Decir que no debió pasar va a borrar la forma en que me besaste? No mientas, Kaelen. Tienes los nudillos blancos porque sabías que, si no lo hacías, ibas a terminar arrastrándome a tu habitación.
El estómago se le encoge, lo sé porque lo veo tragar en seco. Sabe que tengo la razón.
—Tu padre confía en mí —dice él, con la voz quebrada por la culpa—. Y tú estás a punto de quemarte, Sienna. No tienes idea de lo que significa meterte en este terreno. Yo no sé jugar a medias. Si cruzo esta línea de verdad, no voy a saber detenerme.
—¿Y quién te está pidiendo que te detengas? —le replico, perdiendo el rastro de la burla para volvemos un peligro palpable. Deslizo las yemas de mis dedos por el dorso de su mano aferrada a la madera—. No soy una niña jugando a las escondidas, Kaelen. Sé perfectamente quién eres, sé lo que opinas de mí y sé lo que sientes cada vez que me miras cuando crees que nadie presta atención. Desde que te vi supe que te morías por besarme contra la pared. Elegiste lo segundo. Ahora hazte cargo.
Antes de que pueda articular una sola palabra en respuesta, un sonido seco rompe el silencio nocturno al otro lado del ventanal oscuro. El crujido inconfundible de las tablas de madera del pasillo interior.
El corazón me da un vuelco tan violento que siento el golpe en la garganta. Por primera vez en toda la noche, el pánico me atraviesa de verdad, helándome la sangre.
—Kaelen... —la voz de mi padre resuena ronca por el sueño, flotando desde la penumbra—, ¿estás por ahí? Me pareció escuchar ruido.
El tiempo se congela por un segundo absoluto. Mis manos, que un instante antes rozaban su piel, se apartan de golpe mientras la adrenalina pura me inyecta velocidad en las venas.
El ojiazul reacciona antes de que yo siquiera pueda parpadear. Da un paso rápido hacia el frente, bloqueando por completo la vista hacia mí con su cuerpo, haciéndome una seña para que me esconda detrás de la barra coctelera de madera. Su respiración todavía está agitada, pero cuando alza la voz para responderle a mi padre, sale firme, perfectamente controlada.
—¡Aquí estoy, Richard! —su voz cruza la terraza con naturalidad, aunque sus nudillos siguen delatando la tensión oculta tras la barra—. Se cayó uno de los vasos de cristal contra el suelo hace un segundo. Todo bajo control, no te preocupes.
Del otro lado del ventanal, la silueta de mi padre se detiene en la penumbra del pasillo. Se oye un suspiro pesado, el eco de alguien que apenas está arrancando el sueño de los ojos.
—Ten más cuidado a estas horas, hombre —mi progenitor arrastra las palabras con la pesadez del sueño—. Por cierto... ¿viste a Sienna?
El corazón me golpea las costillas con la fuerza de un martillo mientras sigo agachada detrás de la barra, con la espalda pegada al frío gabinete de madera. Contengo la respiración por completo, clavando las pupilas en las botas de Kaelen a pocos centímetros de mí.
Él no duda ni un segundo. Su respuesta cae con una frialdad ensayada que me quema por dentro y por fuera a la vez.
—Se fue hace rato, seguramente debe estar en su habitación —miente con una soltura aterradora, sin que la voz le tiemble ni un ápice—. Vuelve a la cama, yo recojo esto y termino de asegurar la terraza.
Un silencio breve se extiende en la casa. Solo se escucha el zumbido lejano del refrigerador y el pulso acelerado de mi propia sangre en los oídos. Escucho un murmullo aletargado, un suspiro de comprensión por parte de mi padre y, finalmente, el sonido de sus pasos dando media vuelta por el pasillo, regresando lentamente.
El silencio vuelve a caer, aunque ya no es el mismo de antes. Es un silencio denso, cargado de electricidad y del peligro latente de haber rozado el desastre por apenas unos milímetros.
El pelinegro exhala un aire contenido que parece sacarle diez años de encima, y lentamente gira el rostro para mirarme. Sus pozos azules están fijos en los míos, brillando con una mezcla de advertencia y de un deseo reprimido que se niega a apagarse.
—Eso estuvo demasiado cerca, Sienna.
Me cruzo de brazos, apoyando la espalda contra la barandilla de la terraza, le devuelvo la sonrisa con una mezcla de triunfo y desafío que lo descoloca por completo.
—Demasiado cerca para tu gusto, querrás decir —le riño en un susurro, inclinándome un poco hacia él—. Pero admítelo, valió cada maldito segundo de riesgo.