Si, señor Hayes

#12 | FUEGO INTENSO

Kaelen

Mi voz suena ronca, áspera, como si raspara contra las paredes de mi propia garganta. Intento que suene como una orden, como el muro infranqueable que se supone debo ser frente a la hija de mi mejor amigo, pero la verdad es que es un patético grito de auxilio.

Mis propias palabras se desvanecen en la brisa tibia, ahogadas por el sonido rítmico de las olas rompiendo contra el acantilado y por el golpeteo frenético de mi pulso en las sienes.

Ella no se mueve. Se queda ahí, plantada a escasos centímetros de mí, con esa sonrisa felina y los ojos brillando bajo la luz tenue de las antorchas.

Sabe que me tiene atrapado. Sabe perfectamente que cada una de mis defensas se ha desmoronado en el momento exacto en que pronunció el desafío.

El pánico no es por Richard precisamente. Él está durmiendo plácidamente en su habitación a pocos metros de aquí, confiando en mí, creyendo que soy el hombre sensato de siempre. El verdadero pánico, el que me quema por dentro desde hace horas, es la certeza absoluta de que llevo todo el maldito día librando una guerra perdida contra mí mismo.

Mi mente viaja de golpe al primer momento en que la vi, llevaba unas gafas de sol oscuras que ocultaban la mitad de su rostro y el cabello castaño suelto, cayendo en ondas desordenadas sobre sus hombros. Me acuerdo de haberme quedado inmóvil junto a la piscina, sintiendo cómo un pinchazo seco y desconcertante se clavaba en el centro de mi pecho.

En ese preciso instante, al saludarla con una sonrisa educada, me juré a mí mismo que mantendría las distancias. Me repetí mil veces que era una cría, aunque no fuese así. Lo que había bajado de aquel auto era una mujer magnética, insolente y peligrosamente hermosa que había venido a dinamitar cada uno de mis cimientos con esos ojos bicolores tan únicos.

Y hoy, en la playa, verla saltar bajo el sol implacable, con la piel bronceada cubierta de una ligera capa de sudor, riendo con esa energía desbordante mientras me retaba con la mirada cada vez que anotaba un punto, terminó por destrozar lo poco que quedaba de mi autocontrol.

—¿Y bien, Kaelen? —su voz me arranca de mis pensamientos, devolviéndome al presente con una fuerza brutal—. ¿O vas a seguir escondiéndote detrás de la amistad con mi padre?

Mis nudillos se vuelven blancos mientras me aferro con más fuerza a la barra de teca. Siento una mezcla de rabia y un deseo que me roba el aliento. Ya no hay excusas que valgan. Las palabras de advertencia se ahogan en el fuego que me quema las entrañas.

Doy un paso al frente. Un solo paso que acorta por completo la distancia que creía segura.

La castaña parpadea, sorprendida por el cambio repentino en mi postura, en lugar de acobardarse, alza aún más la barbilla, con ese aire de victoria absoluta que me vuelve loco.

—Crees que juegas con fuego —mi tono está cargado de una tensión que ya no puedo contener—, pero no tienes ni idea de lo cerca que estás de quemarte.

—Pruébame —reta ella, exhalando el aire directamente sobre mis labios.

Ya no hay vuelta atrás. Las líneas que trazamos, las normas de la decencia, la lealtad hacia Richard y los años de diferencia... todo se desvanece, reduciéndose a cenizas en una fracción de segundo.

Extiendo la mano y le rodeo la nuca con firmeza, mis dedos hundiéndose en la suavidad de su cabello castaño, mientras con la otra mano la atrapo sin contemplaciones por la cintura, acortando la distancia. El impacto de su silueta contra mi pecho es una descarga eléctrica que me recorre de la cabeza a los pies, ella emite un suspiro ahogado que se pierde en el aire cuando, por fin, bajo la cabeza y sello la distancia que nos separaba.

La tomo de la barbilla y la beso.

No es un beso tierno, ni tentativo, ni educado. Es un beso que nace de la frustración y de la tensión que hemos estado conteniendo por tanto tiempo; ella me corresponde casi de inmediato, con una urgencia que me desarma y delata que ha estado esperando este instante tanto como yo.

El ruido del mar allá abajo se desvanece por completo, quedando solo el eco de nuestros latidos acelerados. Mis manos se quedan en su espalda, apenas sosteniéndola contra mí con una cercanía que apenas puedo procesar, mientras cada segundo se vuelve más intenso, desafiando todas las distancias y las reglas que creí que podíamos mantener.

Cuando finalmente nos separamos, necesitando oxígeno de manera desesperada, la miro a los ojos. Su respiración es tan agitada como la mía, sus labios están ligeramente hinchados y enrojecidos, en su mirada ya no hay rastro de juego: solo el reflejo de un incendio que ninguno de los dos sabe cómo apagar.

¡Hola!

¿Qué les parece lo que han leído?

¿Les gustaría un maratón de varios capítulos? Estoy pensando en hacer uno si veo muchos comentarios, recuerden que su apoyo es fundamental para el desarrollo de la historia.




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