Sienna
—Sienna, te presento a Victoria —hace una pausa para señalar a la mujer —. Acaba de llegar esta mañana. Es una vieja amiga, nos conoce muy bien a tu padre y a mí desde hace años.
—Un placer, Sienna —interviene ella con una sonrisa cálida pero analítica, recorriéndome de arriba abajo con una mirada inteligente—. Tu padre me ha hablado de ti. Es increíble lo mucho que te pareces a él en la mirada... y en esa chispa de desafío.
Trago saliva disimulando la leve punzada de desconcierto por su presencia, pero le devuelvo la sonrisa con la misma cortesía calculada antes de asentir apenas Richard aparece en el panorama para comenzar la travesía.
Kaelen enciende los motores con un rugido sordo que vibra en el fondo de mi pecho. El yate se desliza silenciosamente fuera del muelle, cortando las aguas cristalinas con una velocidad que nos aleja rápidamente de la costa. Victoria se encamina hacia la zona de descanso en la popa junto a mi padre y al perro, que se tumba obediente a sus pies, dejándonos al ojiazul y a mí cerca del área de mando. El viento marino me azota el cabello contra el rostro, cierro los ojos un instante para disfrutar de la libertad pura que se respira mar adentro.
Sin previo aviso, noto su presencia detrás de mí. El pelinegro se ha colocado al timón, su atención parece dividirse peligrosamente entre los instrumentos de navegación y mi perfil.
—¿Disfrutando del paisaje? —indaga por encima del murmullo del motor y el oleaje.
Giro la cabeza para mirarlo, quedando a escasos centímetros de su hombro. El aire huele a sal, a su colonia inconfundible y a un peligro inminente que me hace sonreír por dentro.
—El paisaje es interesante —admito, sosteniéndole la mirada con una audacia renovada—. Aunque tengo la sensación de que lo mejor está por venir.
Apaga parcialmente el piloto automático, bloqueando el timón con un movimiento experto, y da un paso hacia mí, arrinconándome contra la barandilla de acero inoxidable mientras el vasto océano se extiende infinitamente a nuestras espaldas.
El acero de la barandilla se clava ligeramente en mi espalda, pero mantengo la compostura, al menos en teoría. Esta es la escena perfecta: el viento alborotando mi cabello, el océano infinito de fondo, él a un suspiro de distancia con esa mirada que promete problemas, y yo, dispuesta a demostrarle que no soy ninguna principiante asustada.
Inspiro hondo, entornando los ojos con lo que imagino que es una mezcla letal entre Lauren Bacall y una villana de cine negro. Inclino ligeramente la barbilla, permitiendo que un mechón de cabello caiga con gracia sobre mi mejilla, y deslizo las manos por su pecho, apoyándolas con parsimonia sobre la impecable tela de su camisa negra. Noto cómo sus músculos se tensan bajo mis dedos, respondiendo al estímulo de inmediato.
Perfecto. El plan va sobre ruedas.
—¿Y qué clase de espectáculo tenía en mente, señor Hayes? —murmuro con voz baja, arrastrando las palabras con una lentitud estudiada, buscando sonar cien por ciento peligrosa y magnética—. Porque si se trata de navegar en círculos, creo que me aburriré muy rápido.
Kaelen esboza una sonrisa torcida, de esas que consiguen alterarme el pulso a niveles poco saludables. Sus pupilas recorren mis labios con una avidez que me hace dudar por una décima de segundo si la que está jugando con fuego no soy yo.
—Te aseguro, que lo último que vas a hacer hoy es aburrirte —su aliento roza mi piel, cálido y cargado de esa arrogancia natural que me dan ganas de morderle—. Pero si quieres acción de verdad, vas a tener que esforzarte un poco más que poner cara de gatita fatal.
Se me cae el alma a los pies por dentro, aunque por fuera mantengo la máscara de hielo.
¿Gatita fatal? ¡Estaba dando el todo por el todo!
Antes de que pueda replicarle una genialidad digna de guion de Hollywood, un sonido estrepitoso y una fuerza descomunal arruinan el momento.
No hay advertencia. Siento un impacto brutal en la parte trasera de las rodillas y en la cadera. El pitbull, que aparentemente decidió que mi pose de femme fatale era un insulto al buen gusto canino, se ha lanzado contra mí a toda velocidad con la sutileza de un rinoceronte con esteroides.
—¡Ay! —grito, perdiendo el equilibrio por completo.
Mis brazos agitan el aire en un molino patético mientras mis zapatos de lino se despiden de este mundo. No hay dignidad que valga: mis piernas se elevan por encima de mi cabeza, con un giro acrobático completamente involuntario, salgo despedida por encima de la barandilla de acero como si me hubieran lanzado desde un cañón de circo.
El agua fría del mar me golpea la cara con la violencia de una bofetada, tragándome entera en un segundo.
Salgo a la superficie tosiendo, escupiendo agua salada y con el pelo pegado a la cara como si fuera un monstruo del pantano. El yate sigue avanzando un poco, y cuando me limpio los ojos con rabia, lo primero que veo es a Kaelen asomado por la borda. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho, los hombros sacudidos por una risa contenida que apenas puede disimular, y una sonrisa de oreja a oreja que me dan unas ganas locas de ahogarlo con mis propias manos.
—Vaya, Sienna —vocifera por encima del motor, con la voz temblorosa de pura diversión—. Tenías razón con lo de que el paisaje era interesante, pero admito que el clavado libre no lo vi venir en el itinerario. ¿Quieres que regresemos por tus zapatos o prefieres seguir nadando con los peces?