Tarde de Octubre

C3: Lo que el espacio entre las dos significaba

Diciembre llegó con menos lluvia y más luz fría. Elena y Fernanda ya no fingían que sus encuentros eran casuales ni ocasionales; se veían tres, a veces cuatro veces por semana, y los mensajes entre visita y visita se habían vuelto constantes, largos, llenos de fotografías de libros encontrados y fragmentos de canciones.
Un sábado, sentadas en la misma banca donde parecía suceder todo lo importante entre ellas, Fernanda tomó la mano de Elena por primera vez. Fue un gesto simple, casi torpe, como si hubiera estado ensayándolo durante días sin animarse.
—Elena —dijo, y su voz sonó distinta, más seria de lo habitual—. Creo que te quiero. Y no digo esto a la ligera, porque hace mucho tiempo que no me permito sentir esto por nadie.
Elena sintió que el corazón se le aceleraba, no de miedo exactamente, sino de esa expectación incómoda que precede a las conversaciones importantes.
—Pero necesito decirte algo —continuó Fernanda, apretando un poco más su mano—, y espero de verdad que no cambie nada entre nosotras, porque sería sincera contigo desde el principio o no sería sincera en absoluto. No busco una relación con sexo. Nunca lo he necesitado para sentirme cerca de alguien, ni para saber que amo a alguien de verdad. Durante años pensé que tenía un problema, que algo en mí no funcionaba como debía funcionar. Fui a terapia, leí libros, incluso lo intenté con Marcos más de una vez pensando que quizás con la persona correcta sería distinto. Nunca lo fue. Y ya no pienso que eso signifique que algo esté mal en mí.
Hizo una pausa, buscando las palabras siguientes con el mismo cuidado con que elegía los poemas para leer en voz alta.
—Lo que yo quiero, Elena, es esto —dijo, señalando el espacio entre las dos, el aire quieto que las separaba y al mismo tiempo las unía—. Las manos. Las palabras. Los silencios que no dan miedo. Quiero construir algo contigo, pero solo si eso te alcanza. Si no te alcanza, prefiero saberlo ahora, aunque me duela, a que después de un tiempo sientas que te falta algo y yo tenga que verte irte.
Elena la miró largamente. No estaba sorprendida por la confesión en sí misma —de alguna manera, llevaba semanas sospechando algo así—, sino por lo mucho que se parecía a algo que ella misma llevaba años sin saber nombrar del todo, ni siquiera para sí misma.
—Fernanda —dijo, y tuvo que aclararse la garganta antes de continuar, porque la voz le salió más temblorosa de lo que hubiera querido—. Yo tampoco lo necesito. Nunca lo he necesitado. Siempre creí que algo fallaba en mí, exactamente como tú. Que el amor "de verdad" tenía que incluir eso, que si no lo sentía era porque no había encontrado a la persona correcta, o porque estaba rota de alguna manera que nadie más entendía. Pasé años sintiéndome fuera de lugar, incluso en las relaciones donde sí lo intenté, donde fingí sentir algo que no sentía porque tenía miedo de estar sola para siempre, o de que nadie más me quisiera si decía la verdad.
—¿Y ahora? —preguntó Fernanda, con los ojos brillantes.
—Ahora creo que no estaba rota. Solo estaba esperando que alguien no me pidiera fingir. —Elena apretó la mano de Fernanda entre las suyas—. Contigo ya se siente completo. No me falta nada, Fernanda. Nada en absoluto.
Se quedaron en silencio un momento largo, con las manos entrelazadas, mientras el sol pálido de diciembre se filtraba entre las ramas ya casi sin hojas y algunos pájaros discutían en algún lugar cercano por las últimas migajas de pan que alguien había dejado.
—Entonces empecemos esto como se supone que debe empezar algo verdadero —dijo Fernanda finalmente, con una sonrisa que ya no tenía nada de torcida, sino que era completa, abierta, sin reservas—. Sin promesas prestadas de otras historias que no son la nuestra.
—¿Puedo besarte? —preguntó Elena, de pronto insegura de si eso también entraba dentro de lo que Fernanda quería.
—Por favor —respondió Fernanda, riendo, aliviando la tensión de la pregunta—. Los besos sí entran en el trato. Solo para que quede claro desde el principio.
Se besaron ahí mismo, en la banca, con el frío de diciembre mordiéndoles las mejillas y ninguna de las dos con ninguna prisa por que ese momento terminara.




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