Fue un martes cualquiera, casi irónicamente el mismo día de la semana en que todo entre ellas había comenzado años atrás, cuando Elena sintió un dolor extraño y opresivo en el pecho mientras trabajaba en el taller, ajustando el mecanismo de un cajón antiguo. El dolor no cedía, se extendía hacia el brazo izquierdo, y Ramiro, alarmado por la palidez repentina de Elena, la llevó de urgencia al hospital sin esperar a que ella terminara de insistir en que "seguramente no era nada".
Fernanda recibió la llamada en medio de una clase, salió del aula sin dar explicaciones completas a sus estudiantes, y condujo hasta el hospital con las manos temblando sobre el volante, repitiéndose que todo iba a estar bien sin creérselo del todo.
Los exámenes tardaron horas eternas, horas en las que Fernanda no se movió de la sala de espera, sosteniendo el teléfono con una mano por si llegaba alguna noticia y una taza de café que se enfrió sin que la tocara en la otra. Llamó a Marisol, quien llegó al hospital cuarenta minutos después, más pálida todavía que la propia Fernanda.
El diagnóstico final, cuando finalmente llegó, fue menos grave de lo que ambas habían temido durante esas horas interminables: una arritmia cardíaca tratable, probablemente agravada por el estrés acumulado de los últimos años y por hábitos de sueño irregulares, que requeriría medicación diaria y algunos ajustes concretos en el estilo de vida, pero sin mayores riesgos a largo plazo si se manejaba correctamente. Aun así, el susto dejó una marca profunda en ambas.
—Pensé que te perdía —le dijo Fernanda esa noche, ya en la habitación del hospital donde Elena quedaría en observación una noche más por precaución, acostada junto a ella en la cama estrecha con la cabeza apoyada en su hombro con extremo cuidado, casi con miedo de hacer algún movimiento brusco—. Y lo único que pensaba, sentada ahí afuera durante todas esas horas, era en todo lo que todavía quiero hacer contigo. Toronto, envejecer juntas, todas las cosas pequeñas y grandes que todavía no hemos hecho.
—Estoy aquí —respondió Elena, acariciándole el cabello despacio con la mano que no tenía conectada al monitor—. Sigo aquí, Fernanda. No me voy a ninguna parte.
—Prométeme que vas a cuidarte más. Que vas a dormir mejor, a bajar el ritmo en el taller cuando lo necesites, a decirme cuando algo te duela en vez de guardártelo hasta que sea una emergencia.
—Te lo prometo. —Elena hizo una pausa, buscando aligerar el momento con algo de humor, como solía hacer cuando la situación se volvía demasiado pesada—. Aunque tengo que admitir que funcionó bastante bien para conseguir que durmieras finalmente una noche entera abrazada a mí sin que ninguna de las dos tuviera que trabajar mañana temprano.
Fernanda soltó una risa entre lágrimas, la primera risa genuina en varias horas tensas.
—No vuelvas a asustarme así nunca más, ni siquiera para conseguir dormir abrazadas.
—Prometido.