Tarde de Octubre

C10: Decidir juntas

Las semanas siguientes fueron de mapas extendidos sobre la mesa del comedor, de llamadas largas a oficinas de inmigración canadienses con música de espera interminable, de cálculos meticulosos sobre cuánto costaría cerrar el taller temporalmente o dejarlo a cargo de alguien de confianza.
—Podría venir contigo los dos años —dijo Elena una noche, sentada en el piso de la sala con papeles desplegados alrededor—. Ramiro podría hacerse cargo del taller como socio temporal, o hasta permanente si le va bien. Yo podría abrir algo pequeño allá, aunque sea para empezar.
—¿Estás segura de que quieres hacer eso por mí? Dejar todo lo que construiste aquí…
—No lo hago solo por ti, Fernanda. —Elena dejó los papeles a un lado y la miró directamente—. Lo hago porque quiero seguir despertando a tu lado, sin importar en qué ciudad estemos. Eso no es un sacrificio. Es simplemente lo que quiero, tanto como tú quieres ir a Toronto.
—¿Y si no funciona? ¿Si extrañas demasiado esto, el taller, tu vida aquí?
—Entonces lo hablamos, y encontramos otra solución. Pero no vamos a saberlo si no lo intentamos.
Hablaron con Ramiro, quien aceptó con entusiasmo la propuesta de manejar el taller como socio durante los dos años, con la posibilidad de hacerlo permanente si la experiencia funcionaba para ambos. Empezaron a averiguar sobre visas de acompañante, sobre el costo de vida en Toronto, sobre pequeños talleres de restauración que quizás necesitaran ayuda temporal mientras Elena se establecía.
Decidieron, finalmente, irse juntas. Faltaban seis meses para el viaje, con boletos casi comprados y una lista creciente de trámites pendientes, cuando todo lo demás, lo que ninguna de las dos había anticipado, empezó a suceder.




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