Tarde de Octubre

C6: El jardín de octubre

Se casaron tres años después de aquel primer martes en la librería, exactamente en octubre, porque a ninguna de las dos le pareció correcto celebrar su historia en otra estación que no fuera aquella en la que había comenzado todo.
La ceremonia fue en un jardín pequeño alquilado para la ocasión, con sillas blancas dispuestas en semicírculo alrededor de un arco improvisado con ramas y flores silvestres que Elena misma había ayudado a armar la noche anterior, sin dejar que nadie más tocara la estructura, porque decía que las cosas hechas con las propias manos tenían un peso distinto.
Marisol lloró durante toda la ceremonia, aunque ya no por las razones de dos años atrás. Se sentó en la primera fila, junto a la abuela Rosa de Fernanda —a quien había conocido apenas unos meses antes y con quien había desarrollado, para sorpresa de todos, una amistad genuina basada en horas de conversación sobre nietas difíciles de entender pero fáciles de amar.
Fernanda escribió sus propios votos, como no podía ser de otra manera en alguien que amaba tanto las palabras que las convertía en su profesión. Los leyó con la voz temblando apenas al principio, pero cada vez más firme a medida que avanzaba:
—Elena, prometo seguir eligiéndote todos los martes, aunque ya no necesitemos el pretexto de un libro para vernos, porque ya encontramos el pretexto más importante de todos, que es simplemente querer estar cerca. Prometo que nuestra manera de amarnos, la que construimos juntas sin manual ni ejemplo previo, nunca va a necesitar la aprobación de nadie más que de nosotras dos. Prometo trenzarte el cabello los domingos hasta que se nos acabe el pelo a las dos, y si algún día eso pasa, prometo encontrar alguna otra forma pequeña de decirte lo mismo sin palabras.
Elena, que nunca había sido buena con los discursos y que había reescrito los suyos al menos siete veces la semana anterior, tomó aire antes de empezar:
—Pasé años pensando que me faltaba algo para poder amar como se supone que hay que amar, como lo muestran las películas, como lo cuentan las canciones. Tú me enseñaste, sin proponértelo al principio, que no me faltaba nada. Que lo que yo tenía para dar ya era suficiente, ya era completo, incluso antes de conocerte, solo que nadie me lo había dicho de la manera correcta hasta que llegaste tú. Prometo seguir dándotelo, todos los días, de todas las formas pequeñas que sé: el café en la taza azul, las notas en la mesa, las manos que no sueltan las tuyas ni siquiera cuando discutimos.
Fue una boda sin grandes discursos sobre lo que "debía" ser un matrimonio, sin referencias incómodas ni miradas curiosas de más. Fue, simplemente, una fiesta genuina para celebrar que dos personas se habían encontrado por casualidad en una librería con olor a lluvia, y habían decidido, con los ojos completamente abiertos y sin ninguna ilusión prestada, construir una vida entera juntas.




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