Tarde de Octubre

C13: El duelo

Fernanda volvió a la ciudad, después del funeral y de organizar lo necesario en la casa de su abuela, distinta de como se había ido. Más callada. Con una tristeza que no se apuraba en pasar, que aparecía en momentos inesperados sin aviso previo.
Dejó de escribir durante semanas, ella que nunca pasaba más de dos o tres días sin anotar algo, aunque fuera una frase suelta en el cuaderno que llevaba siempre en el bolso. Algunas noches lloraba sin razón aparente en mitad de una cena tranquila, o se quedaba mirando fotos viejas de Rosa en su teléfono durante horas, sin decir nada, con la mirada perdida en un punto que Elena no podía alcanzar del todo.
Elena no intentó arreglarlo, no ofreció soluciones ni intentó apurar un proceso que sabía que no tenía atajos. Aprendió, en cambio, a estar presente de maneras pequeñas y constantes: dejaba té listo sin preguntar, en la taza correcta; se sentaba a su lado en silencio cuando Fernanda no tenía ganas ni fuerzas para hablar; se encargaba de todas las tareas prácticas de la casa sin que Fernanda tuviera que pedirlo ni notarlo demasiado, para que al menos ese peso no recayera sobre ella en esas semanas.
Una noche, casi un mes después del funeral, Elena encontró a Fernanda sentada en el piso de la sala, con la caja de fotos de Rosa abierta frente a ella, llorando en silencio sin hacer ningún esfuerzo por detenerse. Elena se sentó a su lado, sin decir nada al principio, y después, sin planearlo, sacó el viejo libro de Idea Vilariño de la mesa de noche y empezó a leer en voz alta, exactamente como aquella primera tarde en la librería, años atrás.
Fernanda lloró con más fuerza al escucharla, pero esta vez se acercó y apoyó la cabeza en el hombro de Elena mientras lo hacía, dejándose sostener del todo por primera vez desde la muerte de Rosa.
—Gracias por no intentar que me sienta mejor más rápido de lo que puedo —le dijo, semanas después, una noche en que finalmente logró dormir varias horas seguidas sin despertarse—. Todo el mundo parece querer que ya esté bien. Mi mamá, mis colegas del colegio. Como si hubiera un plazo razonable para esto.
—No hay una velocidad correcta para esto, Fernanda. Solo quiero estar aquí, a la que vaya. No tienes que apurarte por mí ni por nadie más.
—¿Y si esto dura mucho tiempo?
—Entonces voy a estar aquí durante mucho tiempo. No es una carga, Fer. Es simplemente lo que hago cuando amo a alguien.




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