Se mudaron juntas un año después de aquella tarde en la banca, a un departamento pequeño en un tercer piso sin ascensor, con una ventana en la cocina que daba a un patio interior lleno de macetas que no eran suyas pero que de todas formas terminaron cuidando, porque el vecino del segundo piso viajaba demasiado y las plantas, dijo alguna vez Fernanda, "no tienen la culpa de que su dueño sea un ausente crónico".
El día de la mudanza fue caótico: cajas mal etiquetadas, una escalera empinada que puso a prueba la paciencia de ambas, y una pizza fría que terminaron comiendo sentadas en el piso de la sala, todavía sin muebles, rodeadas de cajas abiertas a medias.
—Mira lo que encontré —dijo Fernanda, sosteniendo en alto un libro gastado.
Era el ejemplar de Idea Vilariño, el mismo que Fernanda le había regalado aquella primera tarde en la librería.
—Lo compraste de nuevo —dijo Elena, sorprendida—. Pensé que ya no lo tenías.
—No, este es el mismo que yo tenía. Volví a comprar otro para mí la semana después de conocerte. Pensé que si no lo hacía, iba a arrepentirme de no tener mi propia copia.
Esa noche pusieron el libro —el que Fernanda le había regalado a Elena originalmente— en la mesa de noche compartida, un lugar de honor entre las dos lámparas que todavía no tenían pantalla. Compraron una cama nueva la semana siguiente, más grande que las que habían tenido por separado, no porque la necesitaran para nada más que dormir abrazadas, sino porque ambas, sin decirlo, dormían mejor sintiendo la respiración de la otra cerca, el peso tranquilo de un brazo sobre la cintura, el calor compartido bajo las mismas mantas.
Los domingos se volvieron, casi sin planearlo, su día favorito de la semana. Fernanda le trenzaba el cabello a Elena mientras el sol entraba por la ventana de la cocina, un ritual silencioso que ninguna de las dos había planeado pero que ambas esperaban durante toda la semana laboral.
—¿Por qué te gusta tanto hacer esto? —preguntó Elena, un domingo cualquiera, sintiendo los dedos de Fernanda moverse con cuidado entre su cabello.
—Porque es un momento en que no tengo que decir nada para que sepas exactamente lo que siento. Solo mis manos, tu cabello, el silencio. Es más honesto que cualquier palabra que pudiera inventar.
Elena, torpe con las manos para casi todo excepto la madera, aprendió con paciencia a hacer el café exactamente como a Fernanda le gustaba: fuerte, sin azúcar, en la taza azul desportillada que había pertenecido a la abuela de Fernanda y que ninguna de las dos, bajo ninguna circunstancia, estaba dispuesta a tirar aunque tuviera una grieta visible en el asa.
No hacía falta más que eso para sentirse completas. Cada gesto pequeño —una mano en la espalda mientras cocinaban juntas los viernes por la noche, una nota dejada en la mesa antes de salir temprano al trabajo, un "buenas noches" susurrado en la oscuridad justo antes de dormirse, los dedos entrelazados durante una película que ninguna de las dos estaba realmente mirando— era su manera particular de decir te amo. Y nunca, ni una sola vez, en los meses que siguieron, les pareció una versión reducida del amor. Al contrario: cada una, a su manera, sentía que había encontrado finalmente la versión más honesta de lo que siempre había querido dar y recibir.