Mientras Fernanda esperaba noticias del colegio, el taller de Elena atravesaba su propia crisis, como si la vida hubiera decidido probar la resistencia de ambas al mismo tiempo. Un cliente importante, dueño de una pequeña cadena de hoteles boutique, había encargado la restauración completa del mobiliario de tres de sus propiedades, un contrato que representaba casi la mitad de los ingresos anuales del taller. Elena había comprado materiales por adelantado, contratado a un ayudante temporal, reorganizado su calendario de meses enteros alrededor de ese proyecto.
El cliente canceló todo con un correo de tres líneas, alegando "reestructuración de presupuesto interno", sin ninguna compensación por los materiales ya comprados ni el tiempo ya invertido.
—No puedo creerlo —dijo Elena, esa noche, con las cuentas del taller desplegadas sobre la mesa del comedor, los números en rojo saltando a la vista incluso desde lejos—. Compré la madera hace dos meses. Contraté a Ramiro pensando que tendría trabajo garantizado hasta julio. Ahora tengo que decirle que no hay más proyecto, y no sé cómo voy a cubrir lo que ya invertí.
—Podríamos vender el auto —propuso Fernanda, revisando los números con ella, tratando de encontrar algún ángulo que Elena no hubiera considerado en su cansancio.
—No quiero que resolvamos mis problemas vendiendo tus cosas, Fernanda.
—Son nuestras cosas, Elena. Así funciona esto. Llevamos cinco años compartiendo cuenta bancaria, ¿o se te olvidó?
—No es lo mismo.
—Sí lo es. —La voz de Fernanda subió de tono, algo inusual entre ellas—. Es exactamente lo mismo. Cuando yo estaba destrozada por lo del colegio, tú te sentaste conmigo una hora sin decir una palabra útil, solo para acompañarme. Y ahora que te toca a ti, ¿qué se supone que haga? ¿Mirarte hundirte sola porque tienes algún orgullo raro sobre no aceptar ayuda?
Fue la primera vez que discutieron con dureza real, no por desamor sino por el peso combinado de dos crisis simultáneas cayendo sobre la misma casa pequeña al mismo tiempo. Elena se levantó de la mesa, más para tener un momento de silencio que por verdadero enojo, y se quedó de pie frente a la ventana de la cocina, mirando las macetas ajenas del patio interior sin verlas realmente.
—Tengo miedo —dijo finalmente, sin darse vuelta—. Tengo miedo de que si dependo demasiado de ti, en algún momento vas a cansarte de sostenerme.
Fernanda se acercó despacio y la abrazó por detrás, apoyando la barbilla en su hombro.
—Elena, mírame. —Elena se dio vuelta, con los ojos húmedos—. Yo no me casé contigo pensando en un contrato de "solo te acompaño cuando es fácil". Me casé contigo pensando en esto exactamente: los años buenos y los años difíciles, las cuentas en rojo y las cuentas en negro, tu taller y mi colegio, tus crisis y las mías. No es caridad que yo te ayude. Es simplemente lo que hacemos.
Se fueron a dormir sin resolverlo del todo esa noche, cada una a su lado de la cama, con una distancia incómoda que ninguna de las dos estaba acostumbrada a sentir entre ellas. Pero por la mañana, cuando Elena se despertó, encontró una nota doblada sobre la almohada vacía de Fernanda, que ya se había ido temprano al colegio:
Sigo aquí. Pensemos esto juntas cuando estemos menos cansadas y menos asustadas las dos. Te amo incluso cuando discutimos, quizás más todavía, porque significa que confiamos en que la discusión no nos va a romper.
Vendieron el auto esa misma semana, sin más discusión al respecto. Elena, con el capital liberado, cubrió las deudas inmediatas del taller y, en las semanas siguientes, encontró —con ayuda de Fernanda, que se dedicó a llamar a antiguos contactos de conocidos y a compartir el trabajo de Elena en cada espacio posible— dos clientes nuevos que, entre ambos, terminaron reemplazando con creces el contrato perdido.