Tarde de Octubre

C14: Reconstruir

De a poco, en las semanas siguientes, Fernanda volvió a escribir. El primer texto que terminó después de la muerte de Rosa era un cuento corto sobre una anciana que le enseñaba a su nieta a leer el color del mar antes de una tormenta, un relato apenas disfrazado de ficción que era, en realidad, casi un homenaje directo.
Se lo leyó a Elena una noche, en voz baja, sentadas las dos en la cama con la lámpara de noche como única luz. Cuando terminó, ambas tenían los ojos húmedos, y se quedaron un momento en silencio antes de que Elena hablara.
—Es hermoso, Fernanda. De verdad. Ella estaría orgullosa.
—Creo que estoy lista para retomar lo de Toronto —dijo Fernanda unos días después, mientras cenaban—. Pero más adelante, no todavía. Necesito unos meses más aquí, cerca de mamá, cerca de todo lo que me recuerda a ella.
—No hay ningún apuro, Fer. Iremos cuando estemos listas, las dos, no cuando algún calendario diga que deberíamos estarlo.
Contactaron a la universidad de Toronto, explicando la situación con la mayor honestidad posible. El programa, con una flexibilidad que ninguna de las dos esperaba, aceptó posponer la beca un año completo, manteniendo el lugar de Fernanda reservado.
La vida, de a poco, sin prisa pero sin detenerse del todo, volvió a tener ese ritmo cotidiano que ambas habían extrañado profundamente sin decirlo en voz alta durante las semanas más duras del duelo: los domingos con sol entrando por la ventana de la cocina, las trenzas hechas con manos pacientes, el café servido en la taza azul que ahora, de alguna manera silenciosa, también les recordaba a Rosa, porque había sido un regalo suyo hacía años.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.