Tarde de Octubre

C11: La abuela

La llamada llegó un martes por la mañana, mientras Elena y Fernanda desayunaban apuradas antes de salir cada una a su trabajo. Era la vecina de Rosa, la abuela de Fernanda, con la voz quebrada por el otro lado del teléfono.
—Fernanda, hija, tu abuela se desmayó esta mañana. La llevamos al hospital del pueblo. Los médicos quieren hacerle estudios más completos.
Fernanda viajó esa misma tarde al pueblo costero donde Rosa vivía sola desde hacía años, insistiendo en su independencia pese a la edad, pese a las súplicas de toda la familia para que se mudara más cerca de alguno de ellos. Elena la acompañó sin que se lo pidiera, tomándose días libres en el taller sin dudarlo un segundo.
Los estudios, realizados en los días siguientes, revelaron un cáncer avanzado, ya extendido demasiado como para intentar un tratamiento agresivo con posibilidades reales de éxito. Rosa, con la lucidez y la firmeza que la habían caracterizado toda su vida, tomó la decisión ella misma: no quería tratamientos que solo prolongaran el sufrimiento sin cambiar el resultado final. Quería pasar el tiempo que le quedara en su propia casa, mirando el mar que llevaba toda una vida leyendo.
—No tienes que quedarte aquí conmigo todo el tiempo —le dijo Fernanda a Elena una noche, agotada después de un día entero organizando cuidados paliativos y hablando con médicos, sentada en la cocina de la casa de Rosa con una taza de té que se había enfriado sin que la tocara.
—Sí tengo que hacerlo —respondió Elena, sentándose frente a ella y tomándole ambas manos—. No hay ningún otro lugar donde prefiera estar en este momento, Fernanda. Ninguno.
Elena se quedó las semanas siguientes, coordinando a distancia con Ramiro para que el taller siguiera funcionando, cocinando para las dos cuando Fernanda no tenía fuerzas ni ganas, ayudando con las tareas prácticas del cuidado de Rosa que nadie más se ofrecía a hacer: bañarla con cuidado, cambiar las sábanas, sostenerle la mano durante las noches en que el dolor no la dejaba dormir del todo.
Rosa, que nunca había conocido a Elena hasta ese momento —las visitas anteriores siempre se habían dado en la ciudad, sin oportunidad de que se conocieran en persona—, la observó con atención durante los primeros días, evaluándola con esa mirada directa de quien ya no tiene tiempo para rodeos.
Al tercer día, mientras Elena le preparaba un té de manzanilla sin que nadie se lo pidiera, exactamente como Fernanda le había explicado que a su abuela le gustaba, Rosa le tomó la mano con la fuerza que le quedaba.
—Mi nieta escogió bien —dijo, con la voz débil pero clara—. Se nota en cómo te mueves por esta casa como si ya fuera tuya. Eso no se finge.
—Gracias, Rosa. Significa mucho para mí que diga eso.
—No es un cumplido gratuito, hija. Es una observación honesta. He visto pasar por esta casa a mucha gente que quería a mi nieta de maneras equivocadas. Tú no eres una de esas personas.
Esa noche, mientras Fernanda dormía finalmente unas horas después de días de insomnio acumulado, Rosa llamó a Elena a su cuarto con un gesto suave de la mano.
—Cuídala cuando yo ya no esté —dijo, sin rodeos—. Va a necesitarte más de lo que ella misma sabe todavía.
—Lo prometo, Rosa. Con todo lo que tengo.




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