Tarde de Octubre

C20: Diez años, dos ciudades, una sola vida

Diez años después de aquella tarde de lluvia en la librería de la calle Alameda, Elena y Fernanda viven en un departamento pequeño de Toronto con vista a un parque donde las hojas de octubre caen de una manera sorprendentemente parecida a como caían en casa, como si algunas cosas insistieran en repetirse sin importar el idioma ni la latitud.
El taller de Elena en la ciudad de origen, ahora manejado principalmente por Ramiro con Elena participando a distancia en las decisiones importantes, sigue funcionando con solidez. Elena misma abrió, hace ya tres años, un pequeño espacio local en Toronto para restaurar muebles, más chico que el original pero igual de suyo, donde los clientes locales han empezado a conocerla por el cuidado casi obsesivo que pone en cada pieza.
Fernanda enseña literatura hispanoamericana a estudiantes universitarios que, al principio de cada semestre, no siempre entienden bien por qué una profesora puede emocionarse tanto leyendo poesía en voz alta, hasta que, invariablemente, algunos de ellos también empiezan a entenderlo con el tiempo.
El libro de Idea Vilariño sigue en la mesa de noche, ahora rodeado de estanterías que se mezclan libros en español y en inglés, en un departamento que las rodea de manera distinta pero le da al viejo ejemplar el mismo lugar de honor de siempre. La taza azul de Rosa sobrevivió el viaje internacional sin una sola grieta nueva, aunque las que ya tenía siguen ahí, recordatorio silencioso de todo lo que ha atravesado con ellas.
Los domingos, Fernanda todavía trenza el cabello de Elena, aunque el ritual haya cambiado de escenario tantas veces a lo largo de los años: la cocina del primer departamento, la casa donde se casaron, la habitación de hospital durante aquella noche de susto, y ahora esta cocina nueva con vista a un parque extranjero que, de a poco, sin que ninguna lo decidiera formalmente, se ha convertido también en hogar.
—¿Alguna vez pensaste que terminaríamos aquí? —preguntó Elena, un domingo cualquiera, sintiendo los dedos de Fernanda moverse con la misma paciencia de siempre entre su cabello.
—Nunca pensé en un lugar específico —respondió Fernanda—. Solo pensaba en tí. El resto siempre fue apareciendo solo, a su tiempo, de maneras que ninguna de las dos hubiera podido planear del todo: las crisis, las pérdidas, los sustos, las decisiones difíciles. Pero vos siempre estuviste en el centro de todo eso, sin excepción.
Y cada tanto, sin razón especial, en mitad de una tarde cualquiera o después de una discusión ya resuelta, alguna de las dos repite la misma frase que se dijeron aquella tarde de diciembre en la banca del parque, hace ya tanto tiempo, en otra ciudad, en otra vida que de alguna manera sigue siendo exactamente la misma vida:
—Contigo ya se siente completo.
No ha dejado de ser cierto ni un solo día, en ninguna de las dos ciudades que han llamado hogar, a través de cada crisis atravesada, cada pérdida llorada juntas, cada duda enfrentada con honestidad en lugar de silencio. El amor que construyeron, sin manual ni ejemplo previo, sin necesitar la aprobación de nadie más que de ellas mismas, resultó ser, después de todo, exactamente tan real y tan completo como cualquier otro que el mundo hubiera podido ofrecerles, quizás incluso más, porque lo construyeron desde la honestidad más absoluta sobre quiénes eran realmente, desde el primer martes de lluvia hasta el último domingo de trenzas compartidas.




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