La noticia llegó en marzo, casi un año después de la crisis del taller, en forma de un correo electrónico que Fernanda leyó tres veces antes de creer que decía lo que decía.
—Elena —dijo, entrando a la cocina con el teléfono todavía en la mano y una expresión que mezclaba incredulidad y algo parecido al miedo—. Tienes que ver esto.
Era una notificación de una universidad de Toronto: Fernanda había sido seleccionada, entre cientos de postulantes, para una beca de intercambio docente de dos años, destinada a profesoras de literatura hispanoamericana con proyectos de investigación propios. Fernanda había aplicado casi un año atrás, en un impulso que ni ella misma recordaba bien, después de una noche de insomnio en la que pensó que no perdía nada intentándolo.
—Esto es enorme, Fer.
—No sé si debería postularme siquiera, es decir, no sé si debería aceptarla —corrigió, sentándose frente a Elena con el teléfono todavía brillando entre sus manos—. ¿Qué hacemos con el taller? Recién lo estás reconstruyendo después de todo lo del año pasado. ¿Qué hacemos con esta casa, con todo lo que hemos armado aquí?
Elena se quedó en silencio un momento, procesando la misma pregunta desde su propio lugar de miedo. Pero cuando habló, su voz sonó más firme de lo que ella misma esperaba.
—¿Qué hacemos si no la aceptas y te arrepientes toda la vida, Fernanda? Llevas diez años dando lo mejor de ti a un colegio que ni siquiera puede garantizarte estabilidad. Esta es una oportunidad que no vas a tener dos veces.
—¿Y tú? ¿Qué pasa contigo en todo esto?
—Yo todavía no lo sé del todo. Pero sé que no quiero ser la razón por la que dijiste que no a algo que claramente quieres hacer.
Fernanda se quedó mirándola largamente, con los ojos brillantes.
—No quiero elegir entre esto y tú. No quiero ni siquiera empezar a pensar en esos términos.
—Entonces no elijas todavía. Postúlate, digo, acéptala, y pensemos juntas qué significa eso para las dos. Tenemos tiempo antes de que tengas que confirmar.
Fernanda aceptó la beca esa misma semana, con una mezcla de emoción y culpa que le costó varios días procesar del todo. La fecha de inicio del programa quedó fijada para el otoño siguiente, casi ocho meses después, dejando un margen amplio de tiempo para que ambas decidieran, sin apuro, qué forma tomaría esa nueva etapa.