Rosa murió un domingo por la mañana, dos semanas después de esa conversación, con Fernanda sosteniéndole la mano derecha y Elena de pie detrás de ella, con ambas manos sobre sus hombros, sintiendo el temblor silencioso del cuerpo de Fernanda mientras la respiración de Rosa se volvía cada vez más espaciada hasta detenerse del todo.
No hubo ninguna palabra que alcanzara para ese momento exacto; solo el silencio pesado del cuarto, la luz de la mañana entrando oblicua por la ventana entreabierta, y el sonido lejano del mar que Rosa había enseñado a leer, indiferente y constante como siempre, como si el mundo pudiera simplemente continuar su ritmo habitual mientras algo tan enorme sucedía adentro de esa casa pequeña.
Fernanda se quedó inmóvil un largo rato, todavía sosteniendo la mano de su abuela, sin llorar todavía, en ese espacio extraño de shock que precede al duelo real. Elena no dijo nada. Se quedó exactamente donde estaba, con las manos firmes sobre los hombros de Fernanda, sosteniéndola sin palabras de la misma manera en que Fernanda la había sostenido a ella en la crisis del taller.
—Se fue mirando el mar —dijo Fernanda finalmente, con la voz rota, señalando la ventana—. Le pedí a la enfermera que abriera bien las cortinas esta mañana. Ella quería verlo.
—Lo consiguió, Fer. Se fue viendo exactamente lo que quería ver.
El viaje a Toronto, que ya tenía fecha confirmada para dentro de cuatro meses, se postergó automáticamente en la conversación de ambas, sin que ninguna tuviera que decirlo en voz alta ni discutirlo formalmente. Algunas cosas, entendieron sin necesidad de explicarlo, simplemente esperan hasta que hay espacio real para atenderlas.