Un año después del susto de salud, con la arritmia de Elena completamente controlada gracias a la medicación diaria y a los cambios que ambas incorporaron sin resistencia en su rutina, y con el taller finalmente estable bajo la sociedad formal entre Elena y Ramiro, decidieron juntas que era, por fin, el momento de retomar la idea de Toronto.
Esta vez no como una huida hacia adelante ni como una obligación pendiente que había que cumplir de todas formas, sino como una elección hecha con calma genuina, después de haber atravesado juntas más de lo que ninguna de las dos hubiera imaginado posible aquella primera tarde de lluvia en la librería de la calle Alameda.
La universidad de Toronto, sorprendida gratamente de que Fernanda todavía quisiera aceptar el lugar reservado después de tanto tiempo, confirmó la beca con una fecha de inicio para el otoño siguiente.
Empacaron la casa con un cuidado casi ceremonial, mucho más pausado que la mudanza caótica de años atrás. Guardaron el libro de Idea Vilariño en la maleta de mano, envuelto en un pañuelo, para que no corriera ningún riesgo de perderse en el traslado internacional. La taza azul desportillada de Rosa viajó envuelta cuidadosamente en dos suéteres gruesos, protegida como si fuera algo verdaderamente sagrado, que en cierto modo, para ambas, lo era.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Elena en el aeropuerto, mientras esperaban el llamado a embarcar, sentadas de la mano en las sillas incómodas de la sala de espera.
—Un poco —admitió Fernanda—. Pero no de la manera en que estaba nerviosa la primera vez que surgió esta oportunidad, hace años. Antes tenía miedo de que irnos significara perder todo lo que teníamos construido aquí. Ahora sé que no importa la ciudad donde estemos. Tú eres mi lugar, Elena. Toronto, aquí, cualquier parte. El lugar siempre vas a ser tú.
Elena apretó su mano, sintiendo el peso emocionado de esa frase asentarse en su pecho con la misma calidez que había sentido, años atrás, en aquella banca de diciembre donde todo había empezado de verdad entre ellas.
—Entonces vamos —dijo, sonriendo—. Juntas, como siempre.