Los terrenos de La Paloma
Mi familia paterna tenía fuertes vínculos comerciales en La Paloma, un balneario precioso del este de Uruguay, y allí pasé casi todas las vacaciones de mi infancia. Durante esos años de mi niñez, mi padre trabajaba en Buenos Aires. Aunque nunca supe con exacta precisión qué hacía en el día a día, creo que se dedicaba a vender los terrenos que su padre, sus hermanos y él poseían en las costas uruguayas a través de una empresa familiar llamada Sociedad Cabo Santa María.
Por cuestiones de esos negocios, viajamos varias veces a la capital argentina durante mi infancia. Recuerdo con muchísima nitidez que una de esas veces cruzamos el Río de la Plata a bordo del legendario «vapor de la carrera». El barco tardaba toda la noche en hacer el trayecto, lo que nos permitía ir durmiendo cómodamente en los camarotes durante todo el viaje. Nunca entendí bien por qué dejó de funcionar; era una forma verdaderamente fantástica y señorial de viajar.
En el vapor de la carrera
En uno de esos camarotes quedó grabada una escena familiar que todavía me hace sonreír. Mi hermana Andrea, que era bastante chica en ese entonces, se puso a llorar de golpe porque decía que le daba un miedo terrible dormir del lado de la pared. Según su lógica infantil, si la madera del barco se llegaba a romper, ella se caería directo al agua. Con la seguridad de la hermana mayor, yo sabía perfectamente que eso era imposible, pero para calmarla le cambié el lugar de inmediato.
Las andanzas porteñas con Tata
En otra de esas travesías a Buenos Aires nos acompañó mi abuelo materno, a quien todos llamábamos cariñosamente «Tata». En el viaje íbamos mi madre, dos de mis hermanas, mi abuelo y yo. Aunque guardo pocos recuerdos inconexos de esa estadía, hay una aventura en particular que no se me borró más: mi abuelo Tata me tomó de la mano y nos fuimos los dos solos a recorrer el subte porteño. Viajamos desde donde estábamos hasta la estación de Retiro, de ahí combinamos hacia la estación de Constitución y terminamos regresando al punto de partida. Para una niña de mi edad, ¡aquella inmensidad subterránea fue algo verdaderamente increíble! Que él se haya tomado el tiempo de hacer eso por mí es algo que aprecio hasta el día de hoy.
También tengo grabada a fuego la hora del almuerzo en un restaurante de la ciudad. Mi mamá y una de mis hermanas pidieron un plato de arroz con mejillones y el mozo, con esa exageración tan típica de los bodegones porteños, les trajo una fuente comunal con tanta comida que habrían podido cenar cinco personas perfectamente.
Al ver semejante banquete y temiendo recibir una montaña indomable en mi plato, me encogí en la silla y le pregunté tímidamente al mozo cómo venía servido el puré de papas. El hombre me clavó una mirada como si yo fuera tonta y me contestó:
- ¡Es papa pisada!
Como bien dijo alguien alguna vez: «Lo que el tiempo se llevó, nos lo devuelve en recuerdos y en sabiduría».