La muerte de mi abuelo fue el cierre de un proceso largo, doloroso y desgarrador.
Tata estuvo sumamente enfermo durante varios años, batallando contra las garras del Parkinson. En las primeras etapas de su confusión, solía escaparse de su casa y caminaba desorientado varias cuadras, intentando llegar a la parada del ómnibus con la fija e inocente intención de venir a nuestra casa.
Ver su decadencia física y mental fue una experiencia tan terrible que a todos nos causaba un dolor profundo en el alma; en muchas ocasiones, viéndolo sufrir de esa manera, llegué a pensar con total honestidad que para estar así, era preferible que ya falleciera y descansara en paz.
Con el correr del tiempo, la niebla de su mente avanzó tanto que ya ni siquiera me conocía; se me quedaba mirando fijo con los ojos perdidos y me preguntaba con timidez: «¿Y vos quién sos?».
Al acercarse el final de sus días, el silencio se apoderó de él y ya no podía hablar en absoluto. Sin embargo, la víspera de su fallecimiento, creo firmemente que Tata tuvo un último y milagroso destello de lucidez. Ese día fui a visitarlo a su cama. En un momento, él me tomó la mano con firmeza, la apretó con las pocas fuerzas que le quedaban y me miró con una intensidad tan profunda y transparente que sentí de inmediato, en el fondo de mi ser, que se estaba despidiendo de mí.
Al día de hoy, me alegra y me reconforta el alma saber que mi abuelo, a su manera silenciosa, haya llegado a despedirse de mí. Creo que soy la única persona en toda la familia que puede decir eso con orgullo.
Cuando Emilia me llamó al día siguiente, y sólo dijo "Tata", mi alma ya lo sabía. Ella no precisó más palabras.
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abuelos historias, aventuras en ambos sentidos, alegrías y tristezas
Editado: 06.11.2026