Mirando en retrospectiva, hay varias cosas de una bajeza tremenda que jamás le perdono a Elsa. Una de ellas es que torturaba psicológicamente a mi abuelo Tata, en su propio lecho de enfermo terminal, diciéndole con total crueldad en el comedor: «Tu hija Mabel no te quiere porque no quiere comprar el apartamento».
Yo misma la escuché horrorizada un día, diciéndole a gritos limpios en otra habitación a mi abuelo, que yo había cometido algo horrible que, como la adolescente que yo era en ese tiempo, jamás pensé que fuera una maldad.
En la casa de mi abuelo había unos perfumeros antiguos y estos tenían una etiqueta pegada en su base. Yo creí de buena fe que era simple dejadez o mugre vieja y la retiré. Esas cosas, según creo recordar, no eran realmente pertenencias de Elsa, sino que habían sido legítimamente de mi abuela. A la última persona a la que mamama se los hubiera regalado era a la que en vida fue amante de mi abuelo.
Pero Elsa, por pura mezquindad y avaricia, se las había apropiado, en vez de dárselas a mi madre, la dueña natural de esos objetos al faltar mi abuela.
Parece ser que esa etiqueta decía algo así como "Cristal de Murano", un sello de origen que probaba ante los tasadores que eran objetos de un gran valor y capital económico. Yo no lo sabía en absoluto en ese tiempo.
Mi abuela se habría revolcado en su tumba de haber sabido semejante descaro y, si existe una vida consciente después de la muerte, sé que se habrá matado de risa en el más allá por el daño material que yo, de forma inadvertida y sin saber, le causé al bendito "patrimonio de Elsa".
En ese momento me sentí muy mal, pero ahora me alegro de que ella haya armado semejante alboroto a gritos por esa etiqueta, porque esa fue fundamentalmente la razón por la que yo aprendí a ver a tiempo detrás de sus hipócritas y necias alabanzas sobre lo maravillosa que yo supuestamente era.
Lo segundo que no le perdono es que le hacía cosas aberrantes a mis hermanos en su hogar: le daba cigarrillos de contrabando a una de mis hermanas, que en ese tiempo era una vulnerable preadolescente, supongo que para congraciarse con ella y tenerla de su lado en las discusiones. Emilia fue la que notó que Isa, que tenía pocos años en ese entonces, volvía de la casa de mi abuelo con olor a alcohol.
No sé qué más porquerías hacía entre bambalinas, pero ¿para qué más datos? Con eso que presencié me alcanzaba, me sobraba y me bastaba...
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abuelos historias, aventuras en ambos sentidos, alegrías y tristezas
Editado: 06.11.2026