Todo fue un error

Capítulo 3

Susan

—Gracias, señora Sterlyn.

—A ti, querida.

Me despido de sus perros con unas últimas caricias y salgo deprisa para llevar a las otras mascotas a sus respectivas casas.

Uno de mis trabajos es pasear perros, tengo varios que me ayudan a cubrir mis pequeños gastos porque, gracias a Derek, no tengo que preocuparme por los grandes.

Vivo en su departamento desde hace unos meses. Al principio me negué rotundamente cuando insistió en que era mejor que me mudara a la habitación de invitados, pero terminó convenciéndome cuando mis gastos universitarios comenzaron a superar lo que podía permitirme.

Tengo una beca, pero aun así estudiar no es precisamente barato.

Mis padres son una pareja de clase media que hace todo lo posible por ayudarme, pero no quiero que tengan que endeudarse o sacrificar sus propios gastos para pagar los míos.

Así que acepté.

Aunque, si alguien me pregunta, diré que fue porque Derek me agotó con su insistencia. Él pertenece a una familia bastante acomodada. De esas que tienen dinero suficiente para no preocuparse demasiado por cuánto cuesta algo antes de comprarlo. Tiene su propio departamento cerca del campus, conduce un deportivo y también tiene una camioneta.

Aunque casi nunca utiliza ninguno de los dos porque siempre termino convenciéndolo de que vayamos caminando ya que el campus queda a unas cuantas cuadras y, como soy demasiado vaga para hacer ejercicio de manera voluntaria, aprovecho nuestras caminatas para fingir que llevo una vida saludable.

Derek dice que es una excusa, yo digo que funciona.

Además de pasear perros, cuido niños, arreglo jardines y he hecho reemplazos como mesera cuando alguien necesita cubrir un turno.

Lo sé.

Probablemente debería limitarme a estudiar, pero me gusta trabajar. Me gusta ganar mi propio dinero, no me gusta depender de Derek ni de nadie.

Él, por supuesto, odia absolutamente todos mis trabajos.

Insiste en que no necesito hacerlo, que él puede ayudarme económicamente y que no tiene ningún sentido que me mate trabajando cuando podría concentrarme únicamente en mis estudios, pero no entiende que para mí no se trata solamente del dinero. Quiero poder comprarme mis cosas con lo que gano, quiero sentir que puedo cuidarme sola y, sobre todo, quiero que Derek sepa que no estoy con él porque pueda pagarme todo.

Aunque, para ser sincera, él jamás me ha dado motivos para pensar que crea eso.

Cuando tengo que trabajar hasta tarde, siempre se ofrece a llevarme y recogerme. Nunca importa cuánto se queje, nunca importa si tiene que levantarse temprano al día siguiente.

Siempre aparece.

Es una de las tantas cosas que hacen que sea imposible no quererlo.

Sacudo la cabeza.

No.

No voy a pensar en eso.

Tengo que dejar de estar enamorada de mi mejor amigo. Algún día, tal vez. Cuando tenga noventa años.

Dejo al último perro en su casa y estoy a punto de regresar cuando escucho unas voces conocidas.

Me detengo al ver a los hermanos Harry entrenando con su nueva patineta eléctrica.

—¡Susan!

Uno de los niños me hace señas.

—Ven. Deberías intentarlo.

Me acerco y observo fascinada cómo su hermano mayor se desliza de un lado a otro como si hubiera nacido encima de esa cosa.

—No sé si debería.

—Vamos, es fácil —dice Jacob, el menor, que apenas tiene doce años—. Mira cómo lo hago.

El niño se sube y comienza a moverse por la acera con una seguridad que me hace sentir ligeramente avergonzada de mi propio miedo.

—¿Ves?

—Eso parece demasiado fácil cuando lo haces tú.

—Porque soy bueno.

—Modesto también.

Jacob se ríe.

—Inténtalo.

Miro la patineta.

—Está bien.

Me arrepiento de mi decisión en cuanto pongo un pie encima.

—¿Y ahora?

—Los dos pies.

—Eso ya lo descubrí.

—Ahora acelera poquito.

—¿Poquito cuánto?

—Solo un poquito.

Presiono el acelerador y la patineta comienza a avanzar.

—¡Oh!

Los niños empiezan a reír.

—¡Más rápido!

—¡No!

—¡Sí!

Termino acelerando un poco más y entonces esa maldita cosa decide demostrarme que, en realidad, tiene vida propia.

La velocidad aumenta de golpe.

—¡AAAAH!

Pero, en lugar de asustarme, una carcajada escapa de mis labios.

¡Esto es increíble!

El viento golpea mi rostro y siento una descarga de adrenalina.

—¡Susan!

La voz de Derek me llega desde algún lugar delante de mí.

Abro los ojos.

Está parado a unos metros, completamente paralizado. Tiene los ojos abiertos como platos y su expresión es de puro terror.

—¿Qué haces?

—¡Estoy aprendiendo!

—¡Bájate!

—¡No sé cómo!

—¡Susan!

Derek comienza a correr hacia mí y ese es precisamente el problema.

Me pongo nerviosa.

La patineta se mueve hacia un lado.

—¡Oh, Dios!

Intento recuperar el equilibrio.

—¡Susan, no te muevas!

—¡Estoy intentando no moverme!

La patineta vuelve a girar.

—¡Derek!

—¡Frena!

—¡¿CÓMO?!

Entonces todo sucede demasiado rápido.

Pierdo el control.

La patineta se desvía bruscamente y siento que mis pies dejan de tocarla.

—¡Susan!

Cierro los ojos.

Siento que vuelo durante un segundo y después...

¡Pum!

Caigo sobre el césped y comienzo a rodar varios metros antes de detenerme.

Todo queda en silencio hasta que escucho un grito.




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