Susan
Los días siguientes se convirtieron en una burbuja.
No supe en qué momento dejamos de contar las horas, pero de pronto ya no me importaba qué día de la semana era. Nos despertábamos tarde, desayunábamos casi a mediodía y pasábamos el resto del tiempo enredados el uno en el otro, como si quisiéramos recuperar cada momento que no habíamos tenido antes.
La cabaña se convirtió en nuestro pequeño mundo.
Derek me buscaba en la cocina mientras preparaba café, me robaba besos en el pasillo, me abrazaba por la espalda mientras yo fingía estar ocupada con cualquier cosa. Cada rincón de la casa terminó guardando un recuerdo distinto: la sala, el balcón, hasta la ducha se convirtió en cómplice de risas y de un amor que parecía no tener límite.
—Deberíamos salir un poco —le dije una tarde, todavía enredada entre las sábanas, con la cabeza sobre su pecho.
—¿Para qué? —Derek jugaba distraídamente con un mechón de mi cabello—. Aquí se está mejor.
—Nuestros amigos están a quince minutos de aquí.
—Que disfruten sus vacaciones.
Solté una carcajada.
—Eso es horrible.
—Es sincero.
Le di un golpe suave en el hombro, pero no pude discutirle nada. Tenía razón. En algún grupo de mensajes nuestros amigos seguían organizando planes de playa, fogatas y noches de juegos en las otras cabañas, y nosotros contestábamos con excusas cada vez más ridículas.
"Estamos descansando."
"Tal vez mañana."
"Casi seguro que sí."
Nunca salimos.
No hacía falta. Teníamos todo lo que necesitábamos dentro de esas cuatro paredes: el silencio, las risas bajitas, las conversaciones de madrugada y esa sensación de estar exactamente donde debíamos estar.
—Creo que Marcos ya sospecha algo —comenté una noche, revisando mi teléfono.
—¿Por qué?
—Me escribió "¿ustedes siguen vivos o qué?"
Derek soltó una risa contra mi cuello.
—Diles que estamos ocupados con la vida matrimonial.
—Ni siquiera estamos casados.
—Detalles.
Le lancé una almohada, pero terminé riendo con él, envuelta otra vez en esa felicidad que parecía no tener fin.
Los días de descanso pasaron demasiado rápido, y antes de darnos cuenta, llegó el momento de visitar a la familia de Derek.
—¿Estás nerviosa? —me preguntó mientras conducíamos.
—Un poco.
—No tienes por qué estarlo. Mi mamá ya te adora.
—Eso era antes de que fuéramos novios.
Derek sonrió, sin apartar la vista del camino.
—Vas a ver que no cambia nada.
Tenía razón.
Apenas llegamos, su madre salió corriendo a recibirnos con los brazos abiertos, como siempre hacía, y cuando Derek anunció, con una sonrisa nerviosa, que ahora éramos novios, la reacción de toda la familia me tomó completamente por sorpresa.
Nadie se sorprendió.
—Ya era hora —dijo su madre con una sonrisa.
—Llevábamos apostando desde el año pasado —agregó su papá, muy tranquilo.
—¿Apostando? —pregunté, entre risas.
—Todos sabíamos que se querían —respondió su madre, tomándome las manos—. Menos ustedes dos, por lo visto.
Sentí que las mejillas me ardían mientras Derek se reía a mi lado, igual de sorprendido que yo.
Los tres días que pasamos con su familia fueron cálidos y llenos de risas. Su madre no dejó de consentirme ni un solo momento: me enseñó algunas de sus recetas, me contaba anécdotas vergonzosas de Derek de niño y se aseguraba de que siempre tuviera algo caliente para comer.
Por las noches, cuando toda la casa quedaba en silencio, Derek se las arreglaba para colarse en mi habitación sin hacer ruido, y aunque los dos sabíamos que probablemente no engañábamos a nadie, disfrutábamos de esos momentos robados como si fueran un secreto.
—Un día tu mamá nos va a descubrir —le susurré una de esas noches.
—Ya lo sabe.
—¿Qué?
—Créeme, lo sabe.
Solté una risa contra su pecho, tratando de no hacer ruido, mientras él me abrazaba con esa misma ternura de siempre.
Cuando llegó el turno de visitar a mi familia, todo cambió.
La tranquilidad que habíamos sentido en casa de Derek desapareció por completo apenas nos acercamos a mi antiguo vecindario.
—Estás muy callada —comentó él, tomándome la mano.
—Estoy nerviosa.
—¿Por qué?
—Porque es diferente. Mi papá es… mi papá.
Derek soltó una risa suave.
—Va a estar bien.
—Eso espero.
Cuando llegamos, mi familia nos recibió con la misma calidez de siempre. Mi mamá abrazó a Derek como si lo conociera de toda la vida, y mi papá le dio la mano con una sonrisa amable, aunque noté algo distinto en su mirada, algo más analítico, más atento.
La cena transcurrió con normalidad, entre risas y preguntas sobre la universidad, hasta que llegó el momento inevitable.
—Papá, mamá… —comencé, sintiendo que el corazón me latía con fuerza—. Quería contarles que Derek y yo somos novios.
Se hizo un breve silencio.
Mi mamá sonrió de inmediato, pero mi papá simplemente asintió, observando a Derek con una expresión que no pude descifrar del todo.
—Ya veo —fue todo lo que dijo.
La tensión en la mesa se sintió como una manta pesada durante varios segundos, hasta que mi papá se levantó.
—Derek, ¿me acompañas un momento?
Sentí que el alma se me iba a los pies.
—Papá…
—Solo vamos a hablar —dijo, sin darle mayor importancia, aunque su tono no dejaba lugar a discusión.
Derek me miró antes de levantarse, y aunque intentó disimularlo, noté que también estaba nervioso. Lo seguí con la mirada mientras desaparecía junto a mi papá rumbo al estudio, y en cuanto la puerta se cerró, empecé a morderme las uñas.
—Tranquilízate —me dijo mi mamá, tomándome la mano—. Tu papá solo va a hablar con él.