Susan
—¡SUSAN!
Abro los ojos justo cuando Derek llega corriendo.
Se arrodilla a mi lado y me toma el rostro entre sus manos con tanto cuidado que casi parece que teme que pueda romperme.
—¿Estás bien?
Parpadeo.
Su rostro está pálido.
—Creo que sí.
—¿Te duele algo?
—No.
—¿Segura?
—Sí.
Sus manos recorren rápidamente mi rostro, mis brazos, mis hombros, como si necesitara comprobar con sus propios ojos que no tengo ninguna herida.
—Derek...
—¿Dónde te duele?
—En el orgullo.
Me mira fijamente. Durante un segundo creo que va a reírse, pero no lo hace.
—¿En el orgullo?
Asiento.
—Sí.
Su mandíbula se tensa.
—Susan, casi te rompes la cabeza.
—Pero no me la rompí.
—¡Eso no significa que no pudiera haber ocurrido!
Los niños se quedan completamente callados.
Yo lo observo, está furioso, pero debajo de esa furia puedo ver algo más.
Miedo.
Y entonces comprendo algo que hace que mi corazón vuelva a traicionarme. Derek no está enojado porque haya hecho una estupidez. Está asustado porque pudo perderme.
—¡Llamen a una ambulancia!
—Tranquilo, estoy bien.
Intento sonreír, pero Derek me mira con una expresión que me hace pensar que, si pudiera, me enterraría bajo el césped y luego se olvidaría de mí.
—¿Cómo puedes decir que estás bien después de salir volando de esa cosa?
—Porque sigo viva.
—¡Susan!
—Está bien, está bien. No grites.
Uno de los niños se acerca lentamente, todavía con el rostro pálido.
—Señorita Susan, ¿se encuentra bien?
—Sí, estoy bien.
Derek me ayuda a incorporarme y, en cuanto sus dedos rozan mi brazo, un chillido escapa de mi garganta.
—¡Ay!
Su expresión cambia inmediatamente.
—¿Qué pasó?
Miro mi brazo.
—Creo que...
Lo muevo apenas y vuelvo a hacer una mueca.
—Creo que me lastimé el brazo.
No alcanzo a decir nada más. Derek pasa un brazo por debajo de mis piernas y el otro alrededor de mi espalda.
—¡Derek!
Me levanta como si no pesara absolutamente nada.
—¿Qué haces?
—Llevarte al hospital.
—Puedo caminar.
—No.
—Derek...
—No.
—Solo es un brazo.
—Un brazo que está empezando a hincharse.
—Puedo ir caminando.
—Susan, cállate.
Abro la boca, indignada.
—¿Me acabas de decir que me calle?
—Sí.
—Qué grosero.
—Puedes insultarme todo lo que quieras cuando lleguemos al hospital.
Intento acomodarme entre sus brazos y termino aferrándome a su cuello.
—¿A dónde vas?
—Al hospital.
—Eso ya lo sé. Me refiero a por qué estás corriendo.
—Porque quiero asegurarme de que sigues teniendo los dos brazos cuando lleguemos.
—Qué exagerado.
—Y tú eres una inconsciente.
Antes de que podamos seguir discutiendo, el padre de uno de los niños aparece corriendo hacia nosotros.
—¿Está herida?
—Creo que se fracturó el brazo —responde Derek.
—Mi coche está ahí. Los llevo.
Derek asiente. Minutos después estamos en el vehículo. Durante todo el trayecto no deja de mirar mi brazo.
—Deja de mirarlo —le digo.
—Está hinchado.
—Lo sé.
—Cada vez está más hinchado.
—Gracias por informarme.
—No es gracioso.
—Un poquito sí.
—No.
Apoyo la cabeza contra el asiento y lo observo de reojo.
Está furioso, pero no conmigo o quizás sí. La verdad es que no estoy segura.
Cuando llegamos al hospital, Derek prácticamente obliga al personal a atenderme de inmediato. Después de una revisión, una radiografía confirma lo que ya sospechábamos.
Tengo una fractura, una simple fractura. Nada que no pueda sobrevivir. Aunque, por la cara de Derek, parece que acabo de perder un brazo entero. Cuando finalmente me colocan una férula y el médico termina de explicarme los cuidados, Derek se queda de pie frente a mí con los brazos cruzados.
—Puedes dejar de sonreír —gruñe.
—Lo siento. No puedo evitarlo.
—No sé qué te parece tan gracioso.
—Tu cara.
Frunce el ceño.
—¿Mi cara?
—Sí. Pareces como si estuvieras planeando mi asesinato.
—Estoy intentando decidir si matarte ahora o esperar a que te recuperes.
Suelto una carcajada.
—¿Ves? Eso fue gracioso.
—No lo fue.
—Un poquito.
Derek resopla y aparta la mirada.
—¿Acaso no ves lo que pasa por seguirle el juego a esos críos?
—Tú eres un crío.
—Yo no fui quien decidió subirse a una patineta eléctrica sin saber manejarla.
—Pero tú juegas hockey.
—Eso es diferente.
—Claro.
—No es gracioso.
Me acomodo en la camilla y lo miro de arriba abajo.
—Claro que lo es. Mira cómo estás ahí parado, con los brazos cruzados y esa cara de pocos amigos, como si desearas azotarme y castigarme.
La mirada de Derek se clava en la mía.
—La verdad es que sí.
Mi sonrisa desaparece.
—¿Qué?
Él se encoge de hombros con absoluta tranquilidad.
—Desearía azotarte y castigarte encerrándote en nuestro departamento―Hace una pausa—Y no volver a dejarte salir jamás.
Abro los ojos.
Mi rostro comienza a arder.
¿Acaba de decir eso? ¿Derek acaba de decir que quiere azotarme?
Mi cerebro, que claramente no sabe comportarse cuando se trata de él, empieza a imaginar cosas que definitivamente no debería imaginar.
—¿Qué? —pregunta al verme completamente roja.
—Nada.
—Estás roja.
—Hace calor.
Mira alrededor de la habitación.
—Estamos en un hospital con el aire acondicionado encendido.
—Entonces tengo fiebre.
Derek coloca una mano sobre mi frente.