Todo fue un error

Capítulo 5

Susan

Derek sigue mirando la férula con desprecio, así mismo como observa a los hombres que se acercan a mí.

—No puedo creer que tengas que llevar esto durante un mes.

—No es para tanto.

—Claro que es para tanto.

El médico ya nos explicó que, por suerte, la fractura no es grave y no necesita cirugía. Tendré que mantener el brazo inmovilizado durante unas semanas y regresar a control, pero fuera de eso puedo continuar con mi vida prácticamente con normalidad.

Bueno... Con algunas restricciones.

—Por lo menos fue el brazo izquierdo —digo intentando tranquilizarlo.

Derek me mira como si acabara de decir una estupidez.

—¿Eso es lo que te preocupa?

—Un poco.

—Te acabas de fracturar un brazo.

—El izquierdo.

—Sigues teniendo un brazo fracturado.

—Pero puedo escribir.

—Puedes escribir con una mano.

—Y puedo estudiar.

—Susan...

—Y puedo trabajar.

Su expresión cambia inmediatamente.

—No.

—Sí.

—No.

—Derek.

—No vas a trabajar.

—Sí voy a trabajar.

—Susan, tienes el brazo inmovilizado.

—Tengo dos piernas perfectamente funcionales.

—Eso no significa que puedas trabajar.

—Claro que sí.

El médico intenta disimular una sonrisa mientras termina de guardar mis documentos.

—Mientras evite cargar peso y tenga cuidado con el brazo, puede realizar actividades ligeras.

Miro a Derek.

—¿Escuchaste?

Él aprieta la mandíbula.

—Sí.

—Perfecto.

—No significa que puedas hacer lo que quieras.

—Pero significa que puedo trabajar.

—Con supervisión.

—¿Supervisión?

—Mía.

Suelto una carcajada.

—¿Ahora eres mi jefe?

—Si hace falta.

—Eres insoportable.

—Y tú eres incapaz de cuidarte sola.

—Eso es mentira.

—Hace veinte minutos saliste volando de una patineta.

—Detalles.

Derek resopla.

El padre de los niños vuelve a ofrecernos llevarnos al departamento y, después de despedirnos, regresamos a casa. Derek insiste en cargarme haciendo que se nota la fuerza que tiene en esos grandes brazos.

—Puedo llevar las llaves.

—No.

—Puedo abrir la puerta.

—No.

—Derek, tengo un brazo sano.

—Y quiero que siga sano.

Abro la boca para discutir, pero decido que es inútil. Entramos al departamento y Derek deja todas las cosas sobre la mesa y a mi sobre el sofá con cuidado.

—Voy a pedir comida.

—No tengo hambre.

Me mira.

—Vas a comer.

—No soy una niña.

—Hoy te rompiste el brazo. Te ganaste el derecho a que te trate como una.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Me importa poco.

Saca el teléfono y comienza a revisar qué pedir y yo aprovecho para dirigirme a mi habitación.

Necesito cambiarme de ropa.

—Voy a cambiarme.

—Está bien.

Doy unos pasos y me detengo. Intento quitarme la camiseta utilizando una sola mano y no funciona.

Lo intento otra vez.

Tampoco.

Después de varios minutos de forcejeo, termino frente al espejo con la camiseta medio levantada, el cabello hecho un desastre y una expresión de derrota absoluta.

—Genial.

Vuelvo a intentarlo y nada. Es super incomodo sobre todo porque aun siento dolor e incomodidad en mi cuerpo.

—¿Susan?

Escucho la voz de Derek desde el pasillo.

—¿Qué?

—¿Estás bien?

—Sí―Miento.

—¿Segura?

—Sí.

Silencio.

—¿Por qué estás tardando tanto?

—¡Porque estoy cambiándome!

—Ah.

Unos segundos después escucho sus pasos alejándose.

Perfecto.

Puedo hacerlo sola y vuelvo a intentarlo hasta que la camiseta se engancha justo en la férula.

—¡Ay!

—¿Susan?

—¡No entres!

La puerta se abre apenas unos centímetros.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—Acabo de escucharte gritar.

—Estoy bien.

—Déjame ayudarte.

—No.

—Susan...

—Puedo hacerlo―Intento tirar de la camiseta y termino haciendo una mueca—Está bien.

Derek entra y yo inmediatamente deseo que la tierra se abra bajo mis pies. Llevo una camiseta a medio quitar y el cabello completamente desordenado.

—No puedo creer que estés aquí.

—Me pediste que no entrara.

—Y deberías haberme hecho caso.

—Entonces dime qué necesitas.

ambos nos miramos y por primera vez desde que nos conocemos, ninguno de los dos parece saber qué hacer.

—Necesito...―Trago saliva—Necesito que me ayudes a cambiarme.

Derek se queda inmóvil y sus mejillas comienzan a ponerse rojas.

—Ah.

—Sí.

—Claro.

Se gira inmediatamente hacia la pared.

—Puedo ayudarte.

—Derek...

—¿Qué?

—¿Por qué estás mirando la pared?

—Porque quiero respetar tu privacidad.

No puedo evitar reírme.

—No puedes ayudarme mirando la pared.

—Entonces dime qué hacer.

—Primero necesito quitarme esta camiseta.

—Bien.

Se queda quieto.

—¿Y?

—No sé.

—¿No sabes qué?

—Nunca he ayudado a una mujer a cambiarse de ropa.

Lo miro con incredulidad.

—¿Nunca?

—No.

—Derek, tienes veintidós años.

—¿Y?

—Nada.

Me muerdo el labio para no reír.

—Está bien. Solo... ayúdame a sacar la camiseta.

Él asiente, pero antes de acercarse, sale de la habitación y regresa corriendo con una venda en sus manos.

—¿Qué haces?

—Me la voy a poner.

—¿Por qué?

—Porque dijiste que esto te incomodaría.

Me quedo mirándolo.

—Derek...

Se venda los ojos con una seriedad que resulta casi ridícula.

—Listo.

Una sonrisa aparece en mis labios.

—Eres un idiota.




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