Susan
Esto no puede ser.
Suelto una fuerte carcajada mientras observo cómo Derek es arrastrado por siete canes.
—Deja de reírte —gruñe mientras se limpia el sudor con el antebrazo.
—Si tanto te molesta, puedo hacerlo yo —digo solo para provocarlo.
Me acerco y extiendo la mano para que me pase las correas, pero él me mira como si quisiera asesinarme.
—Ni se te ocurra. Aléjate. Esta jauría infernal puede hacerte caer.
Después de dos semanas en casa, me estaba volviendo loca. Especialmente con los cuidados de Derek, quien al principio no me dejaba sola ni para ir al baño. Tuve que sacarlo de mi habitación casi a golpes cuando insistió en dormir en el suelo, por si yo despertaba durante la noche y necesitaba algo y él no podía escucharme.
Es lindo cómo se preocupa por mí, pero también es desesperante y exagerado.
Me tocó amenazarlo para que me dejara volver a clases. A esas alturas, ya no parecía mi mejor amigo, sino mi padre, y yo parecía una cría que estaba aprendiendo a caminar.
Ahora también había regresado a mi trabajo, pero, por supuesto, Derek insistió en acompañarme. Según él, se encargaría de todo mientras yo lo supervisaba.
Así que aquí estamos.
Paseando a la manada de perros que suelo cuidar y sacar a pasear o, mejor dicho, ellos están paseando a Derek.
No puedo evitar volver a reír, haciendo que mi mejor amigo gruña mientras me mira de reojo.
—Deberías dejar de gastar dinero en el gimnasio y ponerte a trabajar como paseador. Mira cómo estás sudando. Es un buen ejercicio.
—Quizás lo haga.
Esta vez, ríe conmigo.
Regresamos a las mascotas sanas y salvas a sus hogares y después nos dirigimos a la casa de la señora Mireya para cortar el césped y regar sus flores.
—Vaya, hija, esto sí que merece una propina —susurra la señora Mireya.
Ambas soltamos un suspiro al ver la imagen que tenemos frente a nosotras.
Derek está cortando el césped con una camisa sin mangas y su piel brilla bajo el sol, cubierta de una fina capa de sudor que hace que tenga que tragar saliva.
Se pasa el antebrazo por la frente y me mira.
—¿Qué tanto ves?
—Te faltó ahí —señalo divertida, apuntando hacia una parte del césped mientras permanezco cómodamente bajo la sombra, bebiendo limonada.
Como si pudiera leerme la mente, Derek se quita la camisa y la arroja a un lado.
Mi sonrisa desaparece.
Está ahí, bajo el sol, con una gorra cubriéndole parte del rostro y el pantalón deportivo descansando cómodamente sobre sus caderas. Su pecho desnudo está cubierto por una fina capa de sudor que hace que su piel brille cada vez que se mueve.
Y sus abdominales...
Por todos los santos.
Se marcan con cada movimiento que hace al empujar la máquina, perfectamente definidos, mientras una línea de vello desaparece bajo la pretina del pantalón y la forma de su cuerpo dibuja esa perfecta V que, hasta este momento, jamás había tenido motivos para observar con tanta atención.
Trago saliva.
Quizás debería mirar hacia otro lado, pero mis ojos parecen haber decidido que hoy no quieren colaborar.
Derek se pasa una mano por el cabello debajo de la gorra y vuelve a inclinarse para continuar con el trabajo.
Esto debería estar prohibido.